EL CUCHILLO

En el periódico leí también sobre la muerte del Mantenco Anuar y de otros muchachos que se criaron conmigo y que “El Escuadrón de la Muerte” liquidó cuando no tenían ni 20 años.

Por / Silvio Girón Gaviria
Sí señor, ahora que pregunta le digo que lo mansalvié. Me le fui pasito, pasito por detrás y le clavé el chuzo sin remordimiento, sin que me diera pena pena atacalo por la espalda. Me dio un susto del putas cuando el cuchillo encontró la resistencia de la piel y trató de devolverse, por lo cual usé mi fuerza pa’ metelo más, muerto de miedo de que me vieran y me encanastaran.
Ese cuchillo lo llevé años entre la pretina del pantalón y el hijueperra siempre me hizo quedar mal, o mejor el que quedaba mal era yo porque cuando llegaba el momento de sacalo pa’ peliar el brazo se quedaba quieto. No era capaz de moveme ni siquiera cuando el otro me hijueputiaba y me decía que arrancara y luego riéndose le decía a los compañeros: “Este patuleco está cagao de miedo y así ni modo”.
Por eso los mariguaneros me jodían o me desafiaban a que saliéramos a danos puños. Yo quería salir, agarrame con ellos y acariciaba la cabeza del arma metida entre la preüna, sacándole callos a la piel por los muchos años que llevaba ahí.
Cuando vi al gordo me asusté como si fuera él el que me iba chuzar. Siempre pensé en él y en lo hijueputa que era. Me comía por cobrale las persecuciones que todos los días le hacía a los vendedores ambulantes. Salió del café todo borracho yéndose pa’ los laos como si atajara pollos. Sin pensar en lo que iba a hacer me agarré a seguilo. Estábamos en las fiestas aniversarias y yo oía los gritos de los borrachos, las parejas chupando trompa y bailoteando en las calles movidas por el sonido del combo de Pastor López. A mí me gusta mucho Pastor porque es el que más casetes vende y usté sabe que con los casetes es que me rebusco el bitute y la dormida pa’ mí y la vieja. También vendo rancheras, tangos, pasillos, música guasca, pero es Pastor el que lo salva a uno sobre todo en diciembre, cuando las gentes se preparan pa’ hacer sus rumbones en la casa y necesitan lo último en bailables.
No sé si los que pasaban cargaos de paquetes o borrachos persiguiendo un bus, se dieron cuenta cuando clavé el arma. Sabía que me jodía si me demoraba pa’ hacelo y castigar al maldito por los abusos que me cometió a mí y a la zarca. Lo raro es que cuando le metí el cuchillo no se volvió a mirar al que lo mataba. Siguió caminando como si nada con el mango asomándole por la espalda que se iba poniendo roja por la sangre. Y yo a tiros de desmayame porque no sabía qué hacer pa’ sacale el cuchillo que me acompañó tantos años. Se metió por el parque y entonces lo vi caer y supe que todo estaba hecho.
El cuerpo lo encontrarían en la mañana los parqueros y harían el escándalo; llamarían a los tombos y vendrían los periodistas de radio pa’ hacer informes desde el parque, lamentando la muerte de quien siempre les daba declaraciones sobre los vendedores ambulantes que perjudicaban al comercio organizado como decía cada rato el director de Fenalco.
Él era el más fiel servidor del secretario de gobierno, quien se había propuesto sacanos de las calles pa’ quedar bien con los lujosos almacenes y especialmente con los disqueros que decían que nosotros estábamos acabando con la industria del disco. Esas cosas yo las leía todas las tardes en el periódico que le compraba a un señor que gritaba mucho y hablaba de un mundo de muertos que casi siempre eran mentira. “El Diario de hoy con la horrenda muerte de una esposa infiel a manos de su celoso marido”.
Otras veces era: “Compre El Diario con los detalles del incendio que dejó cinco muertos y cien millones de pesos en pérdidas”. Yo lo compraba, daba los 20 pesos que valía y a veces no encontraba la tragedia, pero sí leí que al Pelusa lo habían matao unos sicarios, cuando fue que le arrebató 200 pesos al primo Pala y éste le pegó una puñalada. Eso me alegró porque el desgraciado tenía la costumbre de arrebatame la plata y guardársela. Se plantaba y me decía: “Usté verá manito, pero la plata que agarro no la devuelvo ni muerto”. Él se reía porque sabía que me aguantaría y que a pesar de que acariciaba la cacha del cuchilla no me atrevía a sacalo por puro miedo. El que sí se atrevió fue Gardel quien lo acuchilló en la calle cuando ni creía que el otro lo seguiría. Ahora que lo pienso creo que Gardel hizo con el Pelusa lo mismo que yo hice con el Gordo.
En el periódico leí también sobre la muerte del Mantenco Anuar y de otros muchachos que se criaron conmigo y que “El Escuadrón de la Muerte” liquidó cuando no tenían ni 20 años. Ellos se dedicaron a la delincuencia porque no sabían hacer sino robar y yo me salvé porque no fui pícaro, ni mariguanero, ni peliador. Tampoco fui guapo y no me arrepiento porque todos los braveros que conocí fueron a templar al cementerio.
Esa noche dormí contento y asustado, pensando en los demás compañeros que conmigo vivían en la calle vendiendo chontaduros, anillos, aretes de fantasía, ositos peludos, cosas robadas o contrabando y claro, casetes. No sólo teníamos que vender para vivir sino que teníamos que estar alertas por la camioneta de la policía o por el “rata” que se mantenía listo pa’ robase la “merca”, aprovechando la confusión cuando teníamos que recoger y salir corriendo.
El llegaba mandón, humillativo, amparado en los policías, feliz, porque era fuerte y nos podía joder. Decía: “¿cuántas veces tengo que decirles que aquí no se puede vender?”. Me señalaba: “Ese patuleco, a pesar de su aspecto siempre se nos vuela y nos mama gallo. Creo que un ratico en el permanente le quitará los hipos”. Y repetía lo que siempre le oíamos: “Es que a estos cabrones hay que sacarlos del centro, pues no sólo no dejan circular a la gente sino que perjudican al comercio organizado que da empleo, paga impuestos y favorece a la industria nacional. En cambio estos ambulantes son todos contrabandistas. Nos quitaba la “merca” y cuando lográbamos que la devolvieran se habían robao por lo menos la mitá. Así nos la pasábamos en la calle, rebajando los casetes o las medias de lana y los calzoncillos porque también la gente andaba muy mal. Aguantábamos sol y lluvia, comíamos parados con los nervios en punta, mirando y remirando los carros pa’ identificar la camioneta en que andaba el gordo, del cual sólo pensé mucho después que también era un empleado, al que le pagaban pa’ que nos persiguiera.
Por ahí me contaron que un político muy conocido era el que le daba las órdenes para que nos encanara y cuando ya estábamos presos, entonces corría a sacanos de los calabozos, protestando por la injusticia. Hacía que nos devolvieran la “merca”, pero a condición de que votáramos por él en las elecciones. Yo nunca lo hice porque no le comí cuento, pero los compañeros de puro agradecidos lo llevaron allá a Bogotá a que se ganara 200 mil pesos mensuales, mientras nosotros comíamos mierda.
Permítame decile otra cosa señor. Yo sabía que el gordo ganaba un sueldo y necesitaba el sueldo pa’ vivir, pero no le podía perdonar lo que le hizo a “la zarca” a la que se culió prometiéndole que la dejaría trabajar, consiguiendo el permiso con el Secretario de Gobierno y no le cumplió. Y no se lo pude perdonar porque ella fue la única “mancita” que fue legalote conmigo. No le chocaba que me hiciera al lao de ella a vender casetes a pesar de que le hacía la competencia porque ella también los vendía. Hasta me guardó la “merca” bajo la suya cuando llegaban los tombos que casi nunca se metían con las jebas, especialmente cuando eran buenas. Ella no era una puta señor, le gustaba la plata pero camellando pa’ conseguila. No se vendía y si se acostaba con un hombre era porque le gustaba. Con el único que se acostó sin gusto fue con el gordo, porque quería legalizar su trabajo de vendedora y habría hecho cualquier cosa pa’ conseguir el permiso. El gordo creyó que se la iba a estar comiendo por nada, pero cuando ella le comprendió el juego, no volvió a determinalo.
Yo la quería, pero nunca me le lancé ni se lo pedí aunque me moría por ella, pensando que con una mujer así habría quedao hecho. Era buena amiga, franca, amplia y a la gente le gustaba comprale porque era muy querida y amable. No sé por qué prefería las calles donde se tostaba al sol o se mojaba con la lluvia, cuando con sólo pegar pa’ una casa de citas la había pasao mejor. Pero no, le gustaba la plata honrada y por eso luchaba con nosotros pa’ burlar la policía, esconder la merca cuando ellos llegaban y volvela a sacar cuando ellos se iban. Le pagábamos a los “campaneros” pa’ que nos avisaran cuando los dueños de los almacenes llamaban a los tombos. Esos campaneros les rompían a pedradas los vidrios de las vitrinas como desquite. Esa lucha tan berraca, ese vivir así me cansaba pero yo lo único que sé es vender. En la escuela no terminé la primaria y he tratao de pulime leyendo prensa, oyendo el transistor o viendo televisión en el aparato robao que le regalé a la vieja no hace mucho. La pobreza no me dejó estudiar y tuve que vender prensa después que a la vieja se le acabó lo buena. Los hombres ya no la buscaron más y terminó vendiendo gallinas en la galería. La poli también la jodía y muchas veces se la llevaron p’al permanente donde le cobraban multa. Los tombos cuando estaban enguayabaos o pelaos le pedían el permiso de vendedora y como no lo tenía le sacaban plata.
Me crié entre viciosos, apartamenteros, ladrones y vendedores de bazuco. Alguna vez robé pero eso no me llamó la atención. No quería pasar todos mis años en la cárcel como el primo Pala (se apellidaba Palacio pero le decían Pala) que murió de 22 años y 15 los pasó encanado. Murió con un puñal peleando como un berraco, aunque creo que lo que hizo fue suicidase cuando le puso pleito al Largo Enrique, el mejor cuchillero que hubo en el barrio. Al Largo Enrique lo mató después la policía ya mí no me tentaban esos ejemplos. Toda la vida en la cana me habría matao de tristeza y así lo sentí cuando me tuvieron en el permanente por vender merca en la calle sin permiso. “Pobre pero honrao” me aconsejaba la vieja constantemente y yo seguía el consejo, pero me la pasaba corriendo, haciendo mil maromas pa’ no dejame coger de los tombos que cuando me cogían me daban palo y me quitaban lo que tenía en los bolsillos.
Por eso no dudé cuando vi al gordo borracho y en mis manos. Saqué el cuchillo que llevaba tantos años durmiendo en la pretina del pantalón y se lo acomodé en la espalda. Ahora pienso que si nadie se inmutó de verlo con ese cuchillo en la espalda, fue porque en esos días de fiesta había un disfrazao que bailaba con un feo puñal en el pecho y un manchón de sangre impresionante. En la calle se tiraba al suelo y cuando una señora pegaba el grito alguno volaba a socorrelo, entonces se levantaba muerto… pero de la risa, entre burlas y gritos. Por eso fue que las gentes que gozaban con la música de Pastor López no se dieron cuenta de nada. Gritaban, bailaban y se besaban o cazaban peleas con algún borracho, pensando únicamente en el momento en que salieran con su hembra pa’ una pieza y allí desnudase y volvese un nudo, cosas que yo casi no he vivido porque quería
hacelo pero con el cuerpo de “la zarca” y nadie más.
Precisamente a ella la vengué con esa puñalada que le estoy contando más que todo pa’ chicaniar y pa’ que no se burle más de ese cuchillo que cargué durante tantos años, pero que a la final se quedó clavao en las espaldas del gordo, que fue el que terminó pagando el pato por todo.