Colgué el teléfono. Estoy desesperado. No sé qué hacer, entro en pánico. Todo es bastante confuso, bajo a la cocina, tomo un poco de agua. Creo que la única solución es matarlos a todos.

 

Por / Redacción CAD

En una mañana como cualquiera otra me desperté y observé el hermoso paisaje que se dibujaba ante mis ojos. Sabía que hoy iba a ser un día diferente. Me levanté y caminé hacia la cocina para hacerme un desayuno, como me lo merezco. Un nuevo día en el que podré disfrutar la vida con la acostumbrada taza de café que siempre me acompaña.

Este aire de tranquilidad se disipó al sentir el olor a podrido que salía del sótano; el miedo me consumía, ¿será que alguien se va a enterar de que maté a mi esposo? ¿Será que el hedor que siento en este momento es también percibido por mis hijos? Después de todo, ocultar semejante acto a tres infantes no es tarea fácil. Su amante llega como loca buscándolo, pidiendo a gritos que le diga dónde está, yo solo pienso: “Ojalá a esta loca no le dé por entrar”.

Prefiero no abrirle la puerta y bajo al sótano, donde, para mi sorpresa, uno de mis hijos estaba ahí observando el cadáver de su padre. Petrificado por unos instantes, mi hijo después de reaccionar sonríe diciéndome que me había tardado en hacerlo, al fin y al cabo, un buen padre no era.

Sin embargo, no sé cómo vayan a reaccionar los otros, pienso en su madre, se supone que mañana cumplía años. Pero mi otro hijo se encuentra en la entrada de la puerta, petrificado y asombrado por ver el cuerpo de su padre sin vida. En el rostro se le ve lo asustado, me dice que ha pasado acá, ¿porque papá murió?  Sin pensarlo, mis hijos y yo éramos cómplices de un anhelo suprimido, el rechazo a acabar una pesadilla, el horror del maltrato, la muerte de la bestia.

De igual forma mis hijos ya se habían dado cuenta de tan gran desastre que había cometido. En cinco horas mis vecinos llegaban de su viaje y el olor era tan fuerte que tenía que deshacerme de él.

Me dirigí hacia la cocina, saqué un cuchillo sucio y mellado por el tiempo. Antes de bajar al sótano, alguien toca de manera abrupta a la puerta. ¿Acaso buscaba libertad o era el miedo que me consumía?

—Le grité al mundo— por lo injusto que era conmigo. Cuando abrí la puerta caí horrorizada al darme cuenta de que a quién había matado no era a mi marido, si no al hermano gemelo.

Luego de pensarlo decidí hacerlo ya que teníamos hambre, así que hice un sancocho de oreja con un toque mágico de sangre marinada. No esperábamos la visita de la abuela, madre del difunto. Sin importar, compartimos en la mesa con ella, sin informarle al principio, que el delicioso sancocho que degustaba era de su hijo.

—Que rico te quedó, dice la abuela, ¿podría repetir?, me dispuse a servirle y agregué veneno, pues su maldad era tan inmensa como la de su hijo. Para darle un poco de sazón al plato, decidió ponerle el dedo de su hijo, para que cuando estuviera terminando, lo viera al fondo del plato.

En ese preciso momento, llegó la vieja a la cocina y quedó horrorizado, pues vio que le estaba poniendo un dedo humano, decidió ahí mismo llamar a la policía. Pero si era su hermano gemelo, ¿dónde estaba entonces mi esposo? ¿Qué voy a hacer con su amante que está encerrado en el sótano?

El pánico se apoderó de mí, ¿qué debía hacer?, ¿dónde podría estar ese bastardo? Tenía que actuar rápido. En ese momento abren la puerta y veo entrar radiante a mi esposo. ¿Acaso el que pasó la noche conmigo fue su hermano? Esto se vuelve mucho más confuso. Los niños se asustaron y yo no sabía qué hacer, después de semejante situación, además su madre ya se había dado cuenta que maté a uno de sus hijos y no el que en realidad quería.

Uno de mis hijos se desplomó. Había tomado de la sopa de su padre, y no solo eso, había tomado del plato que tenía veneno. Empezó a convulsionar y lentamente se dejó de mover.

De inmediato bajo al sótano y me encuentro que el bastardo del hermano de mi esposo aún está vivo, su sangre estaba regada por toda parte, no bastó que le diera tres puñaladas con un cuchillo y le cortara un dedo. Esperen, esperen. ¿Se dan cuenta de lo espinoso de esta historia? Me llamó John Douglas y estoy a punto de matar a mi esposa, mis hijos, mi madre y mis vecinos.

Colgué el teléfono. Estoy desesperado. No sé qué hacer, entro en pánico. Todo es bastante confuso, bajo a la cocina, tomo un poco de agua. Creo que la única solución es matarlos a todos. Pero si los mato a todos, nada se solucionará, al parecer todo se tornaría oscuro y a lo mejor el karma se apoderaría de mí.

No sé cómo matarlos si con veneno, causando el incendio o un disparo. Son tantas las formas de matarlos, quiero torturarlos de la misma forma que ellos lo han hecho conmigo. La idea de una familia nunca me gustó, pero mi mujer se embarazó y no pude escapar del reproche de mi madre acerca de ser un hombre responsable. Debería matarla también y huir lejos con mi amante.

Ahora entiendo a mi padre, el por qué maltrataba a mi madre, el por qué la engañaba, todo está más claro ahora, cada una de ellas es una inútil. Estoy gobernado por la rabia y el rencor, lo sé. Seré sentenciado por el mundo. Pero no importa. Me siento agitado por abstractos furores y siento que la única solución será mi próxima venganza.

Tomé el arma, fui al sótano y en medio del desespero y rabia, enciendo a balas a mi madre y a mi esposa, y luego intento huir para que nadie sepa de mi paradero.  Corro y me encuentro, a mitad de camino de a mi destino, a unos policías. Sé que saben lo que acabo de hacer. Ellos me miran y de inmediato arrancan a correr detrás de mí. Sin importarme el estado tan deplorable en el que me encontraba, seguí corriendo hasta que estaba seguro de que perdieron mi rastro.

Ya no tenía alternativa, el alcohol y el desespero me ganaron y me hicieron cometer lo que un día solo pensé. Ahora estoy aquí frente a dos personas, me miran, me juzgan, ¿Cómo lo saben? ¿Me vieron? ¿Alguien me delató? Creo que sí y ellos no deben saberlo. Dos personas, dos tiros más, maté a dos oficiales, ¿Qué se supone que soy ahora? ¿Qué hago?

Tengo a dos personas muertas frente a mí. Matar a mi familia nunca fue como la historia que al principio inventé, nada fue como lo había esperado, me doy cuenta ahora que no maté a mis hijos y vecinos, entiendo ya por qué los policías esperaban aquí. Robo un arma a un policía, me devuelvo, mató a los últimos oficiales, me pegó un tiro y acabó por fin con esta historia.