Entonces volví a mirar a la anciana y me acerqué sin rendirme. Su piel no era como la mía. Su rostro no era como el mío. No, definitivamente no. Su cabello y sus ojos negros no eran como los mío. Éramos diferentes, ajenos. Nos separaba la distancia, los años. Nos separaba el instante y la eternidad. La vida y la muerte. 

Extraño

Texto: Alejandro Salazar Vargas

Ilustración: Conrado Barrera Henao

Aquellos ojos negros me observaron con escrutinio. Miré a mi alrededor, asustado, y detallé en medio de la penumbra a la mujer que apuntaba con su odio a la fragilidad de mi cuerpo. Inhalé con fuerza, sin hacer ruido. Avancé cauteloso dejando la vista en el horizonte y sintiéndome atraído por un misterio incomprensible. Fruncí el entrecejo. Todo era vacío, oscuridad.

Me dirigí a una mesita que había en el rincón de la habitación y tomé la vela que daba luz al cetrino. A pesar de la incandescencia del fuego, aquellos ojos permanecieron profundos, castigándome sin piedad en el silencio. Pero conservé mi impavidez. Así que me acerqué a ellos tanto como pude y los desafié con los míos sin ningún parpadeo, pero me alejé al ver que la mujer me sonreía. Fue solo una ilusión. ¡Una ilusión! ¡Es que era improbable! ¡Imposible! Su gesto impertérrito e inexpresivo estaba condenado a la historia, como si con eso hubiera podido burlar la muerte; y, en efecto, la mujer, o que digo, la anciana, la había burlado, parecía viva: su cabello, negro y enrollado, brillaba con maestría, y su piel tersa y blanca aparentaba la resurrección de una muerte perpetua, de una existencia sin vida, de una vida inerte. 

Sentí un escalofrío. Tuve el deseo de alejarme más, y lo hice, pero a dos metros de distancia la anciana siguió victoriosa ante las sombras, reduciendo a súplicas inútiles la débil luz de la vela que se agitaba entre mis manos invadida por el horror.

Ése rostro centenario tenía una historia inconclusa. Sí, una historia enigmática y disuelta por el tiempo que no tuve idea de cómo revelarla. Así que permanecí quieto, tan petrificado como la figura que veían mis ojos y establecí con recuerdos los indicios de mi primera revelación: se llamaba Lucrecia, me dije. Sí, Lucrecia. Eso me había dicho… ¿Un tío? Sí, lo mejor un tío. Un tío. Mi tío.

Entonces volví a mirar a la anciana y me acerqué sin rendirme. Su piel no era como la mía. Su rostro no era como el mío. No, definitivamente, no. Su cabello y sus ojos negros no eran como los míos. Éramos diferentes, ajenos. Nos separaban la distancia, los años. Nos separaban el instante y la eternidad. La vida y la muerte. 

Era mi tatarabuela, recordé. Mi advenediza tatarabuela que había triunfado sobre la mutabilidad del tiempo, de la historia, de los actos.

Comprendí, no tan pronto, que aunque nos diferenciara una distancia secular, nos acercaba el enigma de nuestra vida, de nuestra muerte. El enigma que con tanta evidencia estaba plasmado en aquel lienzo viejo y empolvado, en aquel retrato inclemente que había reavivado las miserias de mi existencia y que me había hecho sentir a mi tatarabuela, a pesar de la pintura, tan íntima y tan ajena.