EL GALÁN DE LA VEREDA

Había sido cierto que una vez armado únicamente con un palo, atrapó a un par de tigrillos que acechaban a las gallinas de la finca. También fue verdad que él solo dejó gravemente heridos a tres integrantes de una banda que en ese entonces se denominaba Los Pájaros.

 

Por / Juan Antonio Escobar – Ilustraciones / Stella Maris

A mi tía Marta.

Primera parte

-Abuelo, dice la abuelita María que de joven fuiste todo un galán. ¿Es verdad? Le pregunté al viejo que acostado en su mecedora miraba hacia las plataneras y los cafetales, como si esa noche espesa en la ladera y las cataratas de sus ojos le dejaran ver alguna cosa.

-Siéntese le cuento, me dijo mientras corría una silla de mimbre que, a pesar de estar rota, aún podía soportar el peso de una persona. Me senté con cuidado para que la taza blanca con el agua de panela hirviendo no me cayera encima. Una vez sentado, mi abuelo, con un movimiento rápido y sin consultármelo, vertió un chorro de aguardiente sobre la tasa humeante.

-Así le va a saber más rico, me aconsejó.

Hace tiempo mi curiosidad por los años mozos del abuelo no era del todo sincera. A principios del siglo XX, la gente era más impresionable, pensaba yo. Puede que el abuelo se sobrevaloraba a sí mismo en sus recuerdos. Tal vez viera con un lente de aumento su pericia con el machete, sus dotes de jinete, su capacidad para encontrar entierros, protegerse de los maleficios de una bruja, pero, sobre todo, su condición de seductor.

Yo, un tipo de la ciudad, me había dado cuenta con el paso de los años que mucho de lo que se decía de mi abuelo era cierto. En Cerro Bonito, el pueblo aledaño, todo el mundo sabía de sus hazañas. Cuentan, y esto mortifica a la abuelita, que los ojos color avellana que muchos hombres y mujeres tienen en la vereda, eran en realidad los ojos del abuelo.

Había sido cierto que una vez armado únicamente con un palo, atrapó a un par de tigrillos que acechaban a las gallinas de la finca. También fue verdad que él solo dejó gravemente heridos a tres integrantes de una banda que en ese entonces se denominaba Los Pájaros. En la plaza del pueblo, todos recordaban el valor del entonces joven y liberal Antonio Valencia. Galopaba como ninguno, decían aquellos viejos amontonados en las bancas de la plaza, mientras miraban los periódicos nacionales para los que sólo existía Bogotá.

Al parecer todo fue cierto, pues los relatos de algunas personas del pueblo muy separadas por el tiempo y la distancia, coincidían hasta en los más pequeños detalles. Desde el color del caballo, hasta la mano en la que el abuelo siempre sintió más cómodo el machete: la izquierda.

Pero aquello por lo que fue más famoso, fue por sus dotes de Don Juan. Todas caían rendidas ante su calidad de buen conversador, sus brazos esculpidos por el campo y su peinado impecable. Ni Camila Pineda la que trabajaba en la notaría, ni Beatriz Zapata la hija del tendero, ni las dos cantantes que amenizaban las fiestas del pueblo cada año, le habían negado un beso o algo más. Sin embargo, Antonio siempre tuvo un reto. Ese reto era María, quien hoy es mi abuela.

Después de hacerme un recuento interminable de todas las mujeres con las que había compartido lecho, le pregunté cómo se las había arreglado para que la abuela se fijara en él. Se sumió en la mecedora como queriendo recordar, cerró los ojos y comenzó su relato:

-Todos en el pueblo estábamos detrás de la abuela. Había que verla asomada en el balcón de su casa que daba a la plaza principal. Siempre se ponía unos vestidos muy bonitos y llenos de flores, que hacían juego con las veraneras sembradas en el marco de la ventana. Todo era como un cuadro de colores. María se reía con timidez y podía ver a cada hombre que pasaba moviendo el pescuezo como buscándola. Pero ninguno de esos señores me quitaba el sueño. Eran muy comunes y más montañeros que yo. Pero llegó uno que sí me preocupó. Inocencio González.

– ¿Por qué abuelo? ¿A vos que nada te asustaba?

-Ah, pues porque era un señor instruido, y todo elegante. Era a él a quien el Gobierno había puesto de Rector del Liceo San Cristóbal. El señor había estado en Europa y todo, sabía de música clásica, arte y mil cosas. Podía hablar fluido de cosas que yo, un hombre de estas laderas apenas podía imaginar. Además, era buena pluma por lo que cada semana le escribía a María unos sonetos muy buenos. O sea que el par de coplas que alguna vez le había dedicado a María medio borracho, no resultaron muy favorecidas en la comparación. Pero yo tenía mis mañas, no crea, yo ya había comprado al hermanito menor. Cada semana le daba monedas para que se fuera a la barbería de la esquina a alquilar historietas de Flash Gordon y de Supermán, a cambio de que me mantuviera informado de María.

“Bueno, ¿Y qué dice ella de mí?” preguntó Antonio.

“Primero mis monedas” respondió el niño mientras extendía la mano.

“Tenga pues. Ahora, cuénteme todo. ¿Ella sabe que existo?”

“Sí Antonio. Ella sabe que usted existe, y también sabe lo interesado que está en ella. Pero Inocencio ha ido un par de veces a la casa a tomar el té con mis papás. A ellos parece caerles muy bien. El otro día mi papá dijo que sería muy bueno tener a ese señor en la familia.”

“¿Y su hermana qué opina de eso?”

“Pues en estos días estuvo hablando con dos de sus amigas, y dijo que usted era muy buenmozo, pero que lástima lo mujeriego y lo borracho.”

Segunda parte

El frío empezaba a intensificarse. Me paré de la silla y traje dos ruanas. Una para mi abuelo y otra para mí.

– Un domingo en la plaza vi a su abuela con el tipo ese dizque tomando fresco. La banda de la escuela estaba tocando, y yo, que tenía un par de aguardientes en la cabeza me subí a la tarima, le quité a un niño el micrófono y le dije al señor ese que lo retaba a un duelo.

– Inocencio no pareció asustarse conmigo. Todo lo contrario, tomó la mano de María, la besó y salió al frente. Con un movimiento todo delicado me arrebató el micrófono y delante de todos dijo que un duelo a muerte era muy arcaico. Que más bien hiciéramos una competencia en la que nadie saliera lastimado. Esta se dividiría en tres partes. Oiga pues: Una musical, en la que cada uno cortejaría a María con su talento; la segunda, de condición física, que consistía en bajarnos al trote el tramo que iba desde la vereda más cercana hasta la plaza del pueblo; y la tercera y definitiva, un duelo con espadas de plástico en donde nadie matara a nadie, pero que quedara claro cuál de los dos era el más hábil. Se nombraría jurado y todo y el duelo, si es que así podía llamársele a eso, quedó para el domingo, o sea, a los ocho días.

-Abuelo, y vos que hiciste, ¿dijiste que sí? Le pregunté mientras me apuraba un sorbo de agua de panela envenenada.

– ¡Pues que iba a decir mijo! ¡Pues que aceptaba! ¿No ve que todo el mundo aplaudió emocionado? Yo solo veía a su abuela que se puso coloradita con semejante espectáculo.

-Esa semana fue la más larga de mi vida. Le cuento mijo que, desde el lunes, después de acabar las labores en el cafetal me ponía a trotar como un loco; a pelear con mi machete contra un tronco buscando ganar soltura en la muñeca y por la noche, muy cansado, le componía coplas a la abuela. Esa fue la parte más difícil porque no me salían. No estaba inspirado. El miércoles me cité con el hermanito de María en una cafetería de la plaza:

“Le tengo noticias muy carnudas de mi hermana, Antonio. Pero le van a valer el doble.”

“Cuénteme pues, ¿qué ha pasado?” Respondió Antonio mientras le pasaba las monedas al niño.

“Imagínese que el Rector visitó a mi hermana. Ella lo atendió desde la ventana, y él le preguntó que qué pensaba de ustedes dos. Yo me escondí detrás de la radiola y la escuché. Ella le dijo que no sabía qué hacer, que los dos eran muy buenos hombres y que eso la tenía con el corazón dividido. Él le habló del futuro que ella tendría a su lado, de la buena vida que le podría dar, del afecto que mis papás sentían por él, y de lo mujeriego y atravesado que era usted.”

“¿Y María que respondió?”

“Dijo que sí, que usted tenía sus defectos, pero que le había parecido muy valiente de su parte haber aceptado el duelo con las condiciones que le habían puesto, que ella no podía dejar de sentirse halagada por ser pretendida por los dos, y como el mismo Inocencio era el que había casado el duelo, a ella lo que más justo le parecía era esperar a ver qué pasaba el domingo.”

-Así fue que, desde ese miércoles, y entendiendo que María estaba indecisa, me puse a entrenar y a componer con más ánimo que nunca. Para el viernes ya tenía un par de coplas muy bien hechas, la muñeca como una sedita y además, era capaz de correr durante dos horas sin cansarme. Me habían dicho que el Rector recibió en su casa a uno de sus amigos de Bogotá. Un campeón de esgrima que estuvo entrenándolo. Que todos los días a eso de las cuatro de la mañana se veía dándole vueltas a la plaza en ropa de gimnasia y que le pidió ayuda al profesor de español de la escuela para encontrar un buen poema. Durante esa semana todo el mundo paraba a preguntarme que si era verdad eso del duelo y que si María era el premio. Yo les decía que sí y que podían estar seguros de que iba a ganar.

Llegó el domingo. Cuando entré a la plaza no cabía un alma. Todo el mundo se había congregado para ver cuál de los dos se iba a quedar con el corazón de María. Cuando llegué, el Rector ya estaba montado en la tarima. Llevaba un enterizo horrible. Me dijeron que era inglés. Las mujeres suspiraban. En una mesa larga, el jurado estaba listo. La conformaba el alcalde, su esposa y el médico. Supe más adelante que todos estaban de íntimos amigos de mi competidor.

La banda de guerra de la escuela entonó el himno nacional, luego el del pueblo y hasta hubo discurso del evento por parte del alcalde. Resaltó el espíritu caballeresco y romántico de dos hombres que, mediante un duelo no violento, se disputarían el amor de una mujer. Que eso era un ejemplo para las nuevas generaciones. Resolver las diferencias sin matarse.

En una silla, aparte, más linda que nunca, con un vestido azul de pepas blancas, un collar de perlas y un gorrito muy simpático, estaba María que, en contra de la voluntad de sus padres, decidió ir a ver la justa.

Me di la mano con el Rector. Nos miramos a los ojos, y él guiñándome el ojo me dijo:

“Que gane el mejor.”

“¡Lo voy a volver mierda Inocencio!” Respondí con menos glamour.

-Nos arrimaron dos micrófonos, nos dieron una guitarra a cada uno y una moneda indicó que me tocaría de primero. Todo el mundo se calló. El sol me estaba dando en la cara y me sudaban los sobacos. Tomé la guitarra con el pulso un poquito tembloroso porque nunca había tocado ante tanta gente y en sano juicio. Me persigné mentalmente para que no se me notara lo nervioso que estaba, y sin más, comencé:

“María es como un angelito,

tiene los ojos bonitos…”

-Por ahí a la mitad de la segunda copla se me destempló la voz. Seguí a pesar de todo. Sentí el cuchicheo de la gente en toda la plaza, y mientras me escuchaba a mí mismo, me di cuenta que las dos coplas no me habían quedado tan bien como me sonaron en la finca.

El abuelo me volvió a servir un chorro de aguardiente, esta vez sin agua de panela e hizo lo mismo con su taza.

-Y siguió el Rector. Tomó una guitarra y con voz de tenor, recitó un poema de un tal Nervo, mientras tocaba la guitarra.

“El día que me quieras tendrá más luz que junio;

la noche que me quieras será de plenilunio,

con notas de Beethoven vibrando en cada rayo…”

¡Le pusieron la pata a Antonio! comentaba la muchedumbre. Tan gallito fino que se creía y le resultó uno más guapo decían las señoras de la primera fila mientras se abanicaban.

El veredicto no se hizo esperar. El poema del Rector le gustó más al jurado que mis coplas destempladas por lo que el alcalde se paró de su mesa y gritó emocionado:

– ¡Punto para Inocencio! y todos rompieron en aplausos.

– Empezaba a ser evidente que en el pueblo querían que ganara el Rector. Miré a María que tenía el rostro coloradito y se limitaba a mirar el espectáculo.

 

Tercera parte

-No me quedaba más remedio que prepararme mentalmente para la siguiente prueba. La carrera que iba desde la vereda San Esteban hasta la plaza. Dos Willys nos subieron hasta lo más alto de la colina desde la que podía divisarse el pueblo. Había gente a lo largo de todo el trayecto. Yo me quité la camiseta y me apreté lo más que pude los pantalones para que no se me cayeran. Mientras tanto, el Rector con su enterizo a rayas traído de Europa hacía la calistenia de rigor. Una vez el hijo del alcalde, un niño regordete y sudoroso, dio la señal de arranque con su silbato, yo salí falda abajo, con lo que me daba el cuerpo. Sentía la pelusa de algunas hojas rayándome la cara mientras bajaba sin ponerle atención a los morros del camino. Me sentí más veloz que nunca, pero el Rector, que era más alto que yo, daba unas zancadas gigantescas acortando la distancia entre los dos. A mí estaba que se me salía el corazón, miré para un ladito y lo vi pasarme sin dificultad.

Cuando logré salir a la vía principal, ni siquiera pude verlo. Parece que ya había entrado al pueblo. Por el calor no me entraba el aire. A pesar de esto, nunca dejé de correr con todas mis fuerzas. Cuando apenas estaba llegando a la entrada de la plaza, se escuchó el bullicio que indicaba que el Rector había llegado a la meta, pero por orgullo nunca me detuve. Empapado en sudor y humillado, llegué a la tarima donde Inocencio se cubría de aplausos.

Una vez en la tarima, me puse las manos en las rodillas tratando de recuperar el aliento. Cuando por fin comencé a respirar un poquito mejor, el alcalde estaba entregando las espadas de plástico a cada uno. Tomé la mía de la misma manera en la que acostumbraba agarrar mi machete. Me sequé la frente con la muñeca y enfoqué a mi enemigo. Me sentía mareado y con la garganta seca. Por el rabillo del ojo, pude ver a María que cruzó sus ojos con los míos. Sonrió, creo que por pesar.

“Le llevo dos de tres Antonio, esta última prueba no es más que un formalismo.” Me dijo Inocencio.

-Decidí ignorarlo. Me enrollé como pude el poncho en el brazo derecho, y con el izquierdo sostuve mi espada de plástico amarilla. Comencé a dar pasos de un lado a otro, como haciendo una especie de baile. Eso me lo había enseñado mi padre. Que uno no podía quedarse nunca en el mismo punto y que el impulso tenía que salir desde los pies. El Rector tomó su postura de esgrimista profesional. Solo recuerdo dos movimientos que no vi llegar. Con el primero me desarmó. La espada voló hasta las primeras sillas del público y dos niños se pelearon por ella y con en el segundo, me puso su espada en el pecho. Estaba fuera de combate y escuché al alcalde gritar emocionado: ¡Punto para Inocencio!

Todo el mundo se paró de su puesto a aplaudir al Rector mientras que era felicitado por cada miembro del jurado. Me sentí humillado. Ni siquiera quise quedarme para ver a María en los brazos de ese fantoche. Desconsolado y con la vista hacia el piso llegué a la finca, me senté en una banquita y me puse a mirar para el monte y a tomar aguardiente amarillo.

-Abuelo, ¿pero cómo va ser eso si la abuela está ahora con usted? Pregunté intrigado y ya medio ebrio.

-Claro, cuando me estaba acabando la botella su abuela apareció. ¡Se había subido a pie! Yo al principio creí que era una alucinación de borracho, pero me tomó de la mano y le sentí el calorcito:

– ¿Qué hace aquí María? ¿No ve que perdí?

– Antonio, deje de ser bobo. Yo al que quiero es a usted, así sus coplas sean tan malas como su estado físico y no sea tan buen espadachín como Inocencio.

– ¿Y el Rector, ¿dónde está?

-No se preocupe que ya hablé con él. No le gustó ni cinco, pero no importa.

El abuelo se tomó otro trago de aguardiente esta vez de la botella, me miró a los ojos y me dijo:

-Ella ya había elegido. ¡Desde antes del duelo me había escogido a mí!

-Abuelo, ¿pero ella no le había dicho a Inocencio que tenía el corazón dividido entre los dos?

-Ay mijo, es que ese es el punto. Las mujeres indecisas no existen. Bueno, digamos que puede suceder que se les divida el corazón entre dos caballeros, pero nunca se les divide en partes iguales. Siempre a uno de los dos le toca un pedacito más grande y fui tan de buenas, que el pedacito más grande del corazón de su abuelita me tocó a mí. ¡Salud!

@JUANANTONIOE