Lo cierto es que la gente empezó a verlo hablando entre los dientes, con la mirada en otra parte y dibujando leones y elefantes en la arena. Rosaura, su esposa, incluso lo sorprendió encendiéndole veladoras al tal escritor y, enfurecida, le advirtió que si el cura del pueblo se diera cuenta de su sacrilegio iba a excomulgarlo sin conmiseración.                                                                              

La situación económica, sin embargo, empezaba a preocupar a su esposa. Las deudas que tenían no daban más espera. Tampoco, para colmo de males, tenían un ángel de la guarda que les echara una mano.

 

         Por: Jhonattan Arredondo

La imagen fue tomada de una revista que encontró en el restaurante donde vendía las sartas de pescado. No era gran cosa, es cierto, pero igual se sintió culpable al guardarla en su mochila. Sobre todo, cuando su dueño ─un gringo que llevaba varios días en la zona─ regresó a buscarla. Por suerte, el gringo solo dirigió una mirada inquisitiva alrededor, mencionó un par de palabras en inglés y desapareció sin preguntar ni siquiera a las meseras. Faltaba salir sin ser descubierto. Pero, cuando así lo quiso, sintió que todas las miradas de los comensales seguían cada uno de sus pasos. El miedo navegaba por su sangre, tanto que apenas alcanzó la salida y vio que un policía se acercaba, su corazón empezó a palpitar aceleradamente. En cuestión de segundos se imaginó atado de manos, subiendo a una patrulla y sosteniendo un rectángulo con un número mientras alguien le tomaba una fotografía. Danilo jamás olvidaría ese momento.

Por eso cuando llegó a su casa dijo que esa revista les traería suerte. Más aún, cuando descubrió en una de sus páginas el retrato de un escritor que, como él, amaba la pesca. Se trataba de un hombre viejo sonriendo al lado de un hermoso marlín negro que había capturado durante un viaje al Perú. Este, además, había publicado una pequeña novela en la que contaba la historia de un pescador. Bastó fijarse en el título que citaban en la reseña para suponer que esa historia se basaba en las anécdotas de sus propias aventuras. Tal vez, hasta la lucha con el enorme pez que allí mencionaban hubiese sucedido en la vida real. Algún día ─eso pensó─ atraparía un ejemplar con semejante proporciones.

Danilo poco a poco se fue obsesionando. Nada era más importante que el hecho de abandonarse en la lectura. Solo quería saber los avatares de aquel personaje que de un momento a otro lo había hecho olvidar los juegos de azar y el irrenunciable sabor de la cerveza que siempre le impedían volver temprano a casa. Aunque no sabía leer con soltura, Danilo comprendía muy bien las cuestiones humanas que residían en esa historia. Los parecidos con aquel pescador, por lo demás, saltaban a la vista: viejo, delgado y amante del béisbol. Quizás, el más evidente, tendría que ver con su mala suerte, pues, desde hacía ochenta y cuatro días no lograba atrapar un pez realmente grande. En todo caso, las comparaciones con el pescador de la novela servían de consuelo. «Sé que pronto atraparé un pez tan grande como ese», decía todas las mañanas. Luego, antes de zarpar, su mirada se perdía en el horizonte. Y en ese mínimo espacio de tiempo, algo invisible, prometedor, se dibujaba en sus pupilas.

Lo cierto es que la gente empezó a verlo hablando entre los dientes, con la mirada en otra parte y dibujando leones y elefantes en la arena. Rosaura, su esposa, incluso lo sorprendió encendiéndole veladoras al tal escritor y, enfurecida, le advirtió que si el cura del pueblo se diera cuenta de su sacrilegio iba a excomulgarlo sin conmiseración. «¿Acaso te has vuelto loco, Danilo?». Pero él respondió, con una sonrisa medio burlona, que solo se trataba de un pobre escritor. Y agregó que, cuando los peces no tiraban del anzuelo, era el único que atendía a sus ruegos.

La situación económica, sin embargo, empezaba a preocupar a su esposa. Las deudas que tenían no daban más espera. Tampoco, para colmo de males, tenían un ángel de la guarda que les echara una mano. Escasamente, con lo poco que lograba pescar, sobrellevaban las necesidades del día: una libra de arroz, una onza de aceite y, a veces, un par de plátanos verdes. «Si hubiese sabido que pasaría tantas penurias contigo, jamás te habría dicho que sí, Danilo». Y, aunque sabía que sus palabras no iban a quitarle las fantasías de la cabeza, le dijo que su mala suerte se debía al hecho de colocar la imagen del escritor junto a los demás santos que hacían parte de su devocionario.

Ese día nadie en el pueblo volvería a decirle que era un ave de mal agüero. Todo lo contrario: iban a recordarlo por ser el mejor pescador del mundo. En esto pensaba mientras los remos abatían las olas, mientras su mirada empezaba a nublarse.

Durante el resto de semana no le dirigió la palabra. Ni siquiera el saludo cuando llegaba del trabajo; algo que, por extraño que parezca, no había hecho durante los treinta años de matrimonio. Parecía que el amor se había ido en el momento que Danilo llegó con la revista. También, sin saberlo, una suerte de odio se había incrustado en su corazón. Incluso empezó a mirarlo con resentimiento. En especial, cuando llegaba con su nauseabundo olor a pescado. Es más, hasta deseó que volviera a sus antiguas andanzas. Era preferible verlo bebiendo cerveza hasta el amanecer, que verlo con un libro en la mano y orándole a ese viejo del demonio.

Danilo hizo caso omiso a la indiferencia de su esposa y se dijo que pronto iba a ser la de antes. Todo sería posible cuando atrapara el pez de sus sueños. De acuerdo con las visiones que tenía, era igual al que recortó de la revista. La envidia de los demás pescadores. La solución a sus problemas. En fin, la hazaña que le quitaría su mala suerte. Pero los días pasaban y pasaban sin tener éxito. Entonces, como el personaje de la novela, quiso intentar en otras zonas, arriesgarse. Así que a la mañana siguiente no encendió una sino dos veladoras. Después, antes de salir, miró a su esposa con una ternura poco habitual y salió de la habitación en puntas de pie, silencioso. Rosaura dormía plácidamente.

Ese día nadie en el pueblo volvería a decirle que era un ave de mal agüero. Todo lo contrario: iban a recordarlo por ser el mejor pescador del mundo. En esto pensaba mientras los remos abatían las olas, mientras su mirada empezaba a nublarse. Danilo se veía llegando al puerto con su hermoso marlín negro; se veía diciéndole a su esposa que no era ningún fracasado; y se veía, en medio del júbilo, recibiendo los disparos de las cámaras. Hasta que, de pronto, un fuerte cimbronazo lo trajo de vuelta: uno de los sedales se desenvolvía precipitadamente. Al parecer algo grande había picado.

Mientras tanto, en las calles del pueblo, anunciaban las fiestas en honor a la Virgen del Carmen. Rosaura, sin embargo, seguía dormitando. Tal vez por eso no le pareció extraña la presencia de su comadre en el zaguán. «Estuve toda la mañana llamándote al teléfono, ¿no has visto la hora?», le dijo. «¿Qué pasa?, ¿a qué se debe tu visita, comadre», contestó. Pero, ante la señal con el dedo, que apuntaba hacia el puerto, comprendió que el motivo de la visita tenía que ver con su esposo. Rosaura quiso pronunciar su nombre, pero le pareció que con el solo hecho de nombrarlo, suponía una tragedia que aún no había sido compartida. De modo que esperó lo inesperado. Eso sí: mientras aquella mujer elegía las palabras adecuadas, se quedó mirándola fijamente a los ojos. Como si allí, en ese par de círculos oscuros, se encontrara la verdad. Como diciéndole que desde hacía mucho tiempo estaba preparada.