EL HUECO

Ambos se tumban sobre un colchón y observan cómo las ratas salen de su guarida, pasan por el lado de ellos, asoman la cabeza entre la ropa amontonada…

 

Escribe / Nicolás Cruz – Ilustra / Stella Maris

¡Se la llevaron! Levántese maricón, se llevaron a mi niña. Muévase, haga algo, usted siempre sirviendo pa’ ni mierda, por ese hijueputa vicio la niña ya no está. Esa china nunca anda por acá, mejor que no esté, siempre en la calle quién sabe haciendo qué cosas, ¿ahora sí le importa? Pfff, no joda, todos aquí en el barrio saben lo que hago y eso nunca ha sido un problema, pero… ¿sabe qué mona?, el dilema es que usted siempre se pierde. ¡Qué va! Yo no soy una hijueputa vaga como usted, mantenido, nunca trae un culo a la casa por comprarse esas bichas, vicioso, yo no soy como usted, yo sí trabajo. ¡Qué trabajo! Usted siempre se pierde en esas ratoneras seduciendo borrachos, deje el visaje. Además, se la pasa todo el tiempo donde los mocitos y se olvida de la calvita, que pesar, por eso mantenía donde el cucho de los limones, allá sí andaban pendientes de ella, porque sabe qué mona, lo mío es este malparido vicio que no me deja, me aguijonea y en el amure me olvido de ella, pero usted… Usted ni mierda, no venga de víctima y vea Chanclas, usted me vuelve a tratar de zorra y me tiene que matar. ¡Cállese! yo no hablo mierda, usted se pone de buscona y llega a la madrugada con rabia por volver al hueco, ¡sí pilla! Qué cagada que la bebé no esté, pero mejor, así usted puede ni volver. Esta es mi casa, mi ranchito, váyase usted, no vuelva, ¡puto loco drogadicto! Sí Mona, yo me abro de aquí, pa’ meter vicio hay mucho sitio, eso no es problema, no me afecta, quédese sola o corra mejor para donde esos cuchos y llóreles para que le den plata, que es lo único que le interesa.

Ambos se tumban sobre un colchón y observan cómo las ratas salen de su guarida, pasan por el lado de ellos, asoman la cabeza entre la ropa amontonada y húmeda, y de los huecos de los pocos ladrillos de la casa. Corren de un lado al otro, caminan entre la mierda, se detienen, sienten el chispazo de la candela, corren otro poco, alzan sus patas delanteras, olfatean el desecho y el bazuco, algunas ratas recorren el único cuarto y se esconden en su hueco. Chanclas, después del primer pipazo, siente la mirada de una rata, ve cómo lo observa a él con un ojo hacia arriba y el otro hacia abajo, ojituerta, lo mira. El miedo le hunde la mirada hasta el culo y le dan ganas de defecar.

¡Puta rata! Tira un zapato, pero no se mueve.

Da el segundo pipazo, y con los sentidos alertas al peligro siente el «crack» del bazuco cuando lo empapela la candela. Ya no ve a la rata, pero escucha cómo se mueve, toc toc toc, la siente cerca. Entra en la paranoia y piensa que la rata en cualquier momento saltará sobre él y lo mordisqueará como un trozo de carne putrefacta. Mira a todo lado, casi que con la misma mirada de las ratas, un ojo hacia arriba y otro a la derecha, hacia abajo e izquierda, mira, mira, mira. De pronto la ve, enorme como un gamín, como un chino sucio y narizón.

En medio de la traba toma un cuchillo corto con el que limpia la pipa, se levanta del colchón pulguiento, sube sus pantalones y limpia su rostro con la manga tiesa de mocos. Camina lentamente hacia la rata que lo mira, ella agranda los ojos y brinca hacia él. ¡Uy rata malparida! Salen del hueco y después de un rato él vuelve a entrar. Con el dorso de la mano izquierda se unta de sangre el pómulo, sonríe lleno de placer y se sienta nuevamente en el colchón que está con el relleno afuera, ubicado en un rincón del cuarto. Quiere el tercer pipazo, pero está vacía, hueca, sin pega. Se levanta y empieza la tocadera, registra cada rincón de su cuerpo desesperadamente y no encuentra nada. Así que tira su cuerpo al piso y empieza a correr de un lado al otro, caminando entre la mierda y las ratas, olfateando el bazuco, buscando un poco de polvo entre tanta basura. Mona no tengo vicio, mi vicio Mona, ayúdeme. A usted solo le importa el vicio y la niña nada. Mona sí me importa, pero no quiero pensar, sí, no quiero imaginar a mi niña muerta. Estas hijueputas ratas siempre me hacen lo mismo y me toca matarlas. La rata de hoy no me dio tanta pelea como la de ayer Mona, pero me robó el bazuco, pa’ mí que esa malparida rata se lo tragó. Voy a rajarle ese ombligo a esa hijueputa. Ella empieza a llorar, lo toma del rostro y acercando su boca al oído de él le susurra: «se la llevaron, Chanclas». Mona no llore que me empieza a molestar tanta chilladera suya, pilotéela. Él encuentra salvación en una colilla de cigarrillo, aspira, suelta el humo y en medio del remordimiento dice: «Mona sí, sabe que sí, se llevaron a nuestra hermosa Calvita, se llevaron nuestra única razón por la que volvíamos a este hueco».