“no tendría que vivir más –continúa–, en un mundo que lo único que me ha dado es odio, falta de comprensión, irrespeto y, sobre todo, nada de amor”

 

Por: Juan Camilo Ospina

 

“¡Qué te pasa! ¿Por qué me robas?”, decía aquel niño, solo y tirado en un rincón de su pieza estrecha, desorganizada, con un radio viejo y con un ambiente melancólico.

Al rato… “¡Te vi! No me mientas que te vi con esa ‘perra’ en Leña verde”. Su Padre, llevado por el ambiente impulsivo del momento, le da un puño con toda la rabia desmedida a su Madre. “¡Mentirosa, eso no es cierto!”. “Pero si te vi, ¿por qué me mientes?”. Llora su madre humillada y decepcionada, por aquel ‘King Kong’ que muestra sus “argumentos” imponiéndolos por la fuerza, y sin tener en cuenta que su hijo de apenas 10 años está pagando las consecuencias de un conflicto ajeno a sus actos.

 

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— ¡No, este hijueputa me volvió a echar mierda en el bolso! ¿Por qué esto me sucede a mí? Me siento invisible ante los demás –. Se lamenta el joven solitario en el descanso de su colegio.

Un mundo paralelo ha formado aquel chico en su mente, ya que nadie lo quiere, nadie lo entiende y nadie hace nada porque se integre.

Llega a su casa, echa un vistazo a la cocina y de inmediato se da cuenta de que no habrá cena en aquella noche fría, aburrida y como siempre, deprimida.

Entra a su cuarto, se acuesta y, cierra los ojos, imaginando. “Ahora si me vengaré de este hijueputa –piensa el joven–, que me echó mierda en el bolso”. De manera sigilosa y paciente, espera el momento más indicado, para poderse sentirse satisfecho consigo mismo, a través de la dulce venganza que le iba a propiciar. A medida que observaba el acercamiento de su víctima, Carlitos sudaba, respiraba de manera agitada y sentía que su corazón se iba a salir de su pecho, pero ese sentimiento era una mezcla entre la adrenalina del momento, el saber lo que iba hacer, pero sobre todo, por las ansias y la gran felicidad que sentía al ver que cada vez su enemigo frecuentaba sus pasos hacia él.

De repente y sin pensarlo dos veces, sacó un bate de beisbol e indiscriminadamente le pegó con todas sus fuerzas hasta dejarlo desfigurado, con las rodillas rotas y con las costillas completamente destruidas, y sin quedar satisfecho, cogió una sierra, la encendió, e inmediatamente le cortó los pies, las piernas y las manos, para luego pasar por sus brazos y su cabeza, y a esos pedazos cortados los volvió a cortar para que quedaran en pedacitos, de esta manera, poder empacarlos con mucha más facilidad y tirarlos a un pozo cerca de su casa.

 

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— Jajaja… ¡Me pude vengar de ese hijueputa!—. Después de esa misión exitosa, abre los ojos, se levanta de su cama, saca un cuaderno y un lápiz y empieza a hacer garabatos.

Al momento, escucha la sirena de la ambulancia, se asoma a la ventana, y piensa sobre lo bueno qué sería estar usurpando a ese paciente. “No tendría que vivir más –continúa–, en un mundo que lo único que me ha dado es odio, falta de comprensión, irrespeto y, sobre todo, nada de amor”

El muchacho se para al borde de la ventana, sintiéndose por primera vez en su corta vida, el hombre más feliz, ¡pero el más feliz del mundo! Dibuja una sonrisa y salta.