El reloj dio las tres y se levantó de un salto por un aullido. Ya no ladraba. Corrió entonces a mirar la ventana, pero justo cuando llegó, el aullido desapareció. “Huele a chanda”, pensó.

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Por: Ángela María Henao Isaza

— Tal vez sea hoy el día en que el perro no ladre, pensó Campo Emilio con templanza. Sabía más que nadie la suerte que le esperaba.

Antes, siendo las tazas de café las culpables del robo de sus sueños, en las noches de estudio de la universidad, ahora eran los ladridos de aquel animal, que además de robarle cada segundo de descanso, se aparecía en las pesadillas que tenía de día, mientras intentaba trabajar como archivador en una empresa. Lo veía con su cara infernal, acercándose a sus pies y agarrándolo con su boca, mientras lo jalaba hacía un agujero tan negro como el color de sus ojos.

Revisó cada rincón de su apartamento con la esperanza de encontrar algún cachorro, que le diera miedo la oscuridad o, algún radio viejo prendido, pero no encontró nada; solo objetos y cosas que no había vuelto a utilizar. Habló con cada uno de sus vecinos. “Por aquí se escuchan prostitutas, ladrones, drogadictos, parranderos, bebedores, pero perros, no”, fue la única respuesta contundente en medio de todos los silencios que ofrecieron.

Pensativo por la actitud de los vecinos decidió visitar al psiquiatra. Luego de una serie de exámenes le mostró un diagnóstico mental en perfectas condiciones. Salió triste: prefería ser un delirante de ladridos, mas no un civil en busca de respuestas. Cuando llegó a su habitación  y apagó las luces para llorar de noche, los ladridos del perro se esparcieron por cada rincón, por todo vacío que encontraron para acomodarse y no irse jamás.

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Tomó entonces la decisión de volarle los sesos al perro si volvía a ladrar. Se paró junto a la ventana a vigilar, pero esa noche no ladró.

Convencido de que el perro se había marchado, decidió enterrarlo al olvido. Se recostó en el sofá con la sensación de tener a su lado alguien más: era una presencia lejana, pero a la vez cerca; ignorada, pero a la vez prometedora. El reloj dio las tres y se levantó de un salto por un aullido. Ya no ladraba. Corrió entonces a mirar la ventana, pero justo cuando llegó, el aullido desapareció. “Huele a chanda”, pensó.

La noche siguiente, escondió un arma bajo su sábana, para asustar al perro cuando se acercara a la ventana. Pasaban las nubes bajo la noche silenciosa, y Campo se hacía el dormido, como si el perro lo estuviera vigilando. Comenzó entonces a soñar con una manada de perros corriendo por un túnel oscuro, en medio de un río de sangre; llegaban a su mente imágenes que ni siquiera él programaba. El perro soltó un ladrido. Campo dio un salto y agarró el arma. El ladrido se estaba acercando cada vez más a los oídos. Sacó el arma. Disparó tantas veces le fue posible, a tantas direcciones se le ocurriera para que se callara.

— Nadie se suicida cobijado—, bromeó el jefe de la patrulla mientras pisaba el último cigarrillo que le quedaba.