EL SUEÑO DE UN AUTONAUTA

Después todo fue como en sueños. Había estado soñando toda la noche, y luego todo fue como de golpe. ¿Por qué ese grito? Dime algo, Florencio. ¿Qué te sucede? ¿Alguna pesadilla? ¿Quieres que te traiga algo de agua?

 

Escribe / Juan Camilo Bermúdez M. – Ilustra / Stella Maris

“Solo recuerdo la emoción de las cosas”

Antonio Machado.

Recuerdo que ese día se despertó muy angustiado como si toda la noche hubiese estado soñando con una revelación. El día era como todos los días de esa época; con un sol altísimo, brillante, y un aroma a pasto que no acababa de reverdecer. Hacía tres semanas que viajábamos en nuestro Dragón, así le decíamos a nuestro viejo Volkswagen combi que impregnaba de rojo todo lo que en él se reflejaba. La ruta que habíamos planeado era de París-Marsella, y la idea de registrar todo en fotografías y en nuestros diarios nos excitaba y consolaba, pues para Florencio el saberse en la carretera se había convertido en su mayor obsesión, además de que veía en ese viaje la posibilidad de reencontrarse con la música y con los veranos pasados que aún sobrevivían en su memoria.

A mí la idea de viajar por carretera no me inquietaba, la de escribir sí. Y aunque ya llevábamos algunos días, y con eso, algunas aventuras, mi libreta vieja de hojas onduladas por el agua que había recibido en los días de lluvia, aún se encontraba vacía, solo apenas con algunos garabatos y dibujos incomprensibles. Teníamos, eso sí, las instantáneas de todo tipo de árboles y aves en pleno vuelo sobre cielos azules y oscuros que encontrábamos en el camino de nuestro viaje.

Ahora que lo pienso con más calma, y no es que haya pasado mucho tiempo desde aquel entonces, me doy cuenta que de no haber sido por aquella mañana y el impacto que dejó en mí el rostro confuso de Florencio al despertar, mi libreta seguiría con las mismas ondulaciones, y con sus hojas como rostros vacíos, ya más secas y tiesas, y sin ningún suceso o pensamiento escrito en ellas.

Los dos nos dedicábamos a pensar por medio de la música. El sol sobre nosotros nos insinuaba las canciones. Pasábamos, sin percatarnos, de Ornette Coleman a Charlie Parker. Escuchábamos a Lionel Hampton y a Dizzy Gillespie. O la música misteriosa de Big Bill Broonzy y de Duke Ellington… Y pensar nos cansaba. Llegábamos a la ribera de algún lago, o nos estacionábamos en los prados de alguna cabaña y dejábamos que el calor se insinuara y fluyera hasta que cayera el día. Las fotografías, de ese blanco y negro con grano, iluminaban la frontalidad de Dragón cuando las disponíamos como en una miscelánea de objetos en venta, una al lado de la otra.

Florencio llevaba otra cámara fotográfica. Esa ya no era instantánea, y era la que él prefería porque le dejaba la incertidumbre y la sospecha que luego se tornaría en ansiedad, de saber cómo había quedado aquel recuadro de un pedazo de realidad congelada. Estaba entonces, por aquellos días, todo en calma…

Después todo fue como en sueños. Había estado soñando toda la noche, y luego todo fue como de golpe. ¿Por qué ese grito? Dime algo, Florencio. ¿Qué te sucede? ¿Alguna pesadilla? ¿Quieres que te traiga algo de agua? Mírate, estás temblando, y esa camisa toda enlodada en sudor. Te despertaste como si cayeras de salto. Pero dime algo. ¿Qué te pasa? Ven, acuéstate en mis piernas. Todo está bien. Fue solo un sueño. Mira ese sol de allá arriba, tan limpio y fresco. No ha pasado nada grave… Pero por Dios, Florencio, qué te ha pasado. Dime algo. Te has quedado sin palabras. Estoy preocupada. Tus ojos han cambiado. Tienen miedo. Déjate abrazar. Dime algo cuando puedas hacerlo. Hazlo. Por el momento acuéstate aquí ¿Escuchas eso? Es el sonido del viento. Por aquí todo parece tener vida propia, las hojas, la tierra ¿No te parece lindo este lugar? Tantas flores y valles. Sólo quédate quieto, no te muevas. Ya tendrás tiempo de contarme.

«En el sueño, el hombre empezaba a adentrarse en el bosque. Yo no sabía quién era. Nunca antes lo había visto. Solo alcanzaba a ver su silueta, siempre estaba dándome la espalda. Era alto, llevaba un gabán gris, anteojos cuadrados y parecía estar buscando comida o algún refugio. Yo todo lo veía con cuidado, el lugar se me hacía seguro. Al fondo, como si todo lo que estaba viendo saliera de una proyección de televisión, se asomaba un gran lago y se alcanzaban a ver grandes y altos eucaliptos, todos ellos inmensos, casi que ocultaban el cielo por completo. Sin proponérmelo seguía a aquel hombre como si fuera un espectador frente a una pantalla.

Después de caminar un tiempo, que en mi memoria resulta imposible de calcular –pues los sueños tienen ese rasgo, todo es como un elástico que se recoge y se estira involuntariamente– el hombre llegó a una casa que parecía más bien una cabaña, estaba hecha de una madera lisa y oscura. Y de nuevo el tiempo y sus saltos. El hombre en medio de una gran sala, y yo como un ojo que todo lo ve pero que permanece oculto.

Lo que pasará después, Carol, solo está en mi memoria como imágenes borrosas. Pequeñas postales secretas y en tinieblas. Fotogramas a blanco y negro, engañosos. El visitante, como aquel hombre era llamado por la niña de trenzas rubias, jugaba con ella a las muñecas; los dos sonreían, y a mí esa escena me parecía irrisoria y fuera de lugar. Claramente el hombre era un desconocido para esa niña, pero la forma en que se miraban reflejaba en ellos cierta complicidad.

Yo no podía creer aquello. El tiempo había dejado de existir. Lo veía todo en colores difusos, mezclados en un azul turquesa, fucsia y rojo carmesí. El hombre tomaba ahora con su mano –una mano inmensa– una pequeña taza de té, levantaba con su otra mano un platico de plástico y con esos ademanes simulaba una deliciosa cena junto a su joven amiga que hacía de chef. Cualquiera que vea esa escena puede encontrar ternura, además está el hecho de que esos dos rostros irradiaban alegría y amor.

Desde donde estaba se me hacía difícil observar toda la casa. Estaba enjaulado como en una telenovela que se repetía en todos los canales. Esa era mi realidad ahora: el té de aquellos dos seres de ensoñación. Creo que me quedé dormido en mi sueño. Al igual que en la realidad, la televisión me agotaba. Después de un rato, incalculable por supuesto, desperté en mi sueño, ya el día estaba terminando y a través de una ventana se anteponía un sol inmenso y anaranjado».

No me dio más detalles. Eso fue todo lo que Florencio pudo decirme esa mañana. Pasó un tiempo prolongado. Él recostado en mis piernas, como un ovillo, cuan niño indefenso y agobiado. Aquella escena de nosotros junto a la ribera era tan inexacta, irreal, y a la vez tan cautivadora y enternecedora que sentí felicidad. No comprendía en qué momento habíamos llegado a semejante estado. Él se veía agotado, las palabras resbalaban por su boca seca y sedienta. Casi que en murmullos me había contado todo, o bueno, alguna parte, la parte que a él no le avergonzaba ni le dolía. Esa es una de las ventajas de contar los sueños: decidir que podemos omitir y que fingimos no recordar.

El día transcurría, y Florencio poco a poco recobraba fuerzas aunque en él se avizoraba una especie de intranquilidad y tristeza. ¿Pero qué pasó después? No pudo terminar todo así le había preguntado yo. ¿Qué es lo que hay de malo en ese sueño para que te hayas puesto así y despertado en pleno desasosiego? No lo sé, no recuerdo, sólo sé que así fue que sucedió, me dijo. Sabía yo que fingía la amnesia para no entrar en detalles, y en medio del calor del lugar solo dijo lo siguiente: “sucede que el detalle más pequeño e impredecible esconde una revelación que puede cambiar nuestras vidas”. Decidió no hablar más del tema.

Todo esto lo escribí en mi viejo diario de pasta amarilla ese mismo día antes que empezara a olvidarlo. Pero el tema no quedó ahí para mí. Yo seguía preguntándome por lo que había sucedido después, y así, entre música de jazz, cerveza, sol, carretera, árboles, instantáneas, el Dragón rojo, se terminó nuestro viaje. Llegamos a Marsella después de 33 días de viaje y de discusiones diarias sobre nuestros hallazgos sobre la fauna y flora que encontramos en el camino. Nos creíamos unos botánicos y unos expertos en aves.

Florencio me había insinuado la posibilidad de que mis fotografías sacadas en nuestro viaje fueran exhibidas en un pequeño museo el mes siguiente. A mí la idea me emocionaba y había dispuesto mis horas para organizar toda la instalación. Lo primero era seleccionar cuáles de ellas podrían ser las mejores para exponer, y en ese trajín, descubrí algo que creía haber olvidado, o que había decidido dejar atrás.

En su escritorio, buscando entre carpetas y papeles los sobres en que estaban sus fotografías instantáneas que quería colocar junto a las mías, encontré su diario. O sería mejor decir, encontré su detalle pequeño e imprescindible.

Florencio había escrito el final de su sueño, lo había retomado justo donde lo había dejado para mí. Leí en su diario que después de esas escenas de alegría donde se disponían a tomar el té, ese hombre y la niña de trenzas escucharon que alguien abría la puerta. De repente todo se iluminó, se encendieron las luces, pues el lugar ya se encontraba alcanzado por la oscuridad de la noche. La sorpresa de la joven que llegó al ver a aquel hombre junto a su hermana, aquel hombre inmenso, descomunal, colosal. Inmediatamente dejó escapar un grito. El tiempo siguió dando sus saltos como de costumbre. Pequeños baches en la memoria.

La letra al final del relato había cambiado de color, ahora estaba en rojo y sus líneas imprecisas y movidas. Las palabras eran al final de la página más grandes, más espaciosas, como si respetaran los silencios entre cada sílaba. El último párrafo decía, lo transcribo literalmente:

«Yo no me había percatado, nadie lo había hecho. Pero en la habitación contigua yacía un hombre, enfermo en una cama. Era el padre de las dos hermanas, era mi padre. Y aquellas dos hermanas eran mis hermanas, pero yo no lo recordaba. Había olvidado que alguna vez tuve un padre, había olvidado, o fingido olvidar, que alguna vez tuve un hogar. De aquella época sólo recuerdo la emoción de las cosas. Y de este sueño solo me queda el continuo y variable sentimiento de soledad que…»

Era pues su padre, su padre que moría en su sueño. Un padre que moría de nuevo, pues ya se había ido de esta vida hace algunos años. Una segunda muerte y con ella un segundo sufrimiento para su hijo. ¿Por qué recordar a su padre así, agonizando, habiendo tantos momentos felices entre los dos? El dolor no acaba. Florencio sabe que muy pronto será él el que ocupe el lugar en esa cama. Solo que no tendrá un hijo que lo llore o que lo sueñe.