Finalista Segundo Concurso de Cuento Joven TLCDLR

El sueñoPor: Eduardo Gaitán Argumero

Ilustración: Daniel Román

Seguí mi rutina de cada lunes, apagué mi pequeño radio despertador programado a las 6:00 am, sonaban las noticias de la mañana, nada interesante, siempre parecían noticias recicladas, parecían los mismos muertos en los mismos accidentes. Me levanté de la cama y como siempre me miré en el espejo de la habitación, el mismo rostro que aparecía cada día, ya me estaba cansando hasta de eso. Me sacudí un poco intentando absorber un poco de energía mañanera del aire, al parecer siempre me funcionaba, le sonreí al del espejo, le di la espalda y me fui a duchar, me vestí con mi atuendo de trabajo, era el mismo trabajador de un cubículo en la empresa de mi padre. Mi corbata me reclamaba que la apretara un poco, lo hice cuando salí mirándome frente al reflejo de las ventanas de un auto negro, crucé la calle, escuché la bocina de un auto, salí volando casi tres metros por el aire, sentí el aroma de las llantas al quemarse, no conseguía entender lo que había ocurrido, oí las sirenas, veía algunas personas correr, veía rastros de sangre, mi sangre, escuchaba de lejos gritos, palabras, sonidos… y desapareció la luz.

Comencé a ver algo, parecieron minutos desde el accidente, tuve que entrecerrar los ojos para que no me dolieran, cuando conseguí abrirlos miré hacia la ventana de donde sea que estaba, iba a anochecer, no habían sido solo minutos, a mi lado izquierdo estaba la típica máquina de los hospitales, “beeeep beeeep”, resonaba cada vez más rápido, intenté levantarme, me quité los tubos de la nariz y los brazos, sonó el pitido eterno presumiendo que me había muerto. Cuando llegó la enfermera al instante mi mareo había aumentado, no sentía mis pies y temblaba extrañamente, me toqué la frente, estaba vendada, ¿qué me había pasado? Estaba asustado, la enfermera me dijo que me sentara pero yo quería salir, “quiero salir, quiero salir”, pensaba frenéticamente, la enfermera me vio con un gesto de hielo y me dijo crudamente como si hubiese escuchado mis pensamientos: “Señor, aún no puede irse, no insista, por más que quiera no puede, se rompió la cabeza, estamos estudiando la extraña actividad neuronal que ha tenido tras su accidente hace dos días, su padre va a estar feliz de verlo despierto, pero aún no podrá salir”. La miré con sorpresa, sentía el corazón en la garganta, estaba aún más asustado.

Llegó mi padre a los 10 minutos, tras haber hablado con el doctor, me miró con una sonrisa y con los ojos inyectados de sangre, se le alcanzaba a notar una lágrima en la mejilla, no había dormido al parecer en esos dos días, pero hoy estaba feliz y se le notaba en el abrazo un poco pasado de fuerza que me dio, pensé en decirle te amo, de hecho no lo dije pero por alguna razón me respondió, dijo: “también te amo”, ¿me escuchó? No creo que eso haya pasado, ¿en realidad pasó? Me senté en el borde de la cama y mi padre se sentó junto a mí, me contó lo de mi accidente, los TAC que me habían hecho y lo que decía el doctor. Lo miré incrédulo cuando habló de la extraña actividad de mi cerebro, pero entendí que seguramente debí haber estado soñando aunque no lo recuerdo.

El doctor entró en la habitación y me preguntó cómo estaba, además me pidió que me levantara y me alistara para otra Tomografía Axial Computarizada, no quería nada más pero asentí, me bañé y me puse esa extraña bata de paciente que me pasó la enfermera, tuve que usar una bolsa plástica en la cabeza para no mojar la venda. Mi papá estaba realmente sorprendido de lo bien que me llevaba hacer las cosas como si nada, al parecer esto no era normal.

Me hicieron el TAC en la habitación contigua, escuchaba cada palabra que decían, cada cosa como si fuera una cascada de palabras. No se detenían, escuché palabras de sorpresa, palabras de alegría, escuché que deberían estudiarme más, mi papá quería llevarme a casa y yo también quería irme de ese lugar, entendí a profundidad las cosas que pensaban en el hospital, no entendía como llegaban tantas ideas, tuve que taparme los oídos pero eso no funcionaba, insistían que me quedara quieto, quería salir, pensaba con fuerza y así mismo me respondían desde el otro lado de la máquina, no podía, y de nuevo todo fue oscuridad.

Soñé con un atentado, vi bombas amarradas en las columnas del estacionamiento, parecían dispuestas para que nadie las pudiera ver, yo parecía un espíritu que vagaba por todo el edificio para encontrar cada cosa extraña que habían puesto, había cables, luces rojas titilantes, había bombas en cada sitio y un celular en la oficina del director del hospital bajo su escritorio sobre una bomba más grande que las anteriores, conectada al parecer a todas las demás por entre las paredes del edificio, había una bajo la maquina en la que estaba y se terminó el sueño.

Desperté en la misma habitación de antes, de nuevo conectado, con mi padre ahora en una silla plástica hablando con alguien por teléfono, se quedó en silencio cuando desperté, me toqué la frente y ya no tenía vendajes ¿Ya había sanado? De nuevo como si me escuchara respondió mi padre, dijo que habían pasado otros veinte días tras el último examen. Me levanté y me desprendí de todos los cables que me amarraban, corrí hacia la máquina extraña, no lo podía creer, la bomba estaba allí, titilaba su lucecita cada vez más rápido. Sería ahora y no lograríamos salir si no corríamos ya. Comenzamos a correr, mi padre venía conmigo aunque no lo entendiera, cuando casi alcanzábamos la puerta para salir, el sonido sordo del atentado apareció y una vez más todo se oscureció.

Apagué mi pequeño radio despertador programado a las 6:00 am, sonaban las noticias de la mañana, nada interesante, pero ya sabía qué hacer.