En altas horas de la madrugada acostumbraba a salvar tapias, aterrizando de lleno en techos de estruendoso zinc;  obligándonos a arrearle la madre al hideputa felino.

 

Por: John James Galvis Patiño

Una afelpada y grácil bolita de pelos llamado Dante solía extraviarse en las noches turbias y ateridas de cierzo; aquellas, donde ni la luna prevenida de acontecimientos se atrevía a fisgonear. Ligero de pasos, trenzaba callejones retorcidos entre súbitas apariciones espectrales; sorprendiendo aún a agüeristas de antaño. En altas horas de la madrugada, acostumbraba a salvar  tapias, aterrizando de lleno en techos de estruendoso zinc;  obligándonos a arrearle la madre al hideputa felino. Su ronroneo ronco y sin prisa, enervaba la piel más desafiante. Ocasionalmente, se oía a la distancia el sonido lastimero de algún desafortunado gozque callejero que en su camino se topó. En sus ojos de neón, siempre crepitaban dos leños encendidos dominando las tinieblas de la noche; y hay quien afirmó que en ellos vislumbró los abismos maquiavélicos del Averno.

 

 Once upon a time

A plush and graceful little ball of hair called Dante used to go astray in the murky and cold nights of the north wind. Those, where not even the moon, prevented from events, dared to snoop. Lighted of steps, it braided twisted alleys between sudden spectral apparitions; surprising still, superstitious of yore. At dawn, he used to jump mud walls, landing fully on thunderous zinc roofs, forcing us to insult the feline sonuvabitch. His purring hoarse unhurried, unnerved the most daring skin. Occasionally, the pitiful sound of some unfortunate stray dog that ran into its path could be heard in the distance. In his neon eyes two burning logs always crackled, dominating the darkness of the night. There are those who affirm that in them, he glimpsed the Machiavellian chasms of the underworld.