Microcuento inspirado en la llegada de la luz eléctrica a la Villa de la Candelaria de Medellín, que por aquel entonces no era más que un pueblo con ínfulas de ciudad enclavado en el espinazo de la Cordillera Central.

Por / Felipe Osorio Vergara – Ilustración / Daniela Ríos Henao

Esa noche todos asistieron a su destierro. No era Botero ni Arango, y mucho menos una Echavarría, pero era como si las 55 mil almas de la Villa de la Candelaria se hubieran congregado en el Parque Villanueva a despedirla. Ese 7 de julio de 1898 era enviada al exilio con un séquito de velas, faroles de grasa y queroseno que no serían nunca más utilizados. La escolta real la completaban los curtidos faroleros, ataviados con los abrigos que los guarecían de la niebla nocturna y armados con múcuras de aceite y antorchas. Para su desdén, el camino empedrado que la conducía al destierro lo alumbraban 150 lámparas eléctricas, que reflejaban su brillo en las aguas de la quebrada Santa Elena. Lo que no sabía era que 15 meses más tarde el fantasma de la guerra civil caería sobre los ingratos que la despedían. Marañas, un ruanetas de la Villa anunció, cual oráculo, la sentencia de la desterrada: “¡Luna, te jodites!, tenés que ir a alumbrar solo a los pueblos”.

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El exilio de un astro.