De esta manera se encontraba el Sumo Sacerdote junto a Azazel –como se llamaba al chivo expiatorio–, rumbo al desierto. Caminó largo rato y, asegurándose de que nadie lo seguía, soltó al macho cabrío y se sentó a esperar el milagro.

 

Por: Camilo Peláez Peláez

Según la antigua tradición judía, un día al año, llamado el Día de la expiación, el Sumo Sacerdote echaba a suertes dos cabritos, uno que sacrificaba para YHVH y otro en el cual caían todos los pecados del pueblo de Israel, confesados al oído del cabrito por él, para después ser abandonado en el desierto y expiar todas sus faltas.

Ese día todo estaba dispuesto como ordenaba la tradición. El pueblo había comenzado su ayuno desde el día anterior y aguardaba la salida del Sumo Sacerdote, para que este confesara los pecados del pueblo al chivo expiatorio que iba a ser llevado al desierto. La espera se prolongó unos minutos y todos comenzaron a murmurar cuando, abriendo el velo del templo, salió, impuso sus manos sobre el cabrito y le confesó las faltas. El pueblo de Israel mostró su júbilo, pero el Sumo Sacerdote no celebró con ellos.

Ahora, el chivo expiatorio debía ser llevado por otro hombre al desierto, el cual, al regresar, debía lavar sus vestiduras y lavar su cuerpo en agua. Sin embargo, cuando él iba a partir, el Sumo Sacerdote lo detuvo y, alejándose de la vista del gentío, partió con el cabrito al desierto.

Una duda pequeña, suave y frágil como la brisa asaltó el corazón del Sumo Sacerdote. Después de haber ofrecido en holocausto el primer cabrito a YHVH, a su mente llegó la pregunta: “¿quién soy para ofrecer un sacrificio de expiación a mi Señor?”. Pensamiento que quiso apartar rogando misericordia a Dios. Sin embargo, la semilla ya se había sembrado en su corazón y aquella duda penetró más hondo hasta convertirse en cuestionamiento: “¿de verdad quedan expiadas las faltas? Si el chivo es abandonado en el desierto, ¿quién viene a él para llevarse los pecados?”

De esta manera se encontraba el Sumo Sacerdote junto a Azazel –como se llamaba al chivo expiatorio–, rumbo al desierto. Caminó largo rato y, asegurándose de que nadie lo seguía, soltó al macho cabrío y se sentó a esperar el milagro. Tentado por la duda y alimentando su soberbia, comenzó a cuestionar el valor expiatorio de aquel rito. “¿Cómo es posible que hayamos creído en esto? Nada ni nadie se llevará este chivo expiatorio. ¿Quién purifica por nosotros, entonces, nuestras faltas?”

Lentamente el sol caía sobre el horizonte y la noche se extendía sobre el cielo. El Sumo Sacerdote se levantó decidido a regresar con su pueblo, cuando se percató que Azazel venía hacia él. No supo qué pensar, pues la decepción de un Dios que no expiaba los pecados y la banalidad de un ritual que no tenía trascendencia espiritual le hizo mirar con odio al chivo expiatorio. Empezó a caminar, y el cabrito continuaba detrás de él, siguiéndolo a donde quiera que fuera. Lo miró de reojo y, en vista de que ya estaba oscureciendo, lo decidió. Caminó un poco más y, cuando el chivo expiatorio se distrajo, le clavó su daga hasta matarlo.

Al ver la sangre que se derramaba en el suelo y sus manos manchadas por la falta; soltó la daga, miró a su alrededor y se sintió culpable. El peso de una tradición caía sobre él y la había roto por su soberbia. Levantó la mirada al cielo, ya era de noche. Empezó a caminar, cuando una brisa leve acarició su rostro llevándose su vida. Total, alguien debía expiar por los pecados del pueblo.