Pero me salvaron, y aquí esa consciencia se va desvaneciendo. Siento las almohadas, el fresco material de mi ropa y pienso “me están cuidando, soy una persona”. Mejor el blanco que el rojo y sus mensajes.

 

Por: Juan Sebastián Sabogal Velásquez

Estoy metida en una gelatina. Así me siento. Me pongo a escribir esto luego de salir de la clara superficie que envuelve mi pierna. Casi podría decir cuántos poros tiene el yeso, me hallo en capacidad de bautizar el tono oliváceo de mis dedos que se asoman allá, tan lejos —y yo acá, tan acostada—, y sé que hay 23 intersecciones en el vendaje de mi vientre. Tenemos cuatro lámparas grandes y dos ventanas, se forman seis pliegues en la sábana que me separa de doña Amparo y hay ocho interruptores y seis luces en la máquina que tengo al lado. Estoy suspendida en todo este blanco salpicado de azules y verdes claros, flotando dentro del silencio que brota en medio de los pájaros de afuera y los ding-dongs, pasos y ruedas metálicas del pasillo. Una gelatina, de la blanca, la que no tiene sabor.

Nada que ver con la sangre de hace cinco días. Eso es, al menos, ganancia. Yo no sabía que esto se llamaba fractura abierta, pero creo que la sangre y el impresionante guiño amarillento de mi pierna me lo susurraron mientras gritaba. Uno cree que es consciente de ser una bolsa de sangre y carne hasta que ve cómo todo eso se sale por una herida o se pega al pavimento. Es entonces cuando, de verdad¸ se es consciente de eso. Vi y sentí mi sangre brotar, lo frío y lo caliente, vi a los curiosos llegar o pasar mirando y pensé que no se podía estar más sola. Fue entonces cuando supe que yo, pensando todo eso, no era más que sangre y células interactuando y disminuyendo. Ya para morirme lo sabía: una abertura y se acabó tanto pensar. Irse sabiendo eso debe de ser terrible. Tal vez ese sea el misterio de la muerte, no lo sé.

Pero me salvaron, y aquí esa consciencia se va desvaneciendo. Siento las almohadas, el fresco material de mi ropa y pienso “me están cuidando, soy una persona”. Mejor el blanco que el rojo y sus mensajes. Mejor este silencio de murmullos lejanos que la gritería que me rodeó (se gritaban ellos, me gritaban a mí). Paso de los estrepitosos sueños con la moto y el accidente al techo de la habitación, y al volver siento la suavidad de la sábana como abrazando mi espalda, en oposición al recuerdo dolorosísimo del áspero pavimento. Es cuando revive el dolor que me llega esa duermevela. No son noches agradables… Luego llega la mañana, los pajaritos, la enfermera que trae el desayuno, y un pequeño saludo a doña Amparo antes de que vuelva a dormirse. Mi sueño ya no está, a pesar de la mala noche. Entonces, el blanco, esta suspensión en donde tengo ojos, sobre todo oídos, pero muy poca boca.

Mi mamá sacó ayer, por fin, el tema de la moto. Soltó lo terca que soy, cómo ella me lo había advertido, cuán peligrosas son estas calles, cómo es mejor llegar tarde, pero llegar… Lo descargó todo aprovechándose de que ya estoy mejor. Pero no contó con que los pájaros y las sábanas y los poros de mi yeso ya me habían preparado para su alharaca. La recibí con calma. ¿Cómo no? Su bala maternal perdió toda potencia al atravesar la consistencia gelatinosa que me envuelve ahora. No compraré otra moto, es verdad, terminaré de pagar esa chatarra que me quedó y volveré a los buses, con gente y calor y manoseos, y todo, pero lejos del terror del asfalto (lo vería siempre venirse encima a molerme la carne con esa negra resistencia de la que se ufana). No habrá moto, es verdad, pero igual mi mamá perdió el palabrerío: con tanto tiempo, ya todo lo había yo pensado. Hasta más.

En medio de este espacio-nada me han traído libros y me visitan. Pero esto son solo parpadeos, porque aquí las horas son inmensas. Aquí las horas son poderosas, por fin. Normalmente el tiempo no me alcanza para nada: de la casa al trabajo, del trabajo a la Universidad, de la Universidad a la casa… En ese movimiento las horas son pequeñas, diminutas ¡y tan pocas! Aquí, en cambio, lo son todo. Casi siento que el segundero me habla sin parar, y que dice cada vez “ya viene la otra hora”, con cuya llegada se retira mi visita, mis ojos se cansan de leer, entra la enfermera, o pasa el médico a ver si logra hacerme dudar del dolor que siento… Horas y dolor. Pensar el dolor, pasar el dolor, que duela el tiempo. Lo peor es pensar que parte de toda esta quietud se me irá pegada a los días si en verdad mi pierna no se recupera.

Me arde el vientre, y me distraigo pensando en si doña Amparo está despierta al otro lado pensando algo, o si en verdad, de verdad, logra dormir todo el día. La experiencia, supongo. En diez minutos viene la enfermera. Si doña Amparo no lo presiente y se manifiesta, tendré que conversar con el segundero del reloj. Tal vez escuchar los pájaros. Tal vez intentar mover los dedos otra vez.