Este relato hace parte del libro Urdimbre de paisaje tejido en prosa, Primera antología de relatos ilustrados del colectivo artístico y cultural La Cebolla Azul.
Escribe: Sandra Milena Montealegre / Ilustra: Lizeth Escobar
Seis años existiendo, la cabecita llena de magia, habitante del mundo más bello, el mío. Afuera, existía la hostilidad de los hombres que apenas miraba con extrañeza.
Todo era más bonito si sonreía.
Me gustaba la escuela, porque lanzaba mis rayos ultra poderosos a los compañeros para hacerlos imaginar ¡para conectarnos! y sí que servía.
Un rincón del patio de juegos, desde donde veía un hermoso mural plasmado en una vieja pared de la escuela, fue mi lugar favorito.
El gusto era despertado por la idea de vivir allí, transportada por la mera dicha de lo bello. Recuerdo, mientras andaba perdida en el paisaje, tirada en la arena, la presencia de un hombre, lo reconocí. Me sonrió como siempre, pero esta vez, había algo diferente, lo supe, mi inocencia lo supo.
Se acercó y me tomó de la mano, lo sujeté, mientras de sus labios se fugaban palabras que admiraban mi niñez… Sonríe para desvanecer lo incierto, y dejé caer mis ojos en la tierra.
Me invitó a almorzar, y él, que estaba sentado frente a mí, no paró de mirarme, sabía que aquella mirada destellaba algo extraño, mi inocencia lo sabía, pero ¿yo qué sabía de mi inocencia?
Me sentí cansada después de la jornada de estudio: recreo, risas y amigos imaginarios. Luego, solo quedaba recostarse cerca del mural, cerrar los ojos… E imaginar de nuevo, en aquel paisaje de madreselva, no existía el miedo, ni los monstruos que crean lo más terrible de la vida.
De pronto, mi mirada se abrió al mundo, para sentir que mi piernita derecha se contraía. Y lo vi de nuevo, estaba ahí mirándome con esos ojos de fuego. Sus manos, inquietas, subieron por mis piernas, una alcanzó mis labios llamando al silencio.
El bello paisaje se desvaneció, y todos los monstruos que acechaban se convirtieron en uno. Él me miraba auscultando mi mirada, mientras sus manos subían bajo la faldita azul, abriéndose lugar, allí, donde dijeron que era prohibido mirar o tocar ¡Era sagrado! Pero jamás dijeron que otras manos no podían hacerlo.
Todo terminó. Cerré mis ojos una vez más, esta vez con una sensación de dolor…Para ver como aquel paisaje se desvanecía, y quedaba ese odioso recuerdo, ese olor acre y el sonido punzante de un jadeo. ¡Odioso mundo de los “adultos”!
Me dijeron las más grandes mentiras mirándome a los ojos, por donde creí que se vertía la verdad, la magia y todo lo bello. Ahora me miro frente al espejo y encuentro el reflejo de la verdad máxima, y sonrío.
Algunos me han abrazado tan fuerte, que han intentado atrapar mis miedos. Aquellos abrazos jamás sentirán la fatiga de sangrar por el alma.
Vivir tantas tormentas, para saber que soy la mía propia: fuerte, brillante, intensa, arrasadora e impactante.
Han quebrantado el amor, tanto, que ahora la única certeza es el amor en conjura de mi propia alma, para cuidar, para verter el agua y la vida en otras flores… Llegará el tiempo en que aquel mural se dibuje en otros ojos, en otra vida, para hacer de la mía un jardín donde los miedos y los monstruos sean árboles y ríos.
Hace mucho, solo está la soledad, como una amiga. La invito a tomar una copa de vino, para estar juntas y juntas caminar.
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