Inmediación a Kafka

¡Se ha perdido el aire! Conservo la angustia. Todo lo que aquí existe imita el verde de las plantas; las casas enfrentan al tiempo.

Kafka

 

Por: Alex Noreña

Mi silencio no hace eco, el sonido se fuga más allá de este encierro; cuatro paredes se abalanzan destruyéndome. Tengo sueños, lo sé, sé que sueño. Tal vez exista la posibilidad de salvarme.

-Salvarme ¿de qué? -me pregunto- de qué soy insalvable.

Veo tras la ventana  –observo y me sorprende–  vagabundos que rastrean las pocas calles. Buscan errantes entre la basura,  padecen y se untan de las  excrecencias. Presiento… ¡eso es!, son como yo: temerosos del día huyen con el aire. Espío en la ventana.

Despierto con el rostro pálido. Al levantarme advierto surgir cucarachas, moscas y escarabajos, en el  entresijo de la madera que tapiza el cielorraso. Camino hasta al baño. Veo en mi rostro la angustia de ser el mismo, de dormir con la misma sangre.

-¿Quién soy?

Y como respuesta: sombras. Lo que aquí existe sospecha de mí y  me interroga.

-¿Quién eres?

Las sombras siguen el rastro que dejo. El agua baja por el lavamanos, penetra mis ojos; no dejo de fregarme el rostro. Voy desapareciendo del espejo.

Aquí -adentro- más allá del confinamiento, más allá de cuatro vertientes, de los límites, la soledad, la búsqueda. Una conciencia menos azarosa, los olores, todo lo implacable. El silencio se ensordece, ¡soy salvaje!, y nacen en mí  los sueños que no salvan, me he parido como a un muerto que va al agua.

Camino, corro infatigable. En las negras cornisas sobresalen círculos, por lo alto brillan en la lejanía; me refracto.

¡Soy yo! – el vagabundo inerme que se ha creído humano y se ha hecho insecto.