En la sexta página, a punto de lanzar el libro contra la alfombra, el lector ya prácticamente lector–energúmeno, optaría por sacudir la cabeza y, luego, por leer en voz alta (esto es algo que no aclaré en el cuento, pero que sí tengo presente: el lector atento lee en la comodidad de un estudio con las paredes forradas de libros).

 

Por: Bryam Jesús Arias Cuéllar

Escribí un cuento sobre una mujer que escalaba una montaña. Era parte de un libro al que, en mala hora, llamé La mujer que escala una montaña y otros cuentos. En mi cabeza (esto es algo que no aclaré en el cuento) la montaña era roja. Las partes orgánicas (los helechos o las copas de los árboles, eran de un rojo brillante) como el de las fresas; mientras que las piedras y la tierra estaban pintados del rojo apagado de la sangre.

Dije que el cuento era sobre una mujer, pero la verdad es que se trataba de un ser de forma extraña, un bulto alargado, un bulto azul alargado.  No había nada en él que indicara su género (el color azul no es precisamente un símbolo de feminidad). Supongo que el yo que escribió el cuento quería dotar a la historia de cierto aire, tal vez convertirla en el típico misterio de la mujer asesinada en un lugar lejano; por eso se refirió al bulto azul como ella y dedicó una que otra frase a describir su torpe forma de escalar. Aquí tengo que decir que el verbo escalar tampoco es preciso; como la mujerbulto no tenía piernas, lo pertinente sería decir que se arrastraba.

Otro dato de suma importancia: el bulto no ascendía; caminaba, sí, pero no ascendía. Pensaba que subía, era consciente de que  subía (sentía su cuerpo hacerse cada vez más pesado por acción de la gravedad); pero desde una perspectiva lejana, si se mirara a través de los ojos de un  piloto que volara su helicóptero cerca, el bulto estaría siempre en la mitad de la montaña, como un lunar engarzado justo debajo del ombligo.

Ahora reconozco que mi cuento podía no ser una lectura amena. Es más bien confusa. Un lector atento (del tipo de gente que puede seguir con su lectura mientras alguien le grita al oído),  podría llegar a la quinta página y considerar la posibilidad de que no esté pasando gran cosa. Podría ser que, desde su punto de vista, la mujer lleve páginas y páginas caminando por un sendero abierto en la piel de la montaña, sin que el narrador haya indicado, de alguna forma, que la cima esté próxima. Porque de eso se trata todo –diría el lector, un tanto arrepentido de no haber gastado su tiempo en leer otra cosa– de llegar a la cima. A nadie le importa un rábano –añadiría– la textura lisa del camino o las dificultades por las que pasa aquella extraña (y por tanto estúpida) mujer para mantenerse en una posición más o menos vertical.

En la sexta página, a punto de lanzar el libro contra la alfombra, el lector  ya prácticamente lector–energúmeno, optaría por sacudir la cabeza y, luego, por leer en voz alta (esto es algo que no aclaré en el cuento, pero que sí tengo presente: el lector atento lee en la comodidad de un estudio con las paredes forradas de libros). Su boca escupiría, ahora, las palabras que otra persona (un hombre deplorable) dejó caer en algún ataque de pretensión.

«Respira, pero algo que no es aire, sino el aroma de ramas secas. De pronto, se da cuenta que si deja de respirar no le dolerá el pecho». ¡Cuánta tontería!  «Intenta levantar la cara…». ¡Ya era hora! «…pero nota, perpleja, que no puede; sus ojos están fijos contemplando la vista de su camino infinito Pareciera que por cada palmo de tierra que dejara atrás, otro igual hubiera sido delicadamente puesto por delante…».

Llegando  al último párrafo, el lector cerraría el libro con una suavidad confusa, la piel de su cara conservaría en sus pliegues la ira moribunda. Debería buscar algún espacio entre las biblioteca para poner el libro; pero como este es un lector atento que sabe leer entre líneas, es consciente de que aunque pudiera separar los ojos de su lectura y levantarse, no le quedaría otra opción más que caminar.