CONCURSO DE CUENTO JOVEN TRAS LA COLA DE LA RATA, 2015

Juancho-López-el-cuentero-1024x690Por Hernán D. Quintero Murillo

Ilustración: Daniel Román

Una mañana, en solsticio de verano, el sol se despertó muy temprano y Juancho, como llamado por la inspiración, salió corriendo río arriba, hasta llegar a un claro de bosque, sacó el lapicero para ponerlo a bailar sobre la hoja en blanco, pero por más que lo intentó el resabiado lapicero no quiso escribir, a pesar de estar recién comprado;  entonces Juancho, con rabia, lo arrojó contra la raíz de un árbol e inmediatamente escuchó un quejido “auch, ay”. Existe un pueblo olvidado por el tiempo que queda muy lejos, más allá de donde está Macondo, allí vive Juancho López, es el cuentero del pueblo. Cuenta Juancho que al principio de su vida como escritor la inspiración le llegaba cada mes en las mañanas y le duraba muy poco, de tres a cinco minutos, pero bastaba para darle trabajo durante el mes.

 Juancho asustado preguntó.

­-¿Quién se queja?

-Aquí abajo, respondió el lapicero.

 Juancho lo tomó del piso y cuenta que se quedó mudo pero el lapicero empezó a hablar…

Yo sé qué es lo que quieres preguntarme y te diré. Yo aprendí a hablar porque siendo lapicero no tenía el privilegio de escribir, pero tenía la necesidad de contar mis historias y desde que “aparecí” como lapicero hasta cuando estaba en venta en la papelería escuchaba y escuchaba a cada comprador hablar y al tendero responder, fui memorizando cada diálogo y luego replicándolo hasta que aprendí a hablar.

Y cuenta Juancho López que el lapicero le relató historias durante horas, le contó incluso de un día en que lo oyó echar sus cuentos en la plaza y se los dijo al pie de la letra, tal cual los había narrado.

Juancho López ya está viejo, todavía tiene fama de ser el mejor para contar historias y llena la plaza del pueblo, también le cuenta historias a los niños pero ya no escribe, dice que es porque su lapicero le arrancó las palabras de la mano, la gente piensa que está un poco loco, pero es un loco simpático, en el pueblo lo quieren porque tiene el arte de la palabra hablada y le pagan por las entretenidas historias que cuenta en las noches de verano, pero nadie ha caído en cuenta que minutos antes de que Juan empiece a relatar, saca de su mochila un viejo lapicero y se lo pone detrás de la oreja.