La bruja que murió en mis brazos

La historia fue triste; Salomé, mi cabra negra, murió ante mis ojos llenos de lágrimas; mientras Ruca, mi cabra mona, tenía una mirada aterradora al ver que la muerte se estaba cargando a su hermanita en esa noche tan tenebrosa.

Por: Gloria Alexandra Delgado López*

Quiero aclarar que esta historia es totalmente cierta, y aunque suena a ficción ningún detalle es falso.

Llovía torrencialmente sobre la casa prefabricada que acabábamos de construir en una finca en la que los cortes de energía eran comunes y duraban varios días, y en medio de los truenos y relámpagos, nos despertó a la una de la mañana un grito desgarrador que se escuchaba en la distancia; el grito no hubiera tenido trascendencia a no ser porque se escuchó por segunda vez y con más intensidad.

Nuestro corazón se aceleró cuando por tercera y cuarta vez no solo escuchamos el grito sino que sentimos la presencia de algo poco común a menos de 20 metros de nuestra pequeña y frágil casita, con la angustia de que el grito se había transformado en un aullido lastimero largo y profundo que no era igual a ninguno de los que habíamos escuchado en la finca, a pesar de vivir en medio de gallinas, patos, gansos, cabras, perros, conejos y hasta culebras.

Estoy equivocada porque no era un grito, ni aullido, ni maullido, ni graznido; era más bien un chillido agudo y sostenido que iba perdiendo intensidad y que duraba 8 segundos continuos y a veces 10.

En medio de la oscuridad, iluminados solo por los continuos relámpagos decidimos matar el miedo; yo recién casada no iba a permitir quedar viuda tan temprano y mientras el hombre que me había desposado salió sigilosamente con un machete por la puerta trasera de la casa, yo me llené de valor y me armé contundentemente con una paila mediana a medio lavar que estaba en el comedor prestos a enfrentar a aquella inequívoca bruja que nos estaba atormentando.

Esto es cierto, lo ratifico nuevamente, el chillido se hizo tan intenso que hasta mis dientes se aflojaron y sin decirnos nada y sin haber visto nunca en persona a una bruja decidimos enfrentarla, porque un sonido tan espeluznante solo podía provenir de un ser con cuerdas vocales tan enrarecidas; corrimos hacia el establo en medio del aguacero, en donde dormían Ruca y Salomé, dos cabras que yo había criado y de donde provenía tan espantosa manifestación sonora.

La historia fue triste, Salomé, mi cabra negra, murió ante mis ojos llenos de lágrimas; mientras Ruca, mi cabra mona, tenía una mirada aterradora al ver que la muerte se estaba cargando a su hermanita en esa noche tan tenebrosa.

Pero antes que la muerte cobrara su cuota, mi esposo buscaba desesperadamente un objeto corto punzante para vencer a la pelona, pues habíamos aprendido en un curso de capricultura que cuando una cabra come hierba mojada su estómago se inflama tan rápidamente que empieza a asfixiarse y toca perforar el vientre velozmente para liberar los gases atrapados y evitar que el proceso inflamatorio comprima  su faringe contra las cuerdas vocales, que es la que ocasiona que emita chillidos tan espeluznantes; la bruja era Salomé, mi cabra, quien murió en mis brazos y que después de refrigerarla por varios días nos acompañó con especias y cerveza cada fin de semana hasta que no quedó nada de ella.

* gdelgado8@estudiantes.areandina.edu.co