La casa junto al arroyo

Como si su oferta fuese una orden, continué sin parpadear a la habitación contigua. Allí, de manera repentina, me encontré sentada en una cama desarreglada. Pude advertir que mis pies se hallaban trenzados por un hilo invisible, dejando mis piernas como la cola de una sirena.

La casa junto al arroyo

Por: Carolina Hidalgo

Llegamos a la casa abandonada junto al arroyo. Los primeros pisos eran un escenario de posguerra. Escalas de grises enmohecidos, marcos sin puertas y la vegetación ensanchando sus raíces por los socavones de las ventanas. Tina y Lili decidieron apostar, en una carrera de escalones, quién tomara la azotea de primera.

Yo tomé las escaleras de la izquierda y mis amigas la de la derecha. El edificio parecía cambiar de forma, se retorcía sobre sí mismo tomando una forma de vagones que me recordaron la doble espiral del ADN.

Cuando alcancé el último piso, no tenía oxígeno en los pulmones y una fuerte punzada torturaba mi estómago. Las risas de mis amigas retumbaban como fuelles.

En el piso final una puerta entreabierta semejaba una herida.  Cruzamos el portal en un halo de misterio. Al interior una luz mortecina depuraba a la vista muebles antiguos, dos candelabros reposados en una chimenea y, en grafito, un desnudo que resaltaba de la pared. Se trataba del dorso de un joven que no alcanzaba a girar el rostro al espectador. Recordé haber visto algo parecido en la obra del pintor colombiano Luis Caballero. Al dilucidar la coincidencia, por un costado un hombre moreno y de estatura baja salió a mi encuentro. Pude notar que mis amigas habían desaparecido. En voz baja el hombre me llamaba por mi nombre y extendía sus brazos como si fuese bienvenida. Su presencia removió mis recuerdos más fútiles de la niñez. Algún poder tenía sobre mí, que al verle causara tanta tensión. Mis músculos se contraían en un escalofrío incierto.

-Bienvenida Xarito. Pasad a la habitación contigua, e indicándome con su brazo extendido, me aconsejaba. –El misterio será esclarecido. No te preocupes de tus amigas, ellas están en sus juegos.

IMG_20150213_135840Como si su oferta fuese una orden, continué sin parpadear a la habitación contigua. Allí, de manera repentina, me encontré sentada en una cama desarreglada. Pude advertir que mis pies se hallaban trenzados por un hilo invisible, dejando mis piernas como la cola de una sirena. Esta sensación me ofuscó pues al estar sorpresivamente inmovilizada no entendía mi situación. Logré girarme un poco, solo para encontrarme de frente una araña viuda negra que se acercaba por el borde de la pared en contacto con la sábana. Su movimiento sigiloso me causaba un pánico terrible. Grité con todas mis fuerzas, tomé aire y  volví a gritar el nombre de mi madre. Mi voz sonó extrañamente aguda. La araña se lanzó sobre mí.

No poder mover mis pies fue la sensación de impotencia más tormentosa sentida alguna vez en mi vida. No podía huir, así que tomé una almohada para tratar de espantar la araña sin aplastarla. Lo único que deseaba era tener mis pies sueltos. En mí se producía una frustración terrible. Sólo acudía a llamar a mi madre con todo el corazón.

Una vez apareció mi madre de la nada, mis pies fueron liberados de su imán invisible y la araña parecía nunca haber existido, como igual nunca estuvo la habitación.

El cuadro del joven desnudo seguía colgado en la azotea de la casa junto al arroyo.