Miré el reloj y los rayos del alba recién florecían entre las persianas de mi habitación. ¿Qué hago despierto tan temprano? Víctima de la costumbre o presa de la obsesión por aquella luz, la ventana y la sombra, no pude conciliar sueño nuevamente.

 

Por: Camilo Peláez

La luz violácea hacía que la ventana del edificio F resaltara en la nublada noche de noviembre. Observaba, desde la banca del parque X, que la cortina estaba abierta. Todo se conservaba en extrema quietud. Estuve allí algo más de una hora, pero no ocurrió nada novedoso; la calle desierta y detrás de la ventana, sólo aquella luz. Tomé mi abrigo, me levanté y caminé un par de calles hasta llegar a mi casa. ¿Quién vivía en aquella ventana?

Al día siguiente, después de salir de trabajar, recogí el periódico de la recepción del edificio y en la sección cultural figuraba una noticia que se titulaba La luz de la ventana, en la que se contaba la historia de un hombre que había muerto en la sala de su apartamento, ubicado en el edificio F. Solté el periódico ¿acaso ese hombre viviría en la habitación que ayer observé? Tomé las llaves y me vi nuevamente sentado en el banco del parque X observando la ventana del edificio. ¿Quién vivía en ese cuarto? La luz seguía allí y mi inquietud se acrecentaba frente a la falta de acción detrás de la ventana, pero, de nuevo, no ocurrió nada: todo seguía inmóvil.

Cuando llegué a la oficina, sobre el escritorio había un sobre con una Z sobre él. Era la letra que se utilizaba cuando despedían a alguien -¿quizá por ser la última del alfabeto, la cual indicaba el final del mismo?-. Oficialmente, estaba despedido, porque frente a estas cartas no hay réplica ni situación personal que haga cambiar de parecer a la persona encargada de esta penosa gestión. No quise guardar nada, solo cogí el dinero y el periódico. Ningún compañero se percató de mi despido.

Tardé en llegar a casa, debido a que camino hacia ella un suceso detuvo mi marcha. Mientras cruzaba el parque X, en el edificio F se veía que de aquella ventana la luz violácea trataba de hacer frente al sol, haciéndose tenue pero no desapareciendo. ¿Por qué estaba encendida a plena luz del día? Decidí, estando desempleado, emplear mi tarde en observar aquella ventana, pues en algún momento alguien debía asomarse o apagar la luz. No fue así. La noche se hizo presente y, contraria a desaparecer, la luz se hizo más notoria. Fijé mi mirada una vez más en la ventana y, cuando estaba a punto de partir, una sombra se proyectó. Caminaba lento en la habitación, como si meditara cada paso, hasta que la imagen se amplió, como si se hubiese sentado justo en frente de la luz que lo reflejaba.

Yo soy tú. Aún no me has visto, pero me reconocerás, porque verás en mí al hombre del periódico, a la sombra que hace poco se desvaneció y te verás a ti. ¿No comprendes? Fotografía / Nuria Fernández Herrera.

No quería estar más allí, así que me levanté del banco. Llegué a casa. La idea de lo que había detrás de la ventana o lo que ocultaba esa luz me estaba obsesionando, así que para disipar mi mente abrí el periódico en la sección cultural, encontrándome con lo que parecía ser la segunda parte de La luz de la ventana.

Muerto por infarto, eran las primeras palabras de la noticia. El resto de la historia aportaba detalles sin importancia, sobre su estatura, edad y contextura. Sin embargo, lo más interesante fueron las últimas palabras: Medicina legal decidió dejar el cuerpo intacto, hasta conocer la causa del infarto, pues las circunstancias no eran las habituales.

Tiré el periódico en un rincón y me tiré en la cama. ¿Por qué el cuerpo continuaba allí? ¿Qué era eso tan particular que impedía que se lo llevaran? ¿Coincidía este hombre con la sombra que hace un momento vi en la ventana? No era posible, este hombre llevaba algo más de cuatro días de fallecido, mientras que la sombra, aunque lenta, se reflejaba viva.

Miré el reloj y los rayos del alba recién florecían entre las persianas de mi habitación. ¿Qué hago despierto tan temprano? Víctima de la costumbre o presa de la obsesión por aquella luz, la ventana y la sombra, no pude conciliar sueño nuevamente. Pasé la mañana revisando clasificados, llenando crucigramas y hojeando mis antiguas revistas sobre investigaciones sobrenaturales. En la tarde di un largo paseo por la ciudad, procurando agotarme para poder descansar oportunamente en la noche; incluso, tomé una ruta alternativa hacia mi casa para no tener que cruzar el parque X ni atormentar con la ventana del edificio F.

El reloj marcó las diez de la noche, cuando en mi corazón algo se turbó. Sentí que todos mis sentidos se ensombrecieron y en mi mente, cualquier imagen que aparecía estaba inundada por aquella luz violácea. Me levanté y, aunque de regreso a casa traté de evadir el parque, allí estaba de nuevo, sentado en la banca observando la luz de la ventana.

¿Qué esperaba precisamente? Pasaron unos minutos cuando vi la misma sombra de la noche anterior, moviéndose lentamente por la sala y reflejándose en la ventana.  Así estuvo un largo rato hasta que, de repente, tuvo un movimiento extraño, como si fuera presa de un espasmo, pues después de aquel sobresalto la imagen se fue diluyendo hasta desaparecer. Miré el reloj del parque X y se había detenido. Eché a andar y cuando cruzaba el parque, de la ventana asomó un rostro –no era sombra–, que, mirándome, cerró la cortina lentamente. ¿Me habría visto?

Mientras caminaba hacia mi casa, me di cuenta que haber observado esa ventana, con esa luz y esa sombra, había sido un error. Pasé la recepción del edificio, subí las escaleras para llegar a mi apartamento, pero cuanto más me acercaba, sentía que mi corazón se detenía, ensombrecido. Llegué a mi puerta, forcé la cerradura –nunca la arreglé–, y crucé la cocina. Cuando llegué a la sala, vi a un hombre sentado en el sillón. Me acerqué lentamente por detrás y él comenzó a hablar:

Yo soy tú. Aún no me has visto, pero me reconocerás, porque verás en mí al hombre del periódico, a la sombra que hace poco se desvaneció y te verás a ti. ¿No comprendes? Has estado escribiendo una historia que estaba dentro de la misma historia, pero ahora tú estás adentro de esa historia; es más, tú eres la historia. Ahora debes matarme y escribir una falsa noticia para el periódico. No te apresures en comprenderlo, alguien leerá la historia fuera de la historia y se encontrará frente a sí mismo, sin más solución que matarse.

Miré la luz de la sala, recogí el periódico y, sin pensarlo, me detuve mirando al parque X y cerrando lentamente la cortina. Allí había una mujer mirándome.