No dormí esa noche y en la madrugada me dispuse a salir en busca de mi destino, a sabiendas que mi familia iba a estar muy bien, me monté en el único bus que transitaba por esos lares y llegué hasta la casa en mención…

 

Por: Gilberto Ortega Poveda

Caminando por la calle escucho una voz que me llama,

-¡Oye, amigo, ven hacia acá!, yo te digo algo ¡Tú que andas diciendo que ya no te gustaría vivir más, existe un multimillonario que patrocina juegos de la muerte y todos los que participan dejan a sus familias una buena cantidad de dinero; piénsalo, tú estás necesitado.

-¡No sé por qué piensa usted eso de mí! ¡Si no me conoce!

-Vamos amigo si ya te diagnosticaron muerte terminal y no te quedan sino unos pocos días de vida, solo piénsalo y me buscas que te hago participar en el juego, así podrás financiar el tratamiento de la enfermedad de tu hija.

-¿Y en qué consiste el juego?

-No sé, creo que está vez será algo relacionado con una ruleta, igual si te decides, te cuento todos los detalles.

Seguí mi marcha toda la tarde por el vecindario, observando la pobreza que le caracterizaba al barrio, ranchos en esterilla, basuras por doquier, perros y humanos escarbando en la basura, algunas personas y dentro de ellas niños cargando las tinajas de agua, otros consumiendo droga y perdidos en sus fantasías o alucinaciones, las prostitutas también menores de edad, ensayando en el mundo que le tocó pues no había mayores oportunidades, y Yo uno más que se hacía invisible ante el mirar de la gente, sosteniendo la tarjeta que me dio el desconocido y pensando en si llamar o no, pues el caballero sí tenía la razón en lo que me dijo, estaba al final de una enfermedad que me martirizaba con demasiados dolores corporales y estaba mi hija que me dolía mucho el verla postrada y que no pudiera disfrutar de su niñez.

Ya entrada la noche llegué a la casa y tomé la decisión de marcar el número del extraño… Salí y busqué un teléfono, disqué el número, el momento de espera se me hizo interminable y colgué, ya me sudaban las manos y me estremecía el frio de la noche, rinnnng de nuevo sonaba el teléfono y de repente escuché una voz tenebrosa al otro lado, sentí una voz de terror, que me decía bienvenido al juego de la muerte, la única condición es que los participantes deben de morir como lo diga la casilla en que le toque y serán ejecutados en el mismo instante por alguno de los mismos participantes; debe de estar mañana en la mañana en la casa de la quinta dimensión, la casa de la quinta dimensión es una que estaba en las afueras de la ciudad, muy reconocida por los malandros y sicarios, allí era donde realizaban todos su ritos antes de salir a ejecutar a alguien.

No dormí esa noche y en la madrugada me dispuse a salir en busca de mi destino, a sabiendas que mi familia iba a estar muy bien, me monté en el único bus que transitaba por esos lares y llegué hasta la casa en mención, golpeé la puerta y enseguida se abrió automáticamente con un chasquido demasiado ruidoso, a través de un altoparlante me invitaron a seguir, caminé por un pasillo largo y observaba habitaciones entreabiertas, y en algunas pude distinguir algunos cuerpos mutilados, otros amarrados y algunos encapuchados, pero nadie en movimiento. Siga y ubíquese en el cubículo número seis, decía una persona por el altoparlante, las jugadas pronto empezaran, continúe caminando y al final del pasillo una puerta marcada con el número seis, entré en ella y solo se veía a través de una puerta de vidrio, por la entreluz de la sala dispuesta se divisaban a las otras personas dispuestas frente a su nueva misión, matar a quien nos indique la jugada, todos mirábamos al centro y veíamos dispuestas las dos ruletas, marcada en cada casilla el tipo de muerte que nos tocaría a cada uno, tres jugadores y tres jugadoras, todos con una historia distinta y un destino que nos llevó a encontrarnos en este sitio, a conocer tu propio asesino.

Empezar el juego manifestó esa voz de terror… giró la ruleta, jugador número 5, muerte –quemado, ejecutor: jugador número 1–. De uno de los cubículos salió una dama, la cual reconocí y era una de las prostitutas del barrio, otra persona salió de otro cubículo y la roció con la gasolina que estaba puesta en la mesa accesoria, rápidamente le encendió fuego, se escucharon los gritos de desespero, se sentía el calor y el olor a carne quemada y en mi mente esas imágenes se me hacían parecidas a unas vistas en días pasados por la televisión.

Segunda jugada, jugador número 3, muerte –tiro en la cabeza, ejecutor: jugador número 2–, y la escena fue similar a la anterior, y se escuchó el estruendo de revólver y salpicaron sesos a todo su alrededor.

Tercera jugada, jugadora número 2, muerte degollada, ejecutor-: jugador número 1, y ante la mirada de los restantes impávido tomo el cuchillo y se lo clavo en la garganta, desplazándolo en toda su extensión, la sangre salió a borbotones y el cuerpo quedó tendido rápidamente en el piso.

Cuarta jugada, jugador número 4, muerte –decapitación, ejecutor jugador número 1–Jajajajajaja se escuchaba, las risas que emitía el más sanguinario de todo el barrio, un reconocido sicario que por cierto había matado a la mamá de mi hija. Muy rápidamente acomodó a una señora ya de edad y la colocó sobre el potro, halando la palanca que bajo la guillotina y solo quedó el tronco del cuerpo montado en él.

El momento que seguía era crucial y definitivo, la adrenalina fluía por mi cuerpo con desesperación, la ansiedad de saber que ya me tocaba mi turno de ejecutor o ejecutado eran indescriptibles, quinta jugada, jugador número 1, muerte ahogamiento, ejecutor:  jugador número 5–.

La sensación de saber que iba a matar al asesino de mi esposa  fue tan inmensa, y no correspondía ni a alegría ni satisfacción, solamente a justicia, y pronto salí del cubículo, tomé las cuerdas y amarré por completo a mi víctima, le puse las pesas y lo empujé al estanque, observé mientras caía y como se estremeció dentro del agua buscando el oxígeno que no iba a encontrar, chapaleó durante cerca de tres minutos que fueron eternos para mí, hasta que se fueron disminuyendo todos su movimientos. Ahora no sabía qué iba a pasar conmigo, pues no me anticipé a tal hecho. Entonces el desconocido apareció y me invitó a salir de la casa y dirigirme al otro lado de la ciudad en donde encontraría a mi hija, salí muy rápidamente de allí y me encontré con una mansión y una buena cantidad de dinero sobre alguna de las estanterías. Era allí donde iba a pasar el resto de mis días y donde tendría la compañía de mi hija mientras le realizan su tratamiento.