LA SELVA

yo pensaba que lo ayudaba, pero yo era la ayudada. me ayudaba a sentir algo. en ese entonces angustia. pero con el tiempo esa bola caliente en mi pecho se empezó a transformar en agonía.

  

escribe / alma ortiz-giraldo

aún recuerdo el sonido del río entrando tras las paredes. sigue revoloteando en torno a mi cabeza el aire denso que se adhiere mi a piel y la vuelve melaza. no es solo sudor. es una mezcla de frutas, insectos, agua de río seca y piel sancochada. por eso cada vez que iba a la cama sola o en compañía de él sentía como si las sábanas fuesen parte de mi cuerpo. yo era un pegamento andante.

al principio no lograba acostumbrarme. era hija de gente de la ciudad y entrar a la selva fue extraño. lo sentí como retornar a un vientre antiguo pero que sigue fresco a la espera de hijos que vuelven, aunque nacieron fuera. luego entendí que la molestia era innecesaria y me adapté a la rareza, al ulular de los árboles más altos que las montañas.

tenía 25 años cuando me fui a la selva. me fui porque él me lo pidió. nunca había ido ni al río más cercano porque temía a las crecidas. un primo murió en una de esas avalanchas que arrasan con todo. me fui por gusto, porque las piernas me pedían irme para allá.

antes de eso, estudié en un colegio normal de florencia. siempre fui más blanca que los demás. eso causaba que me coquetearan más pero con recelo, como si yo fuese un tigre de bengala al que temer. nunca tuve alguna relación. mis amigas eran mi abuela y mi tía. no tuve novio hasta él. pero eso lo recordaré luego.

no era amiguera pero sí muy observadora. me gustaba coleccionar plumas, llegué a tener cientos. no tenía interés en identificar las especies, solo me gustaba guardarlas en un frasco muy grande y sacar de vez en cuando una para olerla e imaginar a un ave inmensa e inexacta que volaba alto. fantaseaba con ser yo esa ave.

era católica. creía en la virgen. yo pensaba que su silencio era su virtud. así que a los 17, cuando me gradué de la normal, creí que no debía hablar más sino era para edificar o alabar al señor. leí la biblia con placer. mi mamá celebraba eso; mi tía sentía extrañeza o eso me contó ya vieja. papá nunca opinaba porque no estaba. él trabajaba en las caucheras del amazonas. crecí imaginando a papá. pero él solo fue un dinero que llegaba a casa cada 2 del mes y que alcanzaba para una vida holgada.

a los 18 ese dinero dejó de llegar. en su lugar, me entregaron una carta donde, en líneas generales, me contaba que debía valerme por mí misma. me explicaba que la casa donde mamá, mi tía y yo vivíamos era ahora mía; también que cuando él muriera heredaría sus acciones en las caucheras. mamá no se refería de ninguna manera a papá. alguna vez mencionó que era un gran hombre pero que había cometido un pecado imperdonable. nunca supe cuál.

con esa carta mi vida cambió. la de todas. ellas solo sabían bordar, cocinar y lavar. yo solo tenía mis estudios de normalista. no quería ser profesora, pero me obligaron las circunstancias. me presenté a un colegio de jesuitas, aunque me parecían libertinos. di clases de todo tipo. incluso de matemáticas. fui muy diestra en religión y en letras; también en caligrafía. no me gustaba, pero lo hacía por nosotras. lo hice por más de seis años sin interrupción. hasta que él apareció.

es momento de recordarlo. de recordar su cuerpo metido dentro de un pantalón sucio y muy ajustado, de rememorar su sonrisa agitada, como traída de una pesadilla. es momento de decir que cuando lo vi por primera vez sentí piedad cristiana, que es de las peores formas de sentir piedad porque una cree que debe tratar de hacer algo por esa persona. lo conocí una tarde en la plaza central de florencia. allí nos reuníamos el grupo de adultos a los que los sábados les daba clases de letras. él llegó tarde y por eso me fijé en él. me fijé en que no traía correa y que se había peinado a la carrera. no saludó. no dijo nada en toda la clase. no dijo nada cuando se acabó.

cuando pienso en ese momento, el recuerdo se inunda con un agua turbia, muy rápida. por eso para mí él huele a hojas secas y también a picaduras. aún lo hace. recuerdo todo con claridad y esa es la razón por la que estoy narrándome esta historia. porque ahora tengo 65 años y él 70 y nuestro hijo 20. pero voy muy rápido, como el río, como el tiempo.

desde ese sábado empecé a sentir entusiasmo por las clases. creía que podría ayudar en algo. yo estaba cerca a cumplir 25 años, pero no presentía que la selva estaría enroscada en ese número. ese algo en lo que creía ayudar era en la educación de él y parecía estar ganando terreno. ya sabía escribir sus apellidos y leer los míos. me llamaba por mi nombre y no profesora o señorita, como los demás. pensaba que él era mucho más mayor yo. hasta que les enseñé los números y les puse a escribir su edad y él dibujó un claro 30. él tenía casi mi edad.

yo pensaba que lo ayudaba, pero yo era la ayudada. me ayudaba a sentir algo. en ese entonces angustia. pero con el tiempo esa bola caliente en mi pecho se empezó a transformar en agonía. una agonía placentera que al sexto mes de clases me revolcó y me depositó en una cafetería junto a él. los dos callando, mirando las mazorcas tostarse en los fogones. los dos espantando moscas y bebiendo gaseosas. no me sentía “enamorada” como decía mi prima que debía estar. ni tampoco me quería casar como decía mi tía que debía hacer. simplemente estaba agonizante, como una cometa sometida al viento. pero no por él. él no causaba eso en mí. yo era la que me transformaba en esa sensación de caída.

acepté varios cafés sin charla. en la quinta ocasión traté de poner conversación, pero solo le logré sacar tres sís y dos nos. yo dije varias veces mío y cansada. al séptimo café me llevó un papel. al octavo respondí sí. no hubo noveno porque un día antes nos fuimos juntos. el era para aceptar que nos refundiéramos en ese vientre verde y mojado. yo me llevé un par de vestidos de flores y unas sandalias. él no llevó maleta. también empaqué dos plumas de mi colección.

en la selva descubrí, entre silencios y la pasmosa calma de las hojas, que él antes era un raspador de coca. también me enteré que era huérfano y que creció dando tumbos en casas de sus familiares hasta que se fue solo a los 13 años con un señor que le ofreció trabajo. me contó con tranquilidad su vida de abusos. y entendí por qué su mirada estaba cerrada y por qué yo agonizaba desde que lo vi. me di cuenta que esta selva sería mi hogar por mucho tiempo. lo acepté y disfruté cuanto pude.

mientras yo esta en esa casa improvisada, en la mitad de la selva del caquetá, él cazaba y conducía un bote donde transportaba comida y gasolina del río ortegaza hasta el caquetá. los nombres no importan, pero él era tan insistente con esos dos que los tengo calcados en las paredes del cráneo.

en ese vaivén, dejaba un rastro tras de sí. yo oía el motor del bote como quien observa un cicatriz. miraba mis uñas sucias y los vellos crecidos de mis piernas. miraba cada noche su cuerpo desnudo y sudoroso. observaba mi mundo nuevo con placer. comprendía que sentirse pegachenta era una forma de relacionarme con la selva. cada vez que él se iba yo sacaba las plumas, las olía y recordaba mi casa en florencia. parecía una época lejana, incluso impropia.

ahora yo era una mujer de la selva. una especie de buen salvaje y con el tiempo dejé de pensar en dios y en la virgen. empecé a explorar el traqueteo de la lluvia sobre el techo. en las noches de tormenta en las que él no estaba yo me quedaba oyendo las gotas y creía distinguir la voz de él en cada golpe. el río murmuraba cosas. al inicio la cordura necia de la ciudad me hacía creer que me estaba enloqueciendo por no hablar con nadie diferente a él. pero a medida que entendía el leguaje de la humedad de los frutos y del choque de las rocas del río, comprendía que la selva se comunicaba conmigo y lo agradecí.

alguna vez él tardó más de la cuenta en regresar. yo tenía mucho calor y me desnudé. no llegaba y en la oscuridad, sin vela ni luna, busqué las plumas y empecé a rodear mis senos con ellas. mi piel estaba muy mojada, pero sentía la punta de esas plumas erizar mis vellos. acaricié con las plumas mis piernas y también los labios de mi vagina, que se contraía, lento, al ritmo el río que se desprendía entre los árboles, lleno de animales verdes y pardos. la casa estaba invadida de ruidos, de conversaciones de la selva. en algún instante sentí que la piel se despegaba y una inmensa sensación de placer me carcomió. dormí tranquila y desperté con el ruido del bote.

cuando él se bajó del ese planchón, tenía una mirada distante. yo no sabía ya cuánto tiempo había pasado desde que habíamos llegado. yo tenía el cabello más largo y la piel más morena. por lo demás, era la misma. en su mirada reconocí el pánico. con un simple “nos vamos” entendí que así debía ser.  empaqué lo que traje. o sea, mis dos plumas. me puse uno de los dos vestidos de flores.

en el bote vi el cadáver de una gran serpiente tan verde como el río que ahora se deslizaba bajo nuestros pies. en el camino recogimos gente desconocida. entre ellos niños y mujeres golpeadas; también algunos indígenas. murmuraban cosas. yo sólo observaba, como cuando estaba en la normal. hablaban de guerrilleros. de amenazas y de guerra. yo no sabía que estaba pasando. nunca lo supe muy bien.

horas o días después, luego de recorrer todo el río hasta un puerto, llegamos a un pueblo. yo sentía que me habían arrancado del vientre de mi mamá. un parto consciente y doloroso. él no explicó mucho. sacó el cadáver de la serpiente y lo vendió en una caseta. solo nos devolvieron la piel. mi hijo aún se maravilla con ella. salimos de ese lugar con algo de dinero y él me llevó a una estancia pequeña. con mucho calor y sin nada más que el aroma a tierra y río y serpiente entre las manos.

muchos años me duró esa sensación de parto hasta que yo fui quien parió. el parto fue ese hijo que ahora me mira desde la foto que tenemos en la sala. la mirada de mi hijo es como la de él, pero más abierta, menos intranquila. sé que han pasado más de 40 años desde eso y creo que no comprendo muy bien por qué ahora me estoy contando esta historia. pero sí sé que la selva conserva una parte de mí, una que habla con el tronco de los árboles y que oye el cántico antiguo y de mandíbula desgonzada del río grande y turbio.