Serrat y su música llenaban los rincones de La Casa. Saboteado por los compases 2×4 del acordeón milonguero de Marulanda. “La maquinita” había dejado un ambiente exaltado en la soñata.

 

Por: Carlos Alberto Villegas Uribe*

Tamiela, extraña palabra. La más hermosa. Según Lezama Lima. Paradiso la celebra. Comenta Umberto Senegal. Vampirólogo y licantrófilo. Promueve la minificción. Tamiela, mortal inmortal. También muy bella. Iluminaba la soñata. Pijamada de vampiros. Tamiela los miró. Krampus, el austrobávaro. Kuuyketsuki, el japonés. Shelley, la madre. Stocker, el padre. En la pijamada. Escuchaban la música. Serrat sonaba allí. Con su maquinita. “Aquí hemos venido. Porque hemos lleegado. Los dos por…”. Sabina sonaba también. Hotel dulce hotel. Y música Klezmer. Demasiado el volumen. Aunque pareciera imposible. El escándalo aumentó. “Vade in retro”. Llegó Osorio Montoya. Un escritor coprolálico. Lo definió Senegal. Libaniel tocaba acordeón. Parecía otro vampiro. Estiraba el fuelle. Tango: La cumparsita. Confusión de ritmos. Y de emociones. Los vampiro aullaban. Vociferaban y bailaban. Tomaban vino rojo. Espeso vino rojo. Propalaban una noticia. Sonatas para vampiros. Ya estaba editado. Algunos pronosticaban tragedias. Sucedía en Calarcá. En La Casa. Biblioteca y tertuliadero. regentado por Nodier. Otro escritor calarqueño. Sobre el pamdemonium. Un sentimiento de zozobra. Y muchos rumores. Prologa Violeta Rojo. ¿La venezolana minicuentista? ¿Teórica en minificción?. Sí, la misma. No, fue Villegasuribe. Es su prólogo. Que no, Violeta. Que no, Villegasuribe. La incertidumbre crecía. El ruido también. Y el suspenso. ¿Cuándo, finalmente, llegaría?. Todos queríamos verlo. Finalmente alguien grito: Llegó, llegó.

Krampus salió corriendo, llegó primero. Y detrás todos los asistentes. Se detuvieron música y comentarios. Y hubo un silencio aterrador. Nataly avanzaba por el zaguán. Detrás de ella, un hombre. Entre los brazos una caja. Muy pesada según la sudoración. Y los gestos del rostro. Krampus lo asustó, sin duda. Se notó en los ojos. Y en la pregunta quebrada:

-Por favor, ¿dónde la pongo?

Krampus sonrió malicioso: “Póngala allá”. Le señalo una mesa lejana.

Nataly entendió la malintencionada respuesta. Miró rayado

al ladino Krampus. E intervino con gran firmeza:

– No, déjela allí, por favor-. Le señaló una mesa cercana.

Un sonido gutural de Kramplus. Y se alejó visiblemente molesto.

Nataly había aprendido a manejarlos.  El libro le permitió conocerlos. Conocer sus historias y personalidades. Ahora no la asustaban. Ni por sus falaces apariencias. Menos aún por sus múltiples complejidades. Krampus era un mito popular. Pensado para asustar niños díscolos. Mitad cabra y mitad demonio. En realidad, un viejo cascarrabias.

Los asistentes rodearon la mesa. Y Serrat sonó de nuevo. “Peró sol s’ avorría molt”. Nataly recibió una copa llena. Probó aquel pastoso líquido rojo. La sorprendieron los sabores metálicos. Volvió a contemplar el contenido. Aquel líquido no era vino. Entonces Nataly sonrió con sorpresa. ¡Ah, horrorosas travesuras de vampiros!

Suramericano, así lo conocían entre los vampiros. Al xenófobo Krampus le molestaban sus facciones. A Stocker le fastidiaba su condición bastarda. Se aseguraba que era hijo de Quiroga. Suramericano también estaba celebrando en La Casa. Esperaba ansioso como todos “Sonataspara vampiros”. Testimonió el pulso entre Krampus y Nataly.  Krampus le propinó un manotazo mientras salía. Lo tiró al piso de La Casa. Suramericano sintió una explosión en su rostro. Algunos de los asistentes presenciaron el atropello. Y se apresuraron a ayudar a Suramericano. “Los zopilotes estaban sobre los muertos volando”. Patiño le limpió la sangre del rostro. José Nodier Solórzano lo ayudó a incorporarse.  “Al recordar tanto muerto nos retiramos llorando”.

-Maldito Krampus, a la mierda, gritaba Suramericano. Pero sus chillidos ya no lo alcanzaban. “La máquina seguía pita… pita… y caminando”.

Nathaly le pasó un vaso de agua. Suramericano lo aceptó, lo bebió y agradeció.

-Deberíamos colgar al montañero alpino, susurró Suramericano. Había dolor y resentimiento en cada palabra. Eran expresiones mezcladas con sus propia sangre. Tenían el metálico sabor de la venganza. “La máquina seguía pita…pita… y caminando. Suramericano bebió el último sorbo de

agua. Miró a todos los lados para buscarlo. Krampus ya no estaba en la Casa.  “La máquina seguía pita… pita… y caminando”.

Serrat y su música llenaban los rincones de La Casa. Saboteado por los compases 2×4 del acordeón milonguero de Marulanda. “La maquinita” había dejado un ambiente exaltado en la soñata. “El cocinero le sirvió al instante los hígados de un (…)” “Historias de vampiros” habría de incrementar al extremo ese surrealismo. “Era un vampiro que apenas si sorbía agua al mediodía”. Ebrios de música los vampiros se acumularon en la barra. Repetían los versos de la canción y gritaban: cata, catala, cronopios, cronopios. Alguno de ellos gritó: catala, catala, cronopios, cronopios, esfamopio, esfamopio. Los vampiros giraron sus cabezas y gritaron al unísono: ¿Esfamopio? El atrevido vampiro quería que la tierra se lo tragara. “Era la vergüenza de los otros vampiros y las vampiresas”. Entre silbidos y zambapalos trató de explicarles qué significaba esfamopio. Era, les dijo, un híbrido de esperanzas, famas y cronopios.

– Hereje. -Apostrofó Bram Stoker anacrónico y pretendido conocedor de Cortázar.

-Buuuuuuuúúú, volvieron a gritar al unísono los vampiros imitando a los fantasmas. “Era la vergüenza de los otros vampiros y de las vampiresas”.

Trágame tierra, trágame tierra. Trågame tierra, trágame tierra, trágame tierra. Rogaba para sus adentros  mientras se comía las últimas uñas. Viéndolo tan acoquinado los vampiros explotaron en cascadas de risas. Desde aquella noche al vampiro lo llamaron “Esfamopio el atrevido”.

*Ph.D. en Lengua, Literatura y Medios. Universidad Complutense de Madrid. Estudios de Maestría en Escritura Creativa. Texas University El Paso.