Fue esa tarde, donde el sol ardió como una flama, en la que en un canasto hecho de paja, de la paja más fina jamás encontrada en aquel mundo anchuroso, Rodrigo se dio a la tarea de encontrar una serpiente venenosa.

Por Álex Noreña
¿Cómo decir las cosas que suceden en esta tierra extraña?
¿De qué manera podré hablar de lo extraordinario en un mundo donde todo lo es?
Estas son las preguntas que me hago estando aquí, en este otro mundo, donde lo extraordinario está soportado en la noticia roja…
Mas las cosas del otro mundo no parecen ser tan distintas en cuanto a los sentidos humanos puedo referir.
Sucedió una tarde. Estando don Rodrigo Patiño harto de su mujer, ya por la pena que impone el cuerpo desgastado en el altar del placer, ya por el fracaso que suponen los amores furtivos, ya por el volcán que siempre estalla en la misma llanura, ya por el silencio del choque de los labios, ya por la ausencia de los guiños sensuales del alma al cuerpo y del cuerpo al alma.
Entonces, quiso deshacerse de su mujer para siempre…
Habían pasado cientos de lunas. Ante la evidencia del imposible, la naturaleza –la del hombre y la natural– consentían la forma.
Fue esa tarde, donde el sol ardió como una flama, en la que en un canasto hecho de paja, de la paja más fina jamás encontrada en aquel mundo anchuroso, Rodrigo se dio a la tarea de encontrar una serpiente venenosa. Y habiéndola metido y tapado en el canasto, se dispuso a dejarla en el lugar más desprevenido, de manera que su mujer advirtiera la presencia y motivada por la curiosidad, se aventurara a descubrir la sorpresa.
Así fue que las huesudas manos de la mujer, en ese día que ya era noche, hurgaron al interior del recipiente. No hubo espacio, y aún menos tiempo, para advertir sobre la presencia de aquella víbora. En cambio, hubo una queja leve, que apenas si parecía el piquete de un zancudo.
En un instante, que iba del segundo al minuto: el cuerpo de la mujer se fue alargando, sus pies y manos se encogieron hasta desaparecer, la piel se llenó de escamas. Ella, entonces, se convirtió en serpiente, se arrastró hacia la espesa selva hasta desaparecer.
Él la dio por muerta. No obstante, su angustia enfrentaba la desaparición del cuerpo. Por días se buscó el rastro; fueron semanas, luego meses, y aún el misterio resonaba en la cabeza del hombre…
Pasado un año, finalmente, Rodrigo pudo sentenciar tranquilidad en su corazón; eran las noches un barco silencioso que atravesaba el sueño.
Pese a esto, hubo una noche que estando Rodrigo dormido en su cuarto, una serpiente entró sigilosamente en su casa, atravesó el silencio y la bruma hasta llegar al lecho.
La víbora alargó su cuerpo hasta alcanzar al hombre, se arrastró en medio de las cobijas y se entreveraron las dos carnes, todo lo demás fue tan sensual, que no cabe expresión alguna para referirlo.
Entre tanto, Rodrigo soñaba con un amor de cajón, de aquellos que son como un pequeño aguijón que hieren hasta la muerte, pero llenan todo un instante.
El sueño fue agua turbia.
Avanzó la noche y con ella llegó el día.
Rodrigo despertó convertido en serpiente.


