Hablaba y callaba, quizá, su voz había levantado también un registro mal cerrado en las sentinas de su memoria.

 

Por / Camilo Villegas

Entró a una de esas aplicaciones para conocer chicas y tuvo un “match” con una caleña, intercambiaron números y hablaron por teléfono. Hola, ¿cómo estás?, bien, todo bien, respondió ella. Hablaron de literatura y cuando terminaron, él colgó lleno de fuertes latidos: la voz había abierto en su memoria sentimental una grieta por la que empezó a salir un fuerte vapor de suspiros.

Hablar se convertiría en algo habitual, hablaban todos los días, y cuando hablaban, él permanecía generalmente en silencio, absorbiendo con los sentidos la atmósfera del espacio lejano. Se oía de todo y la chica seguía hablando.

Imaginó que vivía en un mundo similar al suyo y lo identificó sin dificultades. Hablaba y callaba, quizá, su voz había levantado también un registro mal cerrado en las sentinas de su memoria. La imaginaba bailando y haciendo posturas de Yoga. Durante años había soñado que se encontraban en Cali, y ahora, en lugar de sus cuerpos, se cruzaban sus voces, pero la de ella tenía la densidad de un cuerpo. Hey, ¿estás ahí?, y él paladeó ese estás ahí con las membranas del oído, igual que en otro tiempo había saboreado sus muslos con los dedos. Era un estás ahí mojado por la excitación.

Una mañana, mientras trabajaba, concluyó que también ella era como él, corría, escribía y leía: tenía la voz de los que se refugian dentro de una novela y esa misma noche, mientras hablaban, le preguntó: ¿Tú y yo por qué hablamos tanto? No lo sé, pero cuando algo me gusta, me cuesta dejarlo, tras un titubeo; ¿No quieres que hablemos más? Preguntó ella, no es eso, dijo él. Simplemente me gustaría verte y hablar contigo en persona… y al final la mujer añadió: estoy cansada, tengo sueño.

Después de aquello no supo continuar. Ella, tampoco, así que el asunto quedó en veremos y colgaron sin decirse nada, lo que acabó de delatarlos.

Intentó llamar de nuevo, pero sus dedos no se atrevieron. Se habían cruzado, pero después de unos instantes prefirieron simular que no se conocían. Él reprimió un suspiro y, ahora sí, desinstaló Tinder del celular.

@CamiloV74732402