Sus pies no tocaban el suelo, una aguda curvatura en sus rodillas formaban un abstracto corazón en la silla, que plegada, corría a un lado los pasajeros apilados a un costado de la puerta. 

 

Por / Melissa Vélez Arias

El metro llevaba su marcha habitual y el recorrido del vagón sobre la ciudad creaba imágenes cinematográficas que pasan fugaces de uno a otro marco de las ventanas. Él, desde su altura solo podía ver el cielo, las montañas que rodeaban el valle y las puntas de alguna que otra iglesia o edificio moderno. Su madre sostenía con una mano la silla de ruedas eléctrica, que por fin les había dado el Seguro, y con la otra el celular que le servía de excusa para esquivar las miradas curiosas que, sin disimulo, trataban de averiguar la condición de ese ser extraño y abstraído que miraba hacia afuera.

Sus pies no tocaban el suelo, una aguda curvatura en sus rodillas formaban un abstracto corazón en la silla, que plegada, corría a un lado los pasajeros apilados a un costado de la puerta.  Tenía la cara de un joven de doce años y ese brillo característico en los ojos de un niño de 5. Con las manos hacía un movimiento particular con el que batía de vez en cuando el aire, como queriendo atrapar moscas, y su boca entrecerrada dejaba asomar una lengua el doble de lo normal para alguien de su edad.

“Má, amá”, dijo súbitamente, desplazándose con dificultad a un costado de la silla y tratando, sin conseguirlo, de mirar a su madre. “Si yo me muero má, si yo muero, quiero que me corten los brazos y las piernas”. Un silencio inundó el vagón, como si aquella fuera la petición de un alma que creía haberlo perdido todo. “Má”. “Shh”, dijo con desespero su madre sin dejar de mirar su celular, mientras el grupo de personas que los rodeaba parecían fingir no estar ahí. “Madre, escúcheme, escúcheme, esto es un deseo y quiero que se cumpla”. Hablaba cada vez más fuerte. “Si yo me muero córtenme las piernas y las manos, quiero estar calvo, completamente calvo. ¿Oyó ma? No quiero tener nada de pelo y quiero que mi cuerpo lo metan en una bolsa negra”.

La mujer, con una expresión contrariada, parecía ocultar una profunda tristeza. Apartó la mirada de la pantalla y buscó los ojos de su hijo. “Yo no voy hacer eso, porque tú no te vas a morir”. Las ruedas dejaron de estar en marcha, el vagón arribó en la estación. La mujer enderezó la silla, dio dos pasos hacia atrás y salió. Las puertas se cerraron y continuó la marcha. Las personas que quedaron en el vagón miraban alejarse la silla, y con ella el chico, creyendo que ese, quizá, sería su último viaje en metro.