Así que al no escuchar un mínimo murmullo, él decide hacerse tras ella, tomar su silla de ruedas, la de ella, y llevársela a otro lugar.

 

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Texto por:  Carolina Martínez

Ilustraciones: Conrado Barrera

Entre el bullicio, carros, perros y las bruscas luces que abrigaban a la multitud en un bohemio café del centro de la ciudad de Buenos Aires, al compás de la música de Joaquín Sabina y sus crueles letras, ella miraba su cigarrillo como queriendo descubrir, cual gitana, ese futuro incierto que le aguardaba.

 

Entre tragos amargos el humo de sus cenizas, que ante ella iban cayendo, se mezclaba el raro olor de las flores que adornaban aquel lugar, produciendo en ella la misma sensación de angustia, nostalgia y tristeza, que su alma sin razón alguna, venia experimentando desde tiempo atrás.

 

Sola como todos los días en la misma mesa, ahogando su cruel historia y mirando hacia aquellas puertas coloniales de las viejas casonas bonaerenses, como si llevara miles de años en este lugar, viendo pasar las sombras de todos aquellos que no saben a dónde van; ella fija su mirada esperando que él regrese, y se siente a su lado, haciéndole soñar cosas de las cuales quizás nunca se pueda olvidar.

 

Su belleza es extraña, su color es como el del ocaso a punto de caer, sus ojos reflejan el alma de una mujer amante de la libertad, su figura es esbelta y en sus manos se pueden ver arduos años de incesante lucha por amar.

 

Luis un viejo amigo que conoció en uno de sus rutinarios días en el café, toma asiento junto a ella y la saluda como quien invita a alguien a vivir:

 

—Hola Carolina ¿cómo estas?

—Hola Luis ¿en qué te puedo ayudar?

 

Luis un poco acostumbrado a la actitud de esta extraña mujer le dice dulcemente:

 

-Caro ¿deseas tomar algo?

 

A lo que Carolina en tono seco y con su mirada fija en la ceniza le contesta:

 

—Un café esta bien, gracias.

 

Luis descubre que esta mujer necesita alguien con quien hablar, pero lo que no logra es hacerla pronunciar una sola palabra, como si ocultara la desdicha más grande del mundo entero.

 

—¿Cómo has estado? ¿Cómo anda tu vida?

—Viva supongo–. Una respuesta algo tajante y distante para la situación.

 

Un instante de silencio absorbe totalmente la conversación y Luis lo único que espera es que pronto llegue el café, beberlo y sacar cualquier excusa para retirarse de tan extraña velada. Mientras tanto, Carolina para sus adentros es consciente de que su amigo está aburrido y que en el momento menos pensado se levantara y la dejará sola, como lo ha estado toda su vida. No hace absolutamente nada, solo reacciona con un suspiro y le pregunta:

 

—¿Qué opinas de la flores de este lugar?

 

Luis un tanto extrañado por la pregunta, pero en el fondo acostumbrado, le dice:

 

—Las flores son bellas cuando están vivas, pero duran muy poco, y la tristeza de su ausencia se refleja en su olor, es un olor que me da miedo, ¿pero sabes?… me ponen a pensar; es por eso que quizás vengo a este lugar.

 

Carolina, con una leve sonrisa en su cara, abre su boca como para pronunciar algo y en ese preciso momento, llega el café y, junto con él, se traga sus palabras.

 

—Gracias– responden ambos al unísono.

—Por ti –dice Luis

—por mi –le contesta Carolina.

 

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Luis miraba el reloj como quien tuviera prisa, pero no quería dejar a esta mujer sumergirse más en su raro mundo. Él es un hombre de palabras y detesta de sobremanera los silencios absurdos en medio de conversaciones y, aunque Carolina era de alguna manera diferente, por lo poco que la conoce toma el último trago de café y decide marcharse, pues en el fondo sabe que ella quiere estar sola.

 

—Adiós Carolina, me gustaría acompañarte, pero tengo cosas que hacer –típica respuesta de alguien que busca irse sin que le pidan explicaciones.

 

Carolina enciende un nuevo cigarrillo y prescindiendo la ausencia de su amigo segundos atrás, mira la ceniza y se frustra una  vez más al no poder ver en ella aquello que le aguardaba en este bohemio lugar, su incierto destino.

 

—Adiós Luis, gracias una vez  más por tu compañía.

 

Soltando el humo de su boca en un largo suspiro, toma su último trago y decide marcharse a la misma hora de todos los días, esperando que llegue mañana para regresar con su soledad.

 

Este rutinario proceso se repitió, días, semanas, incluso meses, si no fueron años; el caso es que un día sucedió lo inesperado. Carolina en su mesa, clavando su mirada en las flores secas de aquel café, intentaba entretenerse un poco botando el humo en medio de ellas, disfrazando cual niebla la triste historia de estas flores que  tal vez no era muy diferente a la suya, pero en vez de despejar su mente, trajo a su alma tantos recuerdos, que solo una lágrima, la más preciada lágrima del universo, rodó por sus mejillas, muriendo en su roja boca. Es aquí cuando un hombre muy extraño, atraviesa las puertas del lugar, se detiene un instante, respira, mira las flores secas y en su rostro se reflejan todos esos años de profundo y absurdo silencio que con nostalgia se han ahogado en su corazón.

 

—¿Carolina? ¿Carolina, eres tu es verdad?

 

Esa voz retumba en su mente, en la de ella, su corazón se agita tanto que sus manos empiezan a sudar y su respiración se escucha tan fuerte, que lo único que su mente repite una y otra vez en su interior es esa pregunta que juro no hacerse cuando él regresara, pues simplemente sería una falta gravísima, si ella no la recordara, su voz, la de él… pero esto quedó en el pasado y lo único que pasaba por la cabeza de Carolina era:

 

—¿Será él?…¿Será él? no, no, no puede ser… tranquilízate… calma, calma, ¡Carolina no es él!

 

Él una vez más insiste:

 

—¿Carolina, eres tú? vamos dime algo, ¡soy yo!…

 

Así que al no escuchar un mínimo murmullo, él decide hacerse tras ella, tomar su silla de ruedas, la de ella, y llevársela a otro lugar.

 

El caso es que de esta extraña mujer y de aquel hombre que le arrebato el alma a este sitio, no hemos vuelto a saber nada; aquí todo sigue igual, lo único raro es que semanalmente nos llega un ramo de flores frescas, dándole un aire de vida a este bohemio y pequeño mundo bonaerense, que tras el humo trata de olvidar las historias de los que no saben a dónde van.