“En esta orilla del mundo lo que no es presa es baldío

Creo que he visto una luz al otro lado del río…

Oigo una voz que me llama casi un suspiro

Rema, rema, rema,

Rema, rema, rema…”

Al otro lado del río. Jorge Drexler

 

Por: José D. Pacheco Martínez

I

Julio Mendoza tiene siete años y ayer vio las luces al otro lado del río. Primero se escuchó el zumbido de algo similar a los pequeños tubos cilíndricos que estallan en los pies y me han dado siempre la impresión que persiguen a los asistentes a algunos eventos de las fiestas patronales. Persiguen a los que pasan ciertos límites, solía decir mi abuelo. Aunque no hacen daño, cada buscapié estallado a manera de sanción, hace año a año mella en el futuro honor de un adolescente despistado y altivo. Luego, el estruendo que atraviesa los ocho kilómetros del cauce marrón y violento del Río Grande, haciendo del bramido de sus aguas un susurro incipiente en las noches frías de luna llena y lluvias inclementes de noviembre. Por último, la luz. Parece, extrañamente salir de abajo hacia arriba, irradiando la energía desbordante que se derrocha en las fiestas patronales.

A decir verdad, todas estas ideas empezaban a surgir con violencia; su opinión sobre la razón de ser de aquellas hermosas luces, cambiaba repentinamente y esos cambios, esas ideas se iban atropellando unos a otras en su cabeza como queriendo asumir la responsabilidad de sustentar el motivo de tales luces, pero contrario a eso, solo lo confundían más y más. Aquella carrera de obstáculos y trampas que se desarrollaba en su cabeza, a la que acudían sus propias ideas con la intención de vencer y primar, empezaba a evidenciarse en su rostro, incluso en las conversaciones más triviales de infantes en el colegio.

Javier, su compañero de pupitre, sin darle chance a hablar, empezó a contar como anoche, mientras regresaba a su casa por la calle del río, había visto el gran fuego. Una llamarada gigante producto de alguna venganza de clanes, bastante comunes en aquellas enmontadas tierras, donde el machete y el queroseno se imponen. La justicia no pudo dirimir una disputa, tal vez de tierras y, entonces, uno de los polemistas se adelantó e incendió la parcela de su rival.

Para llegar a tal conclusión, Javier evocó el reciente conflicto entre los González y los Martínez, el día en que Rafael, el menor de la segunda familia, sacó por la noche de su casa a María de los Ángeles, la tercera hija de la primera familia quien, según la antigua usanza y disposición de su padre, estudiaría en la universidad, razón por la cual formalizar un hogar y una relación estaba lejos de sus planes y de las ideas de su familia. La única solución al asunto fue rozar con el volátil líquido la propiedad de los Martínez. En aquella oportunidad no hubo espacio al error, el gran fuego se trataba de un ajuste de cuentas. A todas luces se notaba, por la claridad de sus conclusiones y argumentos, que en la cabeza de Javier no había ideas tratando de ganar una carrera contra la razón.

Para Julio la situación se fue tornando cada día más confusa, puesto que las luces seguían apareciendo noche a noche al otro lado del río. Aunque el suceso nocturno era extraño por lo prolongado en el tiempo, los adultos del pueblo parecían ignorarlo.

En las calles el tema se omitía: los hombres, en su mayoría agricultores y pescadores, anclaron sus canoas en la orilla, suspendieron la navegación por el río y se dedicaron al arreglo de las atarrayas y trasmallos. Desde el alba hasta el ocaso, los grupos de pescadores se veían girando como cardúmenes alrededor de sus instrumentos de pesca. La nerviosa actitud de todos esos señores empezaba a inquietar a Julio y la forzada jocosidad que trataban de imprimir a sus respuestas no hacía más que ahondar la gravedad del asunto que suponía ocurría al otro lado del río y había sumergido a la gente del pueblo en una angustiante parálisis.

Una semana después, Javier aceptó que al otro lado del río estaban de fiesta agregando que, seguramente, por la prosperidad infinita de la agricultura y la cercanía con la carretera celebraban una fiesta en honor a todos los santos del calendario. Aunque podría tener razón, a Julio no le interesó en absoluto tal idea, puesto que en su cabeza aquella conjetura había sido eliminada de la carrera mental que aún no terminaba.

Ahí está Julio Mendoza, con muchos menos años de los siete que hoy tiene agarrado a la mano de su padre que sostiene un machete, en un espacio que supone es al otro lado del río, señalando con su pequeño dedo índice un grande y rojo marañón que engreído, como una modelo de calendario, exhibe su gris semilla. A la cabeza de Julio se viene el olor de la semilla asándose en las candentes brasas de la hornilla de su abuela a la hora del almuerzo.

Recuerda también el sabor del fruto asado y también lo rojo y jugoso del marañón, pero no tiene claro si todo eso es un suceso real o un sueño producto de sus complicadas reflexiones sobre el origen de las luces al otro lado del río. En el pueblo tenían que decirle a Julio Mendoza que todas las ideas directas o indirectas resultado de las luces al otro lado del río y la anormal permanencia de estas en el tiempo no era asunto de un niño de siete años, pero, definitivamente, nadie en el pueblo quería ni podía asumir tal riesgo.

Hubo un momento de distracción en su cabeza y no pudo más que pensar en las canoas que regresaban del otro lado del río, repletas unas de yuca, otras de batata, algunas de patilla, pero las que más atracaban en el puerto eran canoas de pescadores. Se imaginaba a su abuelo abriendo una gran atarraya en el caño Blas Anillo. Esa vez lo vio más joven de lo que es hoy y estaba en compañía de su tío Raúl. Le pareció un poco extraño ver a su tío en esa escena, puesto que este era vegetariano desde antes, mucho antes de su nacimiento, es decir, no habría motivos para que lo recordara pescando con su abuelo; sin embargo, a pesar de ese error evidente en los personajes de aquel suceso, si acurre u ocurrió, su mente descansó y rehusó a la acostumbrada búsqueda de la verdad.

Incluso para el maleable Javier, la otra orilla estaba asociada siempre a la prosperidad y la subsistencia de un pueblo de agricultores que vive a expensas de la violencia de un río turbio y vengativo que arrasa cíclicamente todo lo que encuentra a su paso como tributo a la fertilidad de las tierras que mantienen viva a la población y permiten celebrar con lujo de detalles las fiestas patronales año a año.

II

La primera vez que la vio, Jairo Jiménez supo que la luz al otro lado del río lo llamaba, por eso, un día lluvioso de noviembre, a las cuatro de la mañana se entregó a lancha del Ejército Nacional que estaba reclutando en ese entonces a jóvenes para estrenar la nueva figura de Soldados Campesinos. Su papá, dueño de una parcela en la otra orilla y en la que, desde siempre sembró yuca, estaba siendo obligado a entregar una parte de su producción a personajes indeterminados que aparecieron de un momento a otro con grandes armas, municiones y una agresividad desmedida, comparable apenas con las crecientes del río el 17 de diciembre. La del año 1978 arrasó por completo la iglesia del pueblo, que según dicen, mandó a construir el valeroso Hermógenes Maza. La veracidad de esa historia no compete a este relato, pero en mi pueblo es bastante popular la afirmación y no seré yo quien la controvierta.

Jairo no fue el único que abandonó el milenario oficio de la agricultura para enrolarse en el Ejército y frenar la embestida de aquella gente, con él se fueron muchos que en su condición de hijos agraviados no tenían otro camino que la disciplina militar, lucir el uniforme camuflado y, en nombre del Gobierno y para defender el Estado, disparar armas de fuego contra un facineroso. Comprenderían más adelante todos los nuevos soldados que esa luz que antes los llamó, sería desde la primera vez que la escucharan, la diferencia entre seguir vivo o tal vez morir.

Ahora que Jairo y sus amigos miran hacia el otro lado del río, esperan que la luz llegue pronto, porque las balas siguen zumbando sobre sus cabezas. En la oscuridad de la guerra, el apoyo helicoportado se manifiesta en forma de luces que estallan primero y resplandecen de abajo hacia arriba, aterrorizando al enemigo y garantizando el avance de las tropas hasta un terreno antes ocupado por aquellas gentes indeterminadas de antes.

Ahí está el soldado Jairo en las mismas tierras en las que otrora corría feliz con sus hermanos tirando semillas de maíz en los huecos que iba dejando la potente palanca que levantaba y dejaba caer su papá una y otra vez todo el día. Aquellos tiempos del maíz fueron inolvidables para todos en el pueblo: la lluvia decembrina nunca llegó y los camiones pudieron transitar hasta que se hubo vendido la última mazorca, pero ese periodo no se conoce como la Bonanza del Maíz, sino como periodo de urbanización, porque las casas ya no fueron nunca más de bareque y el ladrillo rojo empezó a hacer hermosamente juego con la arena blanca que año a año el río deja en las calles del pueblo. Ahora, alguien tendría que decirle al soldado Jiménez que este momento no es el más apropiado para pensar en tiempos idos y plantaciones de maíz, pero en la guerra nadie dice nada.

Un monstruo negro aparece en el aire escupiendo fuego, silencioso; las balas de ambos bandos en tierra se aplacan. En el cielo una luz verde y lo que sigue luego es un estruendo de los mil demonios, el segundo de tiempo que precede a la luz de vida parece eterno y de repente, de la tierra emerge enérgicamente la luz que se convierte en fuego, que se traduce en vida para los soldados, para Jairo Jiménez. Ha llegado el helicóptero y, por primera vez los Soldados Campesinos han recibido el respaldo institucional de Ejército, su espíritu de guerra se motiva: la misión final se afianza en sus corazones; en cierta medida, que el miedo les evoque bonitos recuerdos mientras pelean por sus tierras, ha sido ya un proceso estudiado por los psicólogos militares, razón por la cual, el helicóptero puede llegar antes de lo esperado o, cuando el miedo absoluto se traduce en la evocación de momentos  juveniles sembrando maíz en familia.

Aunque hacer retroceder al enemigo no significa el regreso a la normalidad perdida en aquel distante pueblo de agricultores y pescadores al otro lado del río, Jairo y sus compañeros de filas, siguen avanzando tras el retroceso del enemigo. A su paso van encontrando el resultado de las operaciones matemáticas que plantea la guerra y que, generalmente, se expresan en muertos. Van aprendiendo que de aquí en adelante la luz no es vida sino muerte y solo esperan ver cadáveres después que se apague.

Aunque estas certezas están lejos de las ideas infantiles de Julio Mendoza, la hostilidad que percibe en las conversaciones con los mayores lo llevarán a sus siete años a conclusiones cercanas, mientras eso ocurre, algunos Soldados Campesinos tendrán que morir, otros serán heridos y mutilados, un número menor perderá la cordura y otro, la gran mayoría, tomará como costumbre llorar noche a noche acompasando el llanto con las balas enemigas.

En los bombardeos sostenidos, Jairo Jiménez, Soldado Campesino, ha perdido varios de sus compañeros de pelotón y amigos de infancia, algunos nunca serán dignamente sepultados, otros tendrán que aceptar como digna una fosa en el monte. Pensó uno, antes de morir, que se convertiría en abono para las futuras cosechas y que sus huesos serían tributo al río que hasta entonces todo se lo había dado. En ese momento, Julio Mendoza no estaba ni remotamente en su mente, en cambio el niño había emprendido un nuevo reto de razonamiento: ¿por qué y para qué se fueron un mismo día tantos jóvenes del pueblo?

El ejército pudo un día garantizar el regreso de los campesinos a sus parcelas, no sin antes advertir que la guerra sigue gravitando en el ambiente, sembrando rencor en las gentes y causando tristeza a las familias; también estaba la amenaza enterrada en sus parcelas en forma de mina y cualquier error fatal podría significar la muerte. Después de la primera lluvia, la madrugada del 16 de noviembre, los hombres volvieron, como ha sucedido siempre, a cruzar el río.

Allí están Julio Mendoza, de nueve años corriendo de aquí para allá en la parcela de su papá y Javier que camina siguiendo el brillo de los frutos de colores. A lo lejos, se divisan los árboles de marañón que alguna vez se le aparecieron en sueños o pensamientos y él, aún siendo indefenso, agarrado por su padre, se maravillaba del rojo intenso y del tamaño inusitado de aquella semilla, de la que también había sentido el olor acre al asarse en el fuego ardiente de la hornilla de su abuela.

Camina hacia allá, también movido por un brillo atrayente, de repente, un ruido lo saca de la felicidad de aquellas evocaciones. Del suelo emerge la luz, aquella luz que veía y que tanto le inquietó al otro lado del río. Lo que sigue después es el esparcido de los restos de alguien que ha dado un mal paso. Alguien que sin querer descubrió en la tierra los instrumentos de guerra que siguen escondidos. En ese mismo instante, Julio Mendoza, niño de nueve años, entendió que la luz al otro lado del río puede no tener origen, pero sí tiene un fin definido: matar.

Santa Marta, Magdalena. Febrero 18 de 2017