Ya a sus siete años, cada día supo comer una buena porción de lomo, ver a sus padres desnudos mientras se unían y se separaban en un acto violento que los hacía gritar y pedir más, limpiarse los mocos y salir a jugar fútbol con los demás niños mugrientos.

 

Por Maritza Palma

Una mañana de julio de 1928, después de quince minutos de sexo intenso sin protección, Amelia tuvo la certeza de que por fin había quedado embarazada de su vecino, el Rojo.

Rojo era un hombre ancho y alto –de cuerpo, de su pene sería mejor no hablar–. Rojo era el carnicero del pueblo.

En abril de 1929 rompió fuente tras un eterno embarazo en el que folló cada día con una barriga en aumento, por lo que a veces resultó más cómodo que Rojo le diera por el culo.

Rojo era silencioso e insípido, pero pese a su tamaño, el del pene, sabía darle a Amelia como a costilla de res. Rojo dominaba en la cama o en la carnicería, pero por lo demás era domable.

Así nació Armando Alberto, en medio de la sangre de la placenta de su madre y de la sangre de la res que había matado su padre en la mañana.

Armando pasó su infancia en la tranquilidad de una casa de bahareque en un pueblo soleado y polvoriento, a treinta minutos del mar Pacífico y a cinco minutos de la carnicería de su padre. Se acostumbró desde pequeño a escuchar gemidos y a ver cabalgatas en distintas posiciones. Ya a sus siete años, cada día supo comer una buena porción de lomo, ver a sus padres desnudos mientras se unían y se separaban en un acto violento que los hacía gritar y pedir más, limpiarse los mocos y salir a jugar fútbol con los demás niños mugrientos. Cuando volvía sucio le preguntaba a su mamá si podía ir a bañarse al mar.

— Que no, allá no podemos ir.

— ¿Por qué?

— No puedes y ya. Punto.

Así que como el agua sólo llegaba en tanques cada mes, Armando debía pasar mugriento como los demás.

Las muestras de amor fueron escasas, se daban cuando su madre lo bañaba y cuando su padre le asaba el lomo para las fechas especiales. Creció viendo de lejos el atardecer sobre un mar tan cercano y tan imposible. La duda empezó a carcomerle la cabeza.

Una tarde Amelia terminó sudada y con semen en sus nalgas a eso de las siete de la noche y Armando Alberto nada que volvía a la casa. Amelia salió a buscarlo y Rojo se quedó sentado en una mecedora tomando una cerveza en la acera. Amelia recorrió el pueblo mientras la angustia aumentaba y se negaba a pensar en el mar. Volvió a casa resignada, entre molesta y chillona; se cuestionó no haberle explicado a Armando por qué no podía acercarse al mar.

— El niño no está por ningún lado, Rojo.

— ¿Y si se fue hacia el mar?

— Rojo, di algo…tú sabes que si fue allá, ya no vuelve.

—¡Idiota, como no puedes pensar y decir algo!, ¡cómo es que no puedes preocuparte por tu hijo!

Amelia pasó la noche en vela, caminando por las calles del pueblo. Rojo se durmió en la mecedora. A la mañana la vecina enojada trajo a Armando a estrujones hasta su casa.

— Ese muchachito se quedó dormido en la casa. Pónganle juicio que cómo es que se va quedando en cualquier parte sin decir nada.

— Es que a Nayirí le trajeron un jueguito al que uno le aprieta unos botoncitos y los muñecos se mueven en la televisora.

—Play, Armandito, se llama play.

Amelia estuvo molesta por una semana. No le dijo una palabra al niño. No se echó ni un polvo con Rojo. Una noche, entre sollozos, mientras estaba en la cama, miró pal techo y juró que no pariría más hijos para el mar.

A sus dieciséis años Armando le dio un beso a su madre en la frente y le dijo que iba para la escuela. Caminó treinta minutos en sentido contrario y cada que se acercaba escuchaba estruendos de aguaceros cortos y veía agua moverse sobre el agua. Para él no tenía sentido que algo tan bello tuviera maldad. Cuando estuvo más cerca sonrió viendo el sol encima del agua y al mirar hacia un lado leyó en la distancia un letrero que decía: “Zona de esclavos”.