Luis no sabía qué responder, esa era una pregunta que constantemente se hacía. Para él nada estaba mal y sabía que para Laura era igual; sin embargo, algo faltaba en la relación; algo que un momento había estado y al otro ya no…

Por: Jorge Sánchez Fernández

Habían viajado todo el día, en medio de un calor abrasante y, aunque se turnaron para conducir, ambos estaban exhaustos. Decidieron aparcar en un pequeño hotel que se encontraba en uno de los costados de la carretera principal. Era un lugar grande y bien iluminado. En la entrada, visible desde un kilómetro de distancia, podía verse un gran árbol cubierto de luces rojas y, justo debajo de éste, un letrero que decía: ALQUILER DE HABITACIONES POR NOCHE, DÍA O SEMANA.

Luis y Paula se conocieron en la universidad. Al principio no se habían caído muy bien. Él la acusaba de necia; ella, por su parte, lo veía como el típico vago al cual solo le gusta emborracharse y salir por las noches. Pero un día sus caminos se cruzaron y ahora el uno no podía vivir sin el otro. Claro, no eran la clase de pareja que aparecen en las revistas o quienes las personas toman como ejemplo de relación, pero así eran felices.

En la dependencia pidieron una habitación con cama doble; pero, según dijo el empleado de recepción, a causa de la feria local solo quedaban habitaciones con camas sencillas.

−Tendrían que compartir cama −dijo el recepcionista, mirando de arriba abajo a Paula y continuó con una sonrisa−, o dormir en el suelo.

Muy cansados para discutir, decidieron tomar la habitación. El recepcionista les entregó una pequeña llave, la cual iba pegada a un enorme llavero que tenía el número nueve estampado al reverso. Caminaron por un pasillo largo y oscuro, el sol se había puesto, pero aun así nadie parecía dispuesto a encender las luces, solo el brillo apagado del árbol les otorgaba un poco de claridad. Al llegar a su habitación Paula pudo darse cuenta, justo antes de entrar, que alguien los espiaba por la ventana del cuarto de al lado.

El recepcionista no bromeaba al decir que era una habitación sencilla. La alcoba estaba compuesta por una cama, un televisor diminuto empotrado en una de las esquinas, una mesa de noche con una lámpara encima y un baño enchapado con pequeños mosaicos amarillos.

Luis pensó que para pasar una noche no estaba mal. Paula lo único que quería era ducharse y dormir hasta el otro día, sin interrupciones.

−¿Quieres algo de comer? −preguntó Luis, mientras daba pequeños saltos en la cama.

−No −respondió ella, quitándose la ropa rumbo al baño.

Al quedarse solo en la habitación, Luis sintió que ésta aumentaba de tamaño. Decidió bajar al restaurante.

−Vuelvo enseguida −dijo en dirección al baño, pero nadie contestó.

La noche no era menos calurosa que el día. De camino se encontró con un hombre apoyado en el barandal, fumando un cigarrillo.

−Hace calor ¿no es cierto? −dijo el hombre.

Luis se detuvo y sin saber qué más decir, afirmó con la cabeza.

−Usted no es de aquí ¿verdad?

−No. Somos de la ciudad, mi esposa y yo. Estamos en un viaje de reencuentro −respondió Luis, sin saber muy bien por qué había dicho esto último.

El hombre lo miraba atento, dando de vez en vez una calada a su cigarrillo.

−¿Y qué se proponen reencontrar? −preguntó.

Luis medito un momento. Miró al cielo, donde la luna se alzaba solitaria y gris. Miró a la gente y sus coches, yendo y viniendo como personajes de una obra, miró sus manos cansadas y dijo:

−¿Quiere comer algo?

 

En el comedor Luis pidió papas cocidas, ensalada y un trozo de carne asada. El hombre, por su parte, pidió alas de pollo con salsa y cerveza. Ambos comieron con ganas y en silencio. Al terminar, la mesera les entregó la cuenta y un par de dulces.

−¿No te encanta esto? −dijo el hombre desenvolviendo el caramelo−. Puedes comer el mejor banquete del mundo, pero este dulce siempre será la mejor parte.

Luis no supo qué contestar y se dedicó a calcular la propina de la mesera. Luego, el hombre propuso caminar por el parqueadero y fumar un cigarrillo.

−Es bueno para la digestión −dijo con una sonrisa.

 

−Entonces… ¿qué intentan reencontrar ustedes en este viaje?

Luis no sabía qué responder, esa era una pregunta que constantemente se hacía. Para él nada estaba mal y sabía que para Laura era igual; sin embargo, algo faltaba en la relación; algo que un momento había estado y al otro ya no. En realidad, no sabía qué estaban haciendo y así se lo dijo al hombre.

−No es algo por lo que avergonzarse −respondió el hombre mientras encendía un cigarrillo y le ofrecía uno a su acompañante.

−No debería −dijo Luis, mirándolo fijamente.

−Sólo se vive una vez.

 

Desde la lejanía lo único que se podía ver esa noche eran dos hombres fumando y caminando. De repente, uno de ellos puso su mano en la espalda del otro y dijo:

−Te entiendo, realmente lo hago. Mi esposa y yo estamos pasando por lo mismo. Ya sabes, el creer que todo está bien, las sonrisas, el sexo; todo eso como una máscara que oculta la verdad.

−¿Y qué hacen para superarlo? −preguntó Luis.

−¿Superar? −respondió el hombre −. Nadie supera eso. Mira, lo hemos intentado de mil maneras; al principio parece funcionar, pero luego, un día, mientras caminas e intentas tomar su mano y ella te rechaza, o mientras estás solo en tu casa y la soledad te agrada más que su compañía o cuando despiertas es la noche y no te interesa si ella se despierta o no… son pequeñas cosas que evidencian que nada se arregla una vez roto. Podremos auto convencernos de lo contrario y vivir la vida engañados, pero al final la verdad aparece.

El hombre hizo una pausa para dar una calada a su cigarrillo y continuó:

−Cuando mi madre murió, papá no quiso asistir al velorio ni al entierro. Mis hermanos y yo le recriminamos su actitud e incluso dejamos de tratarlo. Luego de un tiempo él también murió, nunca supimos el porqué de su posición; aunque tal vez sí lo entiendo ahora.

−¿Crees que no hay solución? −preguntó Luis, dejando escapar un leve hilo de humo.

−¿Solución? −dijo el hombre −. No. Sabes, el idiota de la recepción tenía razón sobre las habitaciones. Son un chiquero más pequeño que mi auto. La mía, por ejemplo, tiene una cama diminuta…

−La nuestra igual…

−Ves, a eso me refiero. Llevo manejando casi todo el día, hemos parado apenas un par de veces y todo el tiempo estuve manejando yo. Al llegar al cuarto lo único que quería era acostarme y dormir, pero ella se me adelantó y tomó la cama, así sin más. Cuando le recriminé su actitud, dijo que estaba cansada se arropó y se durmió. En eso pensaba cuándo me encontraste fumando fuera del cuarto.

−¿Qué se puede hacer? −dijo Luis.

−Nada −dijo el hombre, mirando largamente al cielo. Luego, como si despertara de un sueño profundo, continuó−.  Estoy seguro que al llegar a mi destino terminaré todo de una maldita vez.

Luego de un rato los hombres se despidieron. Abrazados en la oscuridad se desearon la mejor de la suerte. La luna ahora estaba oculta tras un cúmulo de nubes. El parqueadero a esa hora era una enorme extensión de oscuridad. Mientras Luis caminaba rumbo a su habitación, creyó estar adentrándose más y más en un pozo oscuro y sin retorno, como los personajes de los cuentos de hadas: perdidos sin remedio en un enorme bosque, sombrío y amenazante.

 

Al llegar a la habitación sitió que alguien, en algún lugar, lo espiaba. Intentó buscar en medio de la oscuridad, pero solo pudo ver más oscuridad. Al entrar notó que, en la ventana de la habitación continua a la suya, las cortinas se movían.

Paula estaba acostada. Su cuerpo en el centro de la cama. Se había puesto un pequeño pijama que hacía resaltar sus piernas que, aunque cortas, estaban bien torneadas.

−¿Podrías dormir en el suelo? −dijo ella, sin moverse.

−¿Por qué? −respondió Luis.

−No creo que quepamos los dos aquí. Tú sabes cómo está mi espalda. Pon unas cuantas cobijas y duerme en el suelo, es sólo por esta noche.

Sin decir nada Luis comenzó a sacar las cobijas. Ya era tarde y no estaba con ánimos de discutir. Extendió unas cuantas cobijas sobre el duro piso embaldosado y se propuso dormirse lo más rápido posible. Unos momentos después, cuando el sueño casi lo había atrapado, sintió que Laura se movía de un lado para otro en la cama, como buscando algo que a cada momento se le escapaba. Luego, mientras él decidía no prestarle atención, ella dijo:

−Luis, si me acomodo bien cabemos los dos. Ven y acuéstame conmigo −y continuó−. Luis ¿estás despierto? Ven, te dejo un espacio.

Luis pensó un momento en levantarse, se imaginó al lado de Laura; imaginó su cuerpo, recorrer su cintura lentamente, sus piernas, sumergirse en ese cuerpo suave y cálido, pero luego pensó en el espacio vacío y decidió dormirse. Antes de cerrar los ojos por última vez, pudo escucharla decir con voz entrecortada:

−Ven, por favor, ven.