METÁFORA EN LLAMAS

Él, de reojo, luchando contra la sensatez, le vio, como una prohibida semilla, el ombligo. Más arriba, los ápices endurecidos de las teticas, insurgentes, eran un atentado contra la voluntad.

 

Escribe / León Darío Gil Ramírez – Ilustra / Stella Maris

Ante la señal de autostop detuvo el camión y la recogió. Que era soltera, que estaba estudiando, que era la tercera de tres, que con esta era la tercera vez que se volaba, que en la casa nadie la comprendía; le contó en tres curvas. En otras tres, don Alejandro le sumarió su vida.

¿Para dónde va?, le preguntó en confianza para meterla en otro tema. Hasta donde me aguanten las ganas, le respondió ella mientras el viento, que a raudales se colaba por entre la ventanilla, se entretenía con su pelo. Tan lejos, le respondió el chofer con suspicacia. Si nos va bien llegaremos un día de estos, ya de noche, le agregó con paternal ironía. Ella, casi indiferente, le retribuyó con un guiño que él, feliz, acogió como un galanteo.

Al rato de estar viajando se durmió, o eso parecía. Él la miraba haciendo el esfuerzo de mirarla como si fuera su propia hija, aunque no se negó por entre el espejo ojearle el escote: atrayente, prometedor, y después los muslos, repletos dentro del bluyin. A pesar del viento aspiró duro para olerla: olía a chicle de canela.

Donde sintió ganas paró el camión para orinar. Abriendo la puerta ella se despertó. Cuando le preguntó que qué iba a hacer, él le contestó que iba a orinar. Yo también, abriendo la puerta del otro lado le replicó ella. No me vaya a mirar, le pidió ella sonriéndole una sonrisa encantada. Él le cumplió. Ella no, y no iba a orinar. Ocultándose detrás de las llantas traseras lo miró, y la risa que le dio cuando se lo sacudió y lo guardó se la tapó con las manos.

Él se subió primero. Ella enseguida. Él le había pedido que, por favor, lo tratara con confianza, sin el don. Ella lo miró con astucia como pensando qué hacer o qué decir. Alejandro, le dijo, y le preguntó entonada: ¿Qué será el amor? Él la reparó con indulgencia, con desconfianza también y con halago. Mientras don Alejandro se puso a cavilar una respuesta ella le atropelló otra frase: No conozco el mar. Don Alejandro, maniobrando un cambio, dijo orgulloso llenándose de aire: Es la inmensidad. Ella se acomodó para poder mirarlo con fijeza, con fijeza lo miró. ¿El amor?, interrogó ella. Él, atento a la carretera, suspiró: No, el mar. Y no se habló más hasta que llegaron al puente que habían divisado en la lejanía.

 Aquí Angélica, que así se llamaba, saliendo de un ensueño plácido, le dijo: Si le hago una propuesta, Alejandro, usted me la acepta. Él la miró sin saber que cara ponerle. Pero no me ponga esa cara, le sumó Angélica en un tono de indudable pero seductor reproche. Para verse ‘esa cara’ don Alejandro se fijó en el retrovisor. A pesar de vérsela rasurada y limpia, cuando se subió la cachucha sí se la vio un poco perjudicada por la calvicie, se la vio pérfidamente inocente, y se sonrió. Luego, él se quitó la cachucha y la puso a un lado de donde ella había dejado el morral. Mudándose una mueca de susto en la que él arrugaba la frente y comprimía la boca hasta la exageración, le dijo: Esta cara está mejor. Ella, animada, le contestó con otra mueca en la que remedaba una leona rugiente con garras a un palmo de hundirlas en el corazón de su presa. Don Alejandro, siguiéndole el juego, le gruñó como un gatico asustado. Ella, arrebatada por una alegría súbita e incontrolable, cogió la cachucha y se la puso, él la miró agradecido. Antes, con voluptuosa actitud le sobó la calva. Don Alejandro, a quien desde la cabeza hasta los pies lo recorrió un corrientazo bienhechor, corroboró que, además a chicle de canela olía a quitaesmalte. Reparándola con cautelosa precaución y algo de escozor en la conciencia, no ajena a cierta dosis de imprudente lujuria, le calculó la edad. No más de veinte añitos, pensó pecaminoso.

Íbamos en que me tenía una propuesta, le dijo él. Disuadiéndolo, pedigüeña y mimosa, ella le comentó: Prenda el radio, ¿sí? Hasta que no remontemos el Sinú no coge sino ruidos, pero préndalo, con confianza, bien pueda, le explicó él y le indicó donde estaba y como lo hacía. Por más que insistió comprobó que don Alejandro decía una verdad: ruidos, no más, algunos como filos. Después de una pesquisa que don Alejandro siguió con amistosa complicidad, ella descubrió sobre el techo de la cabina el mecanismo del pito. Pitó cinco veces. Y no cabía en una alegría de niña que don Alejandro celebró pitando también como un niño cómplice y ensimismado.

Ella buscó y rebuscó en el morral. Lo que encontró, pícara, al escondido se los guardó uno en cada mano. La izquierda o la derecha, ¿cuál?, le preguntó extendiéndole las dos manos empuñadas. Primero, muy concentrado, en actitud seria, le miraba y remiraba las manos, después la cara investigándole el ardid. Para gozar el juego, él se alargó en una pausa donde no cesaba de mirarle el rostro amanzanado y las manos de dedos largos y desgonzados, y toda después contemplándola con febril fascinación. ¿Cuál, pues?, le insistió ella apretando las manos y regalándole sonrisas que a don Alejandro comenzaron a alebrestarle los deseos; por eso detuvo el camión. Escoja, pues, escoja, volvió a insistir ella rebulléndose en su sitio como si la maltratara gozosa una legión de hormigas. ¡Esta!, asustándola, gritó don Alejandro cogiéndole la mano izquierda. Sintió algo, tal vez un temblor o una punzada en el vientre que Angélica azuzó más cuando abrió las manos y dejó al descubierto dos confites de chocolate en forma de corazón. Al que él se ganó, ella con la boca le quitó la envoltura. Lo cogió luego entre el pulgar y el índice, lo hizo poner como si fuera a recibir la comunión y se lo dejó en la boca simulando, ceremoniosa, una actitud sacerdotal. Él, para aseriar el hecho, arrugaba el ceño como un correcto feligrés. Angélica, repasándose los labios con la lengua y exagerando un mohín de delicia, se puso el de ella entre los labios, y así lo retuvo, como la insinuación o los amagos de un beso, en medio de ofrecimientos acompañados por clamoreos chiquiticos que anunciaban las primicias de un placer venidero, más grande, más infinito. Los suspiros y pucheros de arrebatada delicia que hacía o que fingía mientras el dulce se deshacía en su boca, sacudieron la naturaleza de don Alejandro, pero fue capaz de dominarla, aunque con esfuerzo.

Angélica, por un momento fugaz, pavoroso y placentero, viéndole las manos que con fuerza, decisión y firmeza se agarraban el timón, sintió que, también con fuerza, decisión y firmeza, en un tiempo posterior se agarraban a su cuerpo. No eran bruscas. Eran manos cuidadas y pulcras, con uñas impecables que parecían desmentir el oficio de don Alejandro. Y, además de su risa blanquísima, los huequecillos que lucían sus carrillos cuando hablaba o se reía, a ella le hacían crecer intenciones que, a la final, pensó, las resolvería la carretera.

Los árboles de las orillas, inmóviles como duendes rechinados, sombreaban la carretera, que reverberaba. Bandadas de garzas organizadas en simétrica serenidad cruzaban persiguiendo el ocaso. Angélica, prorrumpiendo un silencio sonso, le averiguó por todos los relojes de la cabina y uno por uno, con paciente, sapiente y festiva pedagogía, se los explicó don Alejandro. No le dijo nada, ni siquiera le advirtió del peligro cuando ella sacó la cabeza por la ventanilla para disfrutar del viento que le flameaba el pelo como una bandera negra revolcada en sensuales madejas. Sí mermó la velocidad cuando ella le sugirió que quería, por un rato, irse de pie en el estribo del camión. Pero, muñequita, se aferra bien al espejo, le aconsejó don Alejandro. Y era inocultable que quería involucrarla en sus intenciones alcahueteándole sus caprichos. Angélica oyó ‘muñequita’ como si no la hubiera oído o como una imaginación, pero era indudable que don Alejandro la había pronunciado.

De soslayo, sin que ella se diera cuenta, él le miró el morral. Sobreponiéndose al viento para que la escuchara, ella le gritó: Me siento como si me acariciaran por todas partes. También subiendo la voz, don Alejandro, y casi se arrepiente, le replicó: Son las manos mías. Para que le repitiera, que no lo oyó, ella metió la cabeza. Qué son las manos del aire, le mintió don Alejandro. Es como si me fuera a volver agua, le comentó ella agarrada con una mano del espejo, sacando el cuerpo y simulando volar. ¿Agua, muñequita?, apenas como para apagar esta sed; no lo enunció don Alejandro, sino que, estremeciéndose, lo dijo mentalmente. Angélica, en lo suyo, volando, era la dicha, una dicha encarnada, vaporosa, sin igual.

Se recostó en el asiento y se estiró como si lo hiciera en la poltrona de su casa. Con las rodillas tocaba la puertecita de la guantera. Él, de reojo, luchando contra la sensatez, le vio, como una prohibida semilla, el ombligo. Más arriba, los ápices endurecidos de las teticas, insurgentes, eran un atentado contra la voluntad. Para precisarlas mejor cerró por un instante los ojos y suspiró con recato. Sintió una flojera en las piernas. No se percató cómo ni cuándo ella resultó sin medias y sin zapatos. De rojo, como las de las manos, tenía pintadas las uñas de los pies. Ella, con desgano, tomó el morral, lo acabó de abrir. De él, a tientas, sacó una toalla. El papagayo multicolor y tosco que tenía estampado le arrancó a don Alejandro, sutil, muy sutil, una risita cándida, casi infantil.

Por encima del bluyín y la blusa la toalla se la atravesó cubriéndose el torso. Con las manos, también cubiertas por la toalla, se desató la correa, se desapuntó el botón. Se oyó cuando descendió, lento y sublime, el cierre. Con algo de incómoda teatralidad, aunque con mesuras mal intencionadas, se quitó la blusa. Don Alejandro se estremeció. Confundido, pensando, se preguntó, no con cierta dosis de rabia e irrespeto: pero ¿esta qué será lo quiere? Cubierta todavía con la toalla se bajó el bluyín hasta quedar estos en el piso como la constancia azul de una batalla sin comenzar.

¿Me preguntaste que qué será el amor?, pendiente de la carretera, cambiándole el trato, la tuteó don Alejandro. También que me ibas a hacer una propuesta, ¿cuál? Soy todo oídos. Y no podía ocultar en la voz el tono alterado por la ansiedad. No le importó que ni siguiera lo volteara a ver. Angélica, con indiferencia y con más desgano que ahora, volvió al morral, y lo revolcó una y otra y otra vez. Que no vaya a sacar lo que estoy pensando; pensó don Alejandro. Y con disimulo, reparándola en la cara, se reprochó pensar lo que pensaba.

Viejo veterano de las carreteras había tenido experiencias no del todo semejantes. Las que alguna vez pudo transportar, recordó, tenían comportamientos más explícitos. Eran las camioneras que por una comida o por unos pesos, de todos modos y posiciones, acompañaban a los choferes el tramo o el tiempo que ellos querían. Nunca una como la de ahora: bella hasta la perdición, joven, casi adolescente, pero toda una mujer, no es sino verla, pensó. Como si su mano fuera una mano de otro, no se explica como fue capaz de retenerla y aferrarla con firmeza al timón cuando se le quería escapar para tocarla. ¡Cuidado!, se dijo para sí.

Estoy que no me aguanto, exhaló Angélica con las manos espantando el calor. Con un canto de la toalla se enjugó la frente y la cara. Luego, despreocupada tal vez, o maldadosa, haciendo gancho con los índices y pulgares se levantó las puntas de la toalla y se sopló por dentro. Don Alejandro, lo que en un segundo y de soslayo le alcanzó a ver, para que no le pesara tanto como ya le estaba pesando, lo descargó en un suspiro: profundo, doloroso, humano.

Como si lo anterior no fuera suficiente, le encimó: Me gusta un hombre como usted. Lo dijo usando una modulación que don Alejandro no supo decidir si era de ternura, de afecto o de provocación. La situación ganó otro color cuando la muchacha, cuidando la toalla, se agachó para jalar y sacarse los bluyines. Lo hizo sin poder evitar o propiciando, quién sabe, que se le viera, miel y llena, la ondulación posterior de la nalga: majestuosa. Y como una aseveración locuaz y mínima, la tirita fucsia de la tanga engloriando la cintura: tan clara, tan perfecta, tan cruel. El pecado a don Alejandro le encandiló el alma. Y el corazón, en vez de latidos, comenzó a brincarle en espasmos que le dificultaban la respiración.

Estoy sofocada, mencionó Angélica, y de un tirón se sacó los bluyines. Haciendo abanico con las manos se abanicó la cara. ¿Sofocada? Dubitativo pensó el chofer. Perdido en otras disquisiciones más lujuriosas, más llenas de malas intenciones, sintió su animal animándosele por entre el pantalón, sintió las manos como zarpas. Empero, otro sentimiento en pugna con el instinto le trozaba la conciencia. Dios le pasó por la cabeza como un viento frío. En una exhalación, cuando, como una frazada, la muchacha se extendió la toalla desde el cuello hasta más abajo de las rodillas, el chofer le vio, apetitoso y frugal, el ribete del cuerpo. Como una insignia de la obscenidad, la tirita de la tanga fue la que más le dolió, le dolió en la posteridad, le dolió como un remordimiento.

Quiso, pero se prohibió mirar la imagen de la virgen del Carmen: le daba vergüenza.

Desde el momento que la recogió hasta ahora, don Alejandro reconstruyó todos los hechos, palabras, gestos, comportamientos y actitudes. Con esto buscaba construir y concluir una verdad, la misma que lo autorizaría o no para actuar. ‘¿Qué será el amor?’, ‘hasta donde me aguante las ganas’, ‘me gusta un hombre como usted’, ‘estoy que no me aguanto’ y ‘estoy sofocada’, estas cinco frases que recordó pronunciadas por una voz que no sabía si angelical, perversa o mundanal, le inflamaron el instinto que luchaba con un postrer cocuyo de paternidad que le titiló en la conciencia. En últimas, era ese toque de paternidad lo que lo mantenía a raya. Empero, la reciente visión le ardía, unida a las cinco frases, como un desafío a su naturaleza de hombre. Y no solo eso, también su hermosura jugosa respaldada con suficiencia por su rostro de fruta, sus modos de felina y, por supuesto, su cuerpo de hechiceras formas encantadas.

Desde un recóndito paraje de su espíritu, no como una insinuación sino como una verdad, oyó que un amigo de oficio le dijo: Mírela bien y verá que tiene cara de mala. Inclinado por una opción, pero sin perder la calma ni atropellar la prudencia, lentificó la marcha. Angélica, o no lo notó o se hizo la desentendida porque siguió haciendo lo que se proponía terminar. No se sabe si abusando de su ingenuidad o de la aturdida confianza de don Alejandro, ella, sin menospreciar el servicio de la toalla, con demorada pereza y cierto furtivo recato se quitó las tangas y las lanzó contra el parabrisas. Don Alejandro, para espantarse el último reducto de prudencia, respiró hondo. Pensó en la muchacha y se la imaginó, de arriba hasta los pies, sin nada por debajo de la toalla. Apenas empezándola se arrepintió de darse una bendición. Miró la tanga. Como una avecilla maltrecha, como una banderita vencida, como una metáfora en llamas, había caído tapando el reloj de la velocidad. Amagó, pero con angustia se prohibió cogerlas.

Oyó, patente, una voz. Una voz que le resonó en el alma y para la posteridad. Era la voz de Angélica. Y en la voz, siete palabras indudables: ¿Quiere bañarse conmigo en el río venidero?

Don Alejandro, en todos los trajines, aventuras y desventuras que había pasado, jamás, nunca, había escuchado con tanta nitidez, tanta holgura y tanta certeza, una frase así, de una mujer así.

Aceleró.

leondarialaluna@hotmail.com