Las letras, mis letras, van al cielo, ese cielo que con ellas y para ellas inventé y que no merezco yo, el mismo que en este preciso momento las escribe y las mata.

 

Por: Jose David Pacheco

El cielo de las letras

A Camila F. Linero,

Justamente merecido.

Ayer la encontré caminando por esas calles de miel y leche que tanto promete la religión. Ahí estaba la A, la A que completó la palabra que hacía falta en mi historia de ayer. Este es el cielo de las letras, porque también vi la J, la Y, la T, la Z y la G con la que aquel hombre, trastornado por el sueño de un enano promiscuo, mató a Triunfo Arciniegas. También estaban la P, la H, la S y la C, que asesiné ayer, porque en un error de digitación se atravesaron en mi perfecto párrafo. Matar letras es tan fácil, es solo oprimir un botón.  Hay gente que lo hace por diversión, escribe y borra todo el día, asesinando letras y más letras, asesinando palabras, párrafos, páginas, historias completas, gente sin pudor ni vergüenza. Las letras, mis letras, van al cielo, ese cielo que con ellas y para ellas inventé y que no merezco yo, el mismo que en este preciso momento las escribe y las mata.

Ilustraciones / Dreamstime

Confesión

Ayer me robé aquella idea del cielo de las letras, cuando la vio impresa, esa mujer enfureció. Yo lo hago con frecuencia, pero no intencional. Digamos que soy un cleptómano, todo eso se sale de mi control, va más allá de lo meramente humano y racional. También esta idea me la robé. La semana pasada asalté vulgarmente un libro de cuentos, ¡ahí sí había ideas! Esas, seguramente nadie las reclamará, se vencerán los términos legales y me las apropiaré, en otras palabras, para dejar las cosas claras: ocupé un  baldío terreno de ideas.  A veces fluyen normalmente, pero las desecho, me gustan más las de otros, por eso las robo. Hay algo de loco en eso, también animal y hasta satánico, pero me gusta, tiene su encanto. Robaré ideas toda la vida. Voy por la calle escuchando conversaciones ajenas, esperando al acecho la presa, esperando, hasta que por fin la idea aparece y, sin que el dueño lo note, me la apropio, se la robo. Nunca pienso, tengo miedo de que otro me robe. Ayer vi publicado este cuento en el periódico.