MUJERES AL PIE DE LA LETRA / Ana María Jaramillo

Segunda entrega de este homenaje a las mujeres en las letras risaraldenses. Selección de Jáiber Ladino Guapacha.

Casablanca

 

Por / Ana María Jaramillo – Ilustración / Daniela Cuéllar

 

 

El amor es un campo de ternura

sembrado de adioses

Edmond Jabes

La pareja se encuentra en una de las terrazas que da al mar en el Hotel Mocambo de Veracruz, set de Casablanca. Él tiene 40 años y ella 35. Es una noche oscura y de pocas estrellas. Se abrazan dejando atrás el mar.

Él: ¿Vas a decírselo esta noche?

Ella: No sé cómo vaya a reaccionar, él nunca me dará el divorcio, ni permitirá que me lleve a mi hijo.

Él: Pero no podemos seguir viviendo en estas circunstancias.

Ella: Lo sé, desde la última vez que hablamos no he vivido de verdad, parezco muerta, lo único que me consuela es el niño.

Él: Estoy feliz de verte. Sé que fue una imprudencia decirte que vinieras.

Ella: Dije que iba a comprar leche para el bebé y salí corriendo, estaba ocupado y no tuvo tiempo de reaccionar.

Él: ¿No sabe nada?

Ella: Lo sabe todo. Además leyó en los periódicos que venías a filmar esta semana.

Él: ¿Tú se lo has dicho?

Ella: No, pero sé que lo sabe.

Él: Entonces quédate para siempre.

Ella: Ahora es siempre.

Apasionada, le toca la boca con los dedos, le acaricia la cabeza y le mete la mano entre el cabello, se besan. Miran al cielo, pensando en todas las noches como ésta que quieren compartir.

Él: Dicen que cada vez que un valiente muere nace una estrella.

Ella: (Sonriendo) ¿Y por los que mueren de amor también hay una estrella?

Él: Sí, esos son los más valientes. Son las que están solas y brillan más.

Ella: ¿Y cuando mueren los dos qué pasa?

Él: Brillan dos estrellas inmensas, siempre juntas.

En ese momento el viento hace su aparición, es decir, comienza a ventear fuerte, se estremecen, él se quita el saco y le cubre los hombros, ella lo toma por las solapas, lo huele, cierra los ojos y suspira profundamente. Él la observa. En este punto el público suspira conmovido, recuerda a Humphrey Bogart en Casablanca y quisiera que ella dijera: “Tócala otra vez, Sam”.

 

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Él: ¡Quédate!

Ella: Tal vez mañana.

Él: Tal vez mañana sea una estrella en una noche de luna llena.

Ella: Entonces siempre seré la luna llena.

Él: No siempre hay luna llena, sólo podrías estar unos cuantos días al mes a mi lado. Quédate ahora.

Ella: Estoy aquí, qué importa dónde esté mañana.

Él: Estarás a su lado recordándome, viviendo una y mil veces este momento en tu memoria… Pensando en cómo mis manos recorren tu cuerpo.

Se acarician, tiemblan.

Él: …mi lengua que se mete entre tu boca (le mete la lengua en la boca), tendrás que buscar un lugar donde esconder tu temblor, tu explosión, tus lágrimas. Él adivinará todo y tendrás que irte.

Ella: Calla, le diré que tengo frío… Tú también temblarás al recordarme.

Él: Sí, pero podré enseñar mi sonrisa de amante satisfecho, podré contarle a todo el mundo el motivo de mi dicha.

Ella: A mí me gusta no compartirlo con nadie.

Él: No existen los amantes clandestinos, no se puede ocultar el amor.

Ella: Siempre invento algo cuando estoy triste o cuando estoy contenta. Digo que he bajado de peso o que tengo frío…

Él: Pero no te cree ¿verdad?

Ella: No, pero le satisface la explicación, hasta ahora…

Él: ¿No temes que te mate?

Ella: Si confirma la verdad creo que lo haría.

Ella vuelve a oler el saco que conserva sobre sus hombros, se lo quita y se lo entrega, aquí se nota su espíritu de sacrificio.

Ella: Debo regresar a casa.

Él: Quédate un poco más. Quiero oír otra vez de tus labios la historia de lo que sentiste cuando me reconociste. (Sonríe). Me gusta que me lo digas.

Ella: Eso fue hace mucho.

Él: ¿Volverías a sentir lo mismo si me vieras ahora por primera vez?

Ella: Sí, porque hoy volví a sentir ese cosquilleo en el estómago, esa dicha tan triste, esas ganas de que el tiempo no pase, y la ansiedad de ese instante infinito entre verte y decir “hola”, sólo eso, porque nos observan.

Él: Ahora nadie nos observa.

Se voltean hacia el mar. Él se acerca por la espalda y se recuesta sobre ella, que intenta zafarse, pero al voltearse quedan frente a frente, se pega con fuerza a él, y lo besa con pasión. Música de fondo, luces tenues, ella no se ha despeinado ni con el viento ni con los besos.

Ella: No puedo quedarme, no trates de distraerme. Tengo que regresar a dormir al bebé. No resistiría que se descubriera la verdad.

Él: Podría ir a tu casa, sacar al niño de la cuna, traerlo aquí. Luego pasaríamos toda la noche juntos, te pediría “quédate un poco más”, y otro poco, y así todos los días siguientes, todos los meses que nos quedan del resto de nuestras vidas hasta que ese “un poco más” fuera toda la vida. Tú y yo juntos siempre.

Ella: (Juguetona). Tal vez podrías lograrlo si inventaras una treta nueva para que me quedara siempre un poco más.

Él: Podría inventar una cada instante.

Ella: Y ya no te querría. ¿Cómo hacerlo si estarías tan ocupado inventando tretas que no tendrías tiempo para quererme?

Él: No, pues todo mi tiempo, con ellas o sin ellas, es para quererte.

Ella: Esto es en serio… tengo que irme.

Él: (Con tristeza). Mira al cielo, acaba de aparecer una estrella. Soy yo que acabo de morir porque decides abandonarme.

Lo mira con ternura, le toma la cabeza, la acerca a su nariz y la huele, la acaricia y le dice al oído emocionada:

Ella: No puedo separarme de ti otra vez, prefiere estar muerta. Me quedaré. Esa estrella desaparecerá pronto del cielo. Si regreso a casa estaría muerta en vida y si descubre la verdad podría matarme. No tengo otra salida, me quedaré contigo.

Conmovido le sonríe, la abraza y de espaldas a la entrada miran hacia el mar, el cual ya no se alcanza a ver porque está muy lejos.

Ella: Hace calor.

Temblando de frío abre su bolso, saca una foto de su hijo y la mira. Con nostalgia sonríe y pasa su dedo índice sobre el rostro del bebé. Él, impresionado por la tristeza de ella se vuelve hacia la puerta y ve entrar a escondidas al esposo con un bebé en brazos (aproximadamente dos años, no mayor), dormido sobre su hombro. Entra por un costado sin darse cuenta de que el amante lo ha visto, y se esconde tras unas columnas. Ella inocente, sigue mirando la foto de su hijo, aunque una nube ha tapado la luna y ya no se ve nada.

Él: (Subiendo la voz y en tono amargo). Yo sé que a quien quieres es a él, no necesitas sacar la foto de tu hijo para decirme que no me has querido nunca. Te obligué a venir a pesar de que siempre me has dicho que él es el amor de tu vida…

Ella: (Sorprendida). Pero…

Él: No me interrumpas, vuelve a su lado, tal como lo acabas de pedir. Ya no te molestaré más, regreso esta misma noche con Marcela…

Ella: (A punto de llorar). ¿Con Marcela? ¿Cuál Marcela? (Estruja la foto con la mano).

Él: Ya te dije que no me interrumpas. Marcela es la mujer con la cual vivo desde que tú me rechazaste, estoy loco por ella, sólo quise saber si aún te seguía queriendo y he averiguado que no. Vuelve de inmediato con tu esposo y tu hijo. No te retengo más.

Él sale presuroso, no puede dar un portazo porque en el corredor no hay puertas. Ella se queda desconcertada. Llora un rato de cara al mar, después se dirige lentamente a la puerta del hotel a tomar un taxi. A todo esto el esposo ha salido sin que ella lo note. La calle está desierta. Inconsolable se sienta en la acera. De pronto ve las luces de un coche, se incorpora para hacerle señas. El vehículo para y descubre que quien lo maneja es su esposo, está con el bebé dormido a su lado. Se limpia las lágrimas que le han rodado por el rostro pero no puede ocultar su cara de angustia.

Esposo: Sube.

Asustada y extrañada, accede, estrecha al niño contra su pecho.

Esposo: (Con voz dulce). Todo terminó, nunca volveré a dudar de ti.

No puede hablar, es como si tuviera un nudo en la garganta, las lágrimas, ya sin control, corren por sus mejillas, pero ni así se despeina ni se le corre el maquillaje.

Esposo: No digas nada, ya sé que nos quieres mucho.

Apenada baja la cabeza y besa la frente del niño. Él mira al cielo y ve cómo aparece una segunda estrella, enorme, al lado de la que ya brillaba solitaria.

Esposo: (Emocionado). Mira esas dos estrellas que brillan en el cielo, son los amantes que al fin se han encontrado para vivir su amor aquí en la tierra, felices por un instante. Somos tú y yo. Nadie matará nuestro amor.

Con profunda tristeza mira hacia las estrellas, un ligero temblor recorre su cuerpo. Se limpia las lágrimas y con voz apagada dice:

Ella: Tengo frío. –Acaba de recordar que hace poco vieron juntos Casablanca.

 

Ana María Jaramillo. “Casablanca” en: Crímenes domésticos. Colcultura. Santafé de Bogotá, 1993 Pp. 55-64

Premio Nacional de Cuento, 1993