La película empezó. La oscuridad primaba. Sentía que una mano acariciaba mi espalda y me asusté pensando que era Ángel. Me percate antes de hacer cualquier cosa, y tomé  la mano que lo hacía, era suave y delicada: era la de Samanta. 

 

Por: Jhonwi Hurtado

“Pase lo que pase de acá no me muevo”. Fue lo último que  dije antes de sentir mil vueltas en mi cabeza, y ver cómo las personas que me acompañaban se iban hacia delante y yo hacia atrás.

Las 7:00 AM  marcaba el reloj cuando desperté. Lo han logrado. Ahora me encuentro en estas cuatro paredes, inmersa en un mundo blanco: sábanas blancas, techo blanco. Postrada en una cama, junto a un mesón que, para variar, es blanco. En él se encontraba la prensa. La tomo. Observo la fecha. Qué raro, pensaba que era 10 de abril, pero el periódico decía Abril 12 de 2013. Quién diría, cumplieron la promesa. Me trajeron hasta acá, al mundo de los locos. Al manicomio.

***

Por: Carlos Parra

Por: Carlos Parra

Ese día (9 de abril) todos esperaban la llegada de la familia de mi papá. Era costumbre que en su cumpleaños nos visitaran: primos, tíos, primos nuevos, y todo el que por más lejano que fuera, se considerara de nuestra familia.

A las 2:00 pm llegaron. “¡Buenas!”, se escuchó la voz del tío Paulo, mientras bajaba de la camioneta color gris. Tras él, bajaron mis primos Ángel y Simón, además, una nena. Por su apariencia, tendría unos 17 años. Todos saludaron a mis padres y a mí. Eran saludos muy efusivos, pero ella, ella parecía tímida. Solo decía hola, hasta que Paulo nos presentó: “Qué pena, no las he presentado, ella es Samanta –dijo mi tío–. No conoce Colombia. Espero ustedes no se molesten. Le servirá a  Carolina para distraerse un poco. Se harán muy buenas amigas, ¿o no Carolina?” “Sí tío, seguramente sí”–respondí. La verdad es que poco me importaba quién era ella.

Así soporté un tiempo la llegada de la ‘familia’ y subí a mi habitación para descansar un rato. Veía mis afiches, mi guitarra la cual hacía mucho tiempo no tocaba. Tomé el espejo, era una vieja costumbre. Me gustaba mirarme al espejo mientras estaba en la cama. Sentí que alguien subía las escaleras. Tocaron la puerta.

—   ¿Quién es? —pregunté.

—   Soy Samanta, ¿puedo entrar?—dijo ella.

—   ¿Qué quieres?

—   Saber si puedes prestarme el PC

—   Sí, pasa.

—   Gracias

—   No te vayas todavía. Cuéntame de ti ¿Qué te gusta hacer?, ¿tienes novio?—le dije.

—   Me gusta jugar voleibol, ir al cine. No tengo novio—repuso ella, haciendo énfasis en lo último. Hizo una pausa, se sentó y continúo. La verdad, quiero hablarte, porque con los hijos del señor Paulo no tengo mucha confianza. Han estado coqueteando todo el camino, y eso me  molesta.

—   ¿Por qué? ¿acaso no te gustan los hombres?—averigüé.

—    No.

Esa respuesta me sorprendió mucho. Pensé que le molestaría que le preguntara eso, sin embargo, no vaciló en decírmelo y siguió hablando.

—   No, no me gustan los hombres ¿a ti si?—inquirió, con aires de curiosidad.

Por: Carlos Parra

Por: Carlos Parra

En ese momento nos llamaron a comer. Bajé y no le di respuesta. Pensé que no tendría importancia. En el comedor, mi tío y los hijos hablaban con mis padres de la Universidad y del trabajo. Ella y yo escuchábamos, de vez en cuando nos mirábamos. Era raro, pues, esa pregunta rondaba mi cabeza ¿Por qué no iban a gustarme los hombres? Terminamos de comer, cada uno llevó el plato a la cocina.

Ángel y Simón querían salir de paseo con nosotras.

—   ¿A dónde quieren ir?—preguntó Simón

—   Quiero conocer el estadio— dijo Ángel

—   Yo quiero ir al Cine— dijo Simón

—   Yo, jugar bolos—dijo Samanta

—   Lo siento, estamos lejos del estadio, y no hay buenas películas en cartelera— dije—. Así que la opción bolos gana.

En la bolera todo salía bien, aunque a mí me parecía muy aburrido. Verlos reír, celebrar por cada punto, lo sentía ridículo y más ridículo. Ella, al igual que los chicos, la estaba pasando bien. Era una caja de sorpresas. Aquélla, que hasta hace unas horas era una extraña para mí, me desconcertaba con cada palabra. Primero, le parecían coquetos, ahora, disfrutaba de su compañía y, cada vez su mirada misteriosa me intimidaba más porque no podía evitarla. De todos modos, no era mi problema, yo solo estaba haciendo el papel de guía turística. Al terminar, les pregunté qué querían hacer.

—   Caminar. Conozcamos la ciudad, sus calles—expuso Samanta—. No es necesario ir a lugares específicos para pasarla bien.

—  Bueno. Vamos donde quieras. Ángel y yo estamos de acuerdo—, dijo Simón, mientras me guiñaba el ojo.

— Caro, porque estás tan callada —cuestionó Samanta—. Desde que salimos de la bolera no has pronunciado palabra. Quiero contarte algo.

—   Dime,  ¿qué pasa Samanta?

—   No nada, olvídalo.

—   ¿Qué te pasó?

—   No, era una bobada—. Luego, refiriéndose a todos, Samanta exclamó. — Miren chicos, un cine, veamos una película

—   Sí, ¿qué películas hay?

—   “El último suspiro”, es la versión española de Lost and delirius— dije

—   Qué pereza, parece romántico—interpuso Ángel

—   Pues si no quieren, no entren—afirmó Samanta.

Nos sentamos juntos, pero los muy idiotas se interpusieron en el medio.

La película empezó. La oscuridad primaba. Sentía que una mano acariciaba mi espalda y me asusté pensando que era Ángel. Me percate antes de hacer cualquier cosa, y tomé  la mano que lo hacía, era suave y delicada: era la de Samanta. ¿Por qué lo hacía? le pedí que fuéramos al baño, quería preguntarle por qué hacía lo que hacía, y por qué no me quitaba la mirada  desde que salimos de la casa.

Por: Carlos Parra

Por: Carlos Parra

Ella se puso de pie, sin decir nada. Al minuto lo hice yo. La alcancé en la entrada del baño. Me tomó de las manos, y sin pronunciar palabra me acercó a su rostro y me besó. Oye, qué te pasa —pregunté sorprendida. No respondió. Volvió a hacerlo, y esta vez, no me resistí.

—   Desde que nos presentaron. sentí atracción por ti. Sé que tú también. Dime si no te gusto.

—   No, no… no sé… No sé qué pensar. Nunca había hecho algo así.

Tomó mis manos y de nuevo me besó. Yo no oponía resistencia, hasta que sentí en mis hombros una mano. En todo el cine se escuchó un grito. Eran Simón y Ángel.

— Esto lo sabrán nuestros padres—exclamó Simón

—  Esperen, no tienen que decir nada—dijo Samanta

Yo conocía a mi familia, nunca aceptarían algo así.

Era tarde. En ese momento ya toda mi familia sabía. Ellos habían llamado a mis papás. Ángel y Simón se fueron. Nosotras no sabíamos qué hacer. Hasta que me decidí. Ya que más daba, regresar a casa y enfrentarlos era mi única alternativa, además, siempre fui muy independiente.

Al llegar todos estaban callados. Nos miraban muy misteriosos. Mi padre, junto a mi tío Paulo, sentados en el sofá, nos preguntaron a quemarropa: “¿Es verdad lo que dicen los muchachos, que se estaban besando?”

—   Papá…

—   Solo responde ya

—   Pues… Pues sí. Estaba pasando eso ¿y qué?

—   Solo quería escuchar eso. Ve a tu cuarto. Y usted niña, en el cuarto está su maleta.

 

“Pero, ¿qué pasó, no me pegó, no me gritó? –me preguntaba. ¿Por qué la estaba echando solamente?”. No tuve más remedio que subir. Mientras lo hacía, un sonido potente  aturdió la casa, ¿qué era eso? Bajé de inmediato. Al verlos los noté a todos muy raros y asustados.

—   Nunca aceptaré esto.

—   ¿Qué fue ese sonido?, ¿dónde está Samanta?—pregunté

—   Eso ya no importa. Tú te irás de la casa. Ya vienen por ti

—   Pero papá, ella no me hizo nada. Ustedes están locos y no me iré.

—   Sí, sí lo harás.

—   Que no. Pase lo que pase de acá no me muevo.

En ese momento, Simón colocó un trapo en mi boca, con algo que me hizo dormir.

Ahora, estoy en este lugar extraño. Me duele la cabeza.  ¿Qué habrá pasado con Samanta? ¿Cómo es posible que mi familia haya sido capaz…? Tomé de nuevo la prensa y en primera página el titular me aturde.

“Joven de 17 años aparece muerta en extrañas circunstancias. Fue encontrada en un caño en las afueras de la ciudad. Nadie se ha reportado a reclamar el cuerpo. Su nombre es Samanta”.