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Texto: Alex Noreña

Ilustración: Daniel Román

Vengo diciendo -es decir- pienso que falta luz y sombra a esta acepción que clarifica. Ayer no más, me atreví a preguntarle a esa que siempre me sigue: ¿qué es de la alegría en los días infernales? La respuesta no fue mayor al asombro, cuando de su murmullo entendí que era atea; perdí toda gana de argumento, se fue la acepción -es decir-, seguí con mis ojos la suerte de la palabra infierno, y creo que entendió que su negación no era el principio de ninguna certidumbre. Entonces, vomitó, y fue a llenar todo su vacío.

No hubo día más infernal que este, pues perdí una amiga. Llevo años cargando con esta soledad, todo a causa de la sombra que se aleja. He intentado retenerla; ella no cree en la higiene verbal. Me he quedado quieto y es todo. Sobrevinieron algunas ideas: los años hacen que las sombras se cubran de tierra, que lleven la marca del desierto que dejan las cosas.

¡He perdido una amiga y eso es cruel! ¿Saben ustedes qué es perder una amiga atea?

Es doloroso pues el mundo. Perder la sombra y creer que la luz se sitúa en su lugar, ¡eso no! Soy de las esquinas en la noche, desde allí veo sombras ajenas llevando la maldición del tiempo. Bello es ser perseguido por algo. Recuerdo cuando las palabras entre nosotros no existían, volvía mi mirada atrás, venía el viento y se llevaba mi sombra, la pegaba en paredes, calles, objetos… Entonces, todo quedaba allí, yo,  solo con mi cuerpo, detenido ante el abismo de una soledad que moja el vientre…

Ahora lloro vengando mis palabras.

Veo su retrato en el diván, juego a contraluz con mis manos para ver la suerte de lo oscuro, emergen formas de seres que han dormido al interior de mi almohada y se van al tacto de mi mano en la suya.

Entiendo el caso de algunas sombras que se fueron por demérito de sus portadores, estos últimos hablaron mal de ellas, en su lugar no soportaron tanto embuste y dejaron todo deshecho. Comprendo las razones ¡pero mi sombra, la mía, se alejó sembrando el silencio!

Un día decidí regresar al montículo de dudas que sobre los amigos tengo, y en una vaga idea encontré: mi sombra no siempre asistió a la desolación, dejó venir otras sombras ajenas al entendimiento. Eran otras, que dicho de alguna manera, me asustaban, pues se desfiguraban a mi paso por las esquinas. Llegó el caso de mirar de un lado y otro, y encontrar la figura de algún árbol asumiendo la idea de mi sombra. Llegué a pensar que los amigos son siniestros. Me desengañé, la sombra jugó conmigo… Corrí huyendo de la desolación, todas las formas hicieron que fuera en procesión al mundo, a portar la alteridad de mi cuerpo como una máscara. Sudo de horror, el aire es al corazón una danza frenética de espanto. Hoy corro bajo la luz de las lámparas, buscando la sombra. Algunas veces entiendo su desconcierto, lo entiendo, que acaso el problema solo soy yo.