¿Por qué no?

Luego del completo descenso, aparece ante nuestros ojos un par de caminos por tomar, optamos por el del lado izquierdo. Un ambiente tácito que envolvía el enigmático lugar carente de significancia luminosa. Pasos cortos, pero contundentes.

  

Por: Steven Amaya

Eran las dos y media, giros sobresalían de mi conciencia, distorsionando el panorama, me dirigía a la puerta, pero alguien me tomó de la mano y repentinamente mi camino tomó otro rumbo. 25 años aproximadamente, ojos claros, piel canela, sonrisa extremadamente blanca. Pupilas dilatadas apuntando hacia mí. Atracción a primera vista. Era mutuo. Era correspondido. Todo un idilio entrelazado por la ondulante fibra del ambiente que a medida que pasaba el tiempo se volvía más inquietante e interesante. Aromas, esencias daban cabida para confinar la trama.

¿Acaso pretendes disipar mi sosiego persuadiendo mi instinto? Cuestioné con ceño fruncido mientras me señalaba con el índice derecho el destino premeditado de su intención. “Solo sigue, encuéntrate y permítame hacer parte”. Respondió con suspicacia, a lo que asenté con tal gratitud. ¿Por qué no? Y me dispuse.

 

Primero lo primero

Me acerqué a un mesón donde se sirven las penas para disolver y donde aquellos que no las tienen se las crean o inventan con el único propósito de tal fin. Vasos verdes y naranja fluorescentes. Recipientes transparentes con manija para agarrar. Espejo donde reflejaba mi semblante. Una caja registradora blanco hueso con algunas teclas desdibujadas. Refrigeradores conteniendo el cáliz de los sedientos. Un tipo que parecía tener la edad en común, atendiendo a la solicitud de los asistentes. ¿Lo de siempre? Me preguntó con tono severo. Asentí, ya tenía muy claro, por mi frecuente visita allí, lo que me disponía a consumir. Agradecí, dejé rebotar una risa perspicaz –característica de mi conexión con personalidades llevaderas– y me alejé para continuar.

 

Descenso

Descendiendo para encontrarme con el destino escrito, firmado informalmente por aquellos que al inicio coincidieron, se pueden apreciar o más bien sentir como el efecto desgastante de cientos de momentos que han pisado por allí, se condensan en el desconocido material y provocan adhesión. Seguíamos bajando. Chasquidos de las suelas gracias al contacto inevitable. Ecos prolongados penetraban el tímpano.  Risas y expresiones de quienes se dan lugar en la escena del crimen.  Continuamos bajando, no sé cuántos más.

 

Intercambio

Luego del completo descenso, aparece ante nuestros ojos un par de caminos por tomar, optamos por el del lado izquierdo. Un ambiente tácito que envolvía el enigmático lugar carente de significancia luminosa. Pasos cortos, pero contundentes. Manos sobre el gótico material que separaba caminos y sobre sábanas que daban paso a la siguiente dimensión. Todo un juego sin normas, ni instrucciones previas. Nosotros los jugadores, desafiando todo cuanto se hacía presente ante nuestra mirada incauta y la capacidad de asombro despierta para ahondar profundas experiencias. Todo estaba premeditado y dispuesto a la orden de la curiosidad. Nada estaba porque sí. Intercambio de sensaciones iban y venían divergiendo el gozo de quienes se dejaban atrapar con la conmoción de quienes solo querían actuar como espectadores. Yo estaba dentro del segundo grupo, cómplice. Aunque poco a poco, entre la interacción y la confianza, fui haciendo parte, actor principal, protagonista de la escena.

“Déjame ser, siendo contigo. No limites tus fervientes intereses”. Me susurraron y sin ni siquiera tener tiempo para reaccionar frente a tan intrépida invitación, me dispuse a refutar mi deseo de continuar allí e inmediatamente me abrí paso.

 

Vale 25

Buscando por donde había entrado llegué donde supuestamente al lugar donde todo termina, pero en realidad es donde apenas empieza. Múltiples ráfagas poli cromáticas difuminaban estética y vehementemente la armonía del espacio. Hombre alto de aproximadamente 20 años con cachucha distintiva. Dos refrigeradores repletos de no sé qué. Una cortina. Una estructura misteriosa. Dos poltronas.

“Vale 25 lukas”, afirmó cuando me cuestioné sobre el posible precio que tenía aquel producto que preparaba con preferencia. ¡Muy amable!, negué que iba a aceptar la compra y me devolví.

 

¡Qué calor!

Volviendo a ascender hasta lo más alto, lugar de inicio de toda la aventura, me encuentro con una muchacha morenita, de unos 165 centímetros de estatura, disponiendo una sonrisa para todo aquel que se arrime a confiarle sus pertenencias, con el único fin de la comodidad. Estantería con luz neón, una serie de objetos prominentes que despertaban un potente interés a mi vista. Un perchero negro encendido. Par de abrigos aún reposando a espera de su propietario. Una libreta con tachones y resaltador. Voz sutil interrogándome, ¿Algo necesitas que regrese a tí? O ¿haz de tener mayor interés por algo de aquí?, señalando la vitrina donde estaban los objetos prominentes. “Antójate, que tal que hoy sea”. Con voz pícara, le contesté: “Conmigo no hacen falta los juguetes” y me retiré haciendo réplica a su jovial reacción.

 

¿Dónde está?

Había perdido de vista a quien fue mi fuente de inspiración para tomar rumbos diferentes a los planeados. Buscaba entre las oscuridades de la extensión. Preguntaba. Me inclinaba. Escudriñaba. Asociaba. Estropeaba. Estrujaba. Me alteraba. Llegué al inicio, salí, y allí volviendo al espacio primeramente mencionado, cuando me disponía entrar al baño noté que nada estaba como antes, ya el lugar era otro, sin presencia, sin vitalidad, en total agonía, fue cuando me di cuenta que eran las 5.30 de la mañana y debía retirarme de la discoteca porque ya iban a cerrar.

stivenav.96@utp.edu.co