Y es que ella, Laura, recurrentemente hablaba de cosas así: de la novela que iba a leerse; del cuento aquel que le había recomendado un amigo de Bogotá o New York; del poema magnánimo de la historia universal del que había escuchado. Pero lastimosamente no tenía tiempo para leer.

 

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Texto: César Cano

Ilustraciones: Conrado Barrera 

 

 

“Nada mejor para curarme
que hablar de la enfermedad
que padezco”

Alberto Puentes

 Hacían -¿qué?- poco más de dos semanas que Laura había conocido al poeta Alberto Puentes. No sé dónde. No sé cómo.  Pero a ella le gustó la manera en que él traía el cabello, la grieta en sus lentes, la voz perezosa y que era sencillo, pero siempre elegante. Una par de veces habían tomado café y hablado de cosas. A Laura le entusiasmaba hablar con Alberto, era feliz con que le hablara de libros y ensayos, y que hiciera comentarios graciosos acerca de grandes hombres de letras.

El lunes pasado llegó al medio día a su casa. Después de almorzar e intercambiar unas tristes palabras con su padre, encendió el PC e ingresó a su página de Facebook. Tenía 58 notificaciones, 20 mensajes y 17 solicitudes de amistad. No tendría tiempo esa tarde para la novela que había prometido leerse. Aunque ella fuera adicta –por decirlo de alguna manera– a la poesía, a las frases profundas y a las imágenes irónicas sobre la actualidad cultural, social o política del país, no tendría tiempo esa tarde para leer la novela.

El muro de su cuenta era un bello jardín donde florecían los versos de Pablo Neruda, por mencionar solo alguno, porque también estaban Jorge Luis Borges, Mario Benedetti, Julio Cortázar, y entre ellos, Coelho, Frida Kahlo y frases de Lennon, Bob Marley. En fin, una cantidad de escritores y artistas. Sin embargo, la mayoría eran poetas, novelistas y cuentistas.

Cada una de sus fotografías, con libro o sin libro, y de las imágenes que compartía, tenía por lo menos 200 “likes”, porque Laura era una gran servidora del arte ¿cómo dudarlo? Esa tarde le habló a su amiga Lorena de su amigo el poeta. Y es que ella, Laura, recurrentemente hablaba de cosas así: de la novela que iba a leerse; del cuento aquel que le había recomendado un amigo de Bogotá o New York; del poema magnánimo de la historia universal del que había escuchado. Pero lastimosamente no tenía tiempo para leer.

El sábado anterior dijo, Voy a buscar El retrato de Dorian Grey, y la leo. Y por desgracia, su amigo Daniel le dijo, Hey, Laura, ¿qué haces?, vamos al cine. ¡Ay, sí!, vamos de una. Y la lectura quedó aplazada.

Mientras caminaban hacia el centro comercial, la chica le contaba a Daniel sobre la novela de Wilde, de lo buena que era. También le habló de su amigo el poeta, y de la importancia de la lectura en la vida del hombre. Luego entraron al cine y vieron Rápido y furioso 6.

Llegó a casa en la noche, porque después del cine tomaron cerveza. Se conectó al Face y compartió los versos de Puentes:

El amor
esa bestia un tanto herida
ese león sin dientes…

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El miércoles se vio de nuevo con él, y Laura le preguntó qué significaban esos versos y él le respondió que nada. ¿Nada?, interrogó sorprendida. Sí, nada. Lo miró fumar. Le gustaba hablarle, forzarlo a que hablara. Le decía: ¿Has leído ese poema de Borges que dice que no ha sido feliz? Pobre, pobrecito Borges. Y el poeta la miraba. Laura seguía hablando, y mencionaba cada imagen de Facebook que llegaba de repente a su cabeza, como si esa red social fuera proveedora de sus imaginarios, de los temas en los que recaen sus conversaciones, de, al fin y al cabo, todo. Y así, decía que le encantaba leer y que se sentía triste de que ya nadie sintiera ese placer. Y en eso, la chica tenía razón: se lee por placer, por simple gusto de abandonarse, de irse lejos del tiempo. Leer: atarse al hábito de volar.

Después de un rato, Alberto dijo, la gente no lee porque no le da la gana. Sí, es cierto, así es la gente, añadió Laura. Continuó el poeta. Hay una novela… que me gusta. Deberías leerla, se llama La caverna, de José Saramago. La-ca-ver-na-de-jo-se-sa-ra-ma-go -anotó Laura en una servilleta- la leeré por la noche.

Pero aquella noche tampoco tuvo tiempo. Se sentó a ver con una amiga la final del concurso de canto X o Y, o lo que sea.

Laura estaba empecinada con que la literatura (¡y ni siquiera el arte!) debía formar parte fundamental de la vida de los jóvenes de su país. Nada más humano. Compartía frases sobre el carácter hedonista de la lectura, o sobre la pintoresca biblioteca que debía ser el paraíso. Además, hacía parte de múltiples grupos (en Facebook) de lectura y de gramática (porque estaba convencida de que la gramática que se usa en las redes o en el chat, debería ser igual a la gramática académica tradicional, que, por falta de tiempo, tampoco había leído). Era una luchadora incansable por la culturización y la intelectualidad de sus pares; tal vez por eso invertía más tiempo en impulsar a los suyos a la lectura que leyendo una novela o un poema completo (todo en fragmentos, en partes, y en partes cada vez mínimas. A la totalidad de la obra de arte le caen, como mil guillotinas sobre sus mil gargantas, las incontables miradas aisladas de toda la gente. Las obras quedan envueltas en la misma “pereza fonética” que lleva a los hablantes a tender a lo fácil. Cortamos con la lengua palabras. No decimos “amigo” y ni siquiera “parce”: decimos “pa”. Y después diremos “p”. Hasta que terminaremos diciendo nada. Y no quiero decir con esto que nos quedaremos en silencio, con lo que no hay ningún problema. Incluso pienso que nos hace falta más silencio. Quizás nos falta el invierno y quedarnos en casa. Quizás no tenemos tiempo para invertir en nosotros, en soledades tranquilas. El problema que pienso es no comunicarnos. Que lo que hagamos nada signifique. Lo tenemos todo tan claro, la verdad brilla tanto, que es una luz cegándonos los ojos)

Difícil trabajo el que tenía Laura ¿Era consciente de él? Tal vez sí; tal vez no. Pero más bien, no. Porque quizás, lo único que la movía era la imagen que deseaba formarse ante el mundo. Ese mundo que todo y a todos observa (hay que definirse, posar para la foto. No se puede dudar ni demorarse: No queda tiempo. Y no queda porque va como un loco fluyendo demasiado rápido).

Y así lo sentía Laura. Cuando se dio cuenta eran las dos de la mañana, y tenía 15 ventanas de chat abiertas. En algunas hablaba de hombres, en otras de ropa, pero en la mayoría, de autores de libros. Luego se despidió (labor en la que tardó 45 minutos) y se metió en la cama, pues al otro día, el jueves se vería, de nuevo, con Alberto Puentes.

Se levantó a las 2 de la tarde. Se bañó. Almorzó. Y salió. Camino a su cita, se encontró con algunos de los amigos con lo que había chateado hasta la madrugada y los saludó con una simpática sonrisa

Cuando llegó al café, Alberto estaba sentado y ya se tomaba un tinto. Tenía sobre la mesa un libro. Laura se acercó y le dio un abrazo y de inmediato tomó el libro. Lo miró, lo olió. Después sacó su celular. ¿Puedo?, preguntó. Y el poeta asintió. Tomó una foto y la editó. En su cuenta de Instagram puso como pie de foto las siguientes palabras: Con mi amigo el poeta, Alberto Puentes #Literatura #Poesía #SaturdayAlberto Puentes la miró, y encendió un cigarrillo. ¿Por qué fumas?, le preguntó Laura. No sé, me gusta. Te gusta ¿qué? No sé, fumar. Laura lo miró darse otra calada y dijo:

Unos fuman,
otros beben, otros
se drogan y otros
se enamoran…
Cada quien se mata
a su manera

El poeta dijo: Te regalo ese libro, lo traje para ti. ¿En serio?, se levantó y le dio otro abrazo. Ajá, dijo él, y después de un momento agregó: Debo irme, y se fue. Laura se quedó un momento más en el café. Publicó, además, la foto en su Facebook, escribiendo: El nuevo regalo. Al rato fue a casa. A la noche fue a la fiesta de tres días de Hard Techno que había organizado su amiga Lorena.

Esta tarde, cuando me encontré con ella, le dije, ¡Laura!, ¿te diste cuenta que escribieron un cuento acerca de ti?, y me respondió: Sí, lo sé, pero es que no he tenido tiempo; en la noche lo leo.