Cada vez que él tenía aquella pesadilla recurrente, su lágrimas y gritos afloraban sin cesar, incluso si él no lo desease; el miedo para él era algo más poderoso que su propia voluntad, es como si su ser estuviese enteramente entregado a las arcadas de pánico que lo hacían doblegarse

 

Texto por: Mateo Ortiz Giraldo

Ilustraciones por: Laura Henao 

 

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La luz se hace opaca. Los fríos vientos de noviembre arremeten implacables sobre las hojas de un gran árbol sin frutos y deshojado. Las aves, que alguna vez atormentaron los oídos de la masa tibia que se movía impaciente en un rincón sucio, ya no estaban; habían desaparecido súbitamente, como si nunca hubiesen existido. Los rayos de sol que solían penetrar sus párpados usualmente cerrados habían ido a buscar un mejor lugar para combatir contra la oscuridad nocturna.

El sol y las nubes de verano se esfumaron en compañía de todo lo que él consideraba puro y bello: su madre y padre, su única familia.

Era un niño pequeño, de rodillas grandes, con pasos torpes y zapatillas con agujetas desanudadas; su cabello era lacio, del mismo rubio arenoso de su padre y sus ojos de una tonalidad azul, como si tratase de recordar las tardes calurosas de alguna playa desierta, donde sólo se divisan las siluetas de una familia construyendo castillos de arena.

Él estaba agazapado en un rincón de su habitación. Recordaba con los ojos inundados de sentimiento lo que su familia alguna vez fue. Aún sentía miedo cuando alguna sombra se estiraba delgada y disforme por toda su habitación, cuando un ave nocturna decidía lanzar sus ululantes sonidos cerca al ventanal de su enrarecida madriguera.

El pobre niño perdido, quizá olvidado, creía aún con suma devoción y pánico en el monstruo del armario que, según su madre, “atacaba únicamente a los niños que no tomaban el baño y no cepillaban sus dientes”, y él ya llevaba mucho tiempo sin hacer ninguna de las dos actividades. El miedo, el terror que hacía temblar las carnes del infante y creaba fantasías siniestras en su infantil imaginación, eran su única compañía.

Él era un pequeño huérfano arrojado por el olvido, era alguien acurrucado en la segunda planta de una gran casa edificada en un barrio de los suburbios; su existencia estaba limitada por cuatro paredes, y éstas no eran precisamente las de su casa, eran los muros de su mente quienes lo contenían prisionero dentro de sí, paredes estructuradas por ladrillos hechos de tristeza, amarga desazón.

Sus lágrimas cristalinas se deslizaban sobre su rostro como si de dos turbulentas cascadas se tratase. Las gotas caían sobre sus manos sucias y su rostro se contraía irremediablemente en espasmódicas muecas cargadas de dolor: físico y espiritual (el dolor de su espíritu se originaba directamente en su memoria).

Aquel miedo que sentía allí, en su universo personal; un lugar indiferente a la “realidad” que nadaba en la inmensidad, irrisoriamente grande de la debilidad humana. Ese miedo no podía ser comparado con el que sentía hace algún tiempo, cuando su padre ingresaba por el portal de su habitación, corriendo a pesar de los accesos de tos que le hacían retorcerse cada vez que intentaba ser ágil. Su padre arribaba allí para acallar su llanto, gritos patrocinados por las pesadillas demoniacas que tenía con desagradable regularidad: Un hombre que hablaba directamente desde un espejo empañado, manchado por gotas secas de sangre y evidentes rastros de grasa corporal, la voz de aquel reflejo era gutural, profunda y cargada de un odio mordaz, aniquilador; el hombre con el cabello largo, con grandes espacios vacíos de capilaridades sobre su cabeza, gritaba continuamente cosas como “¡Eres indigno de estar afuera, mientras yo muero lentamente ahogado!”; el ser que desde pesadillas alzaba su voz para quejarse por su confinamiento, vivía sumido en una oscuridad palpable, amortiguada levemente por la luz y calor provenientes de una vela que jamás se derretía por completo, nunca sucumbía ante  los intentos de su compañero de ser apagada; ella seguía encendida a pesar que estuviese encarcelada en una caverna herméticamente cerrada.

Cada vez que él tenía aquella pesadilla recurrente, su lágrimas y gritos afloraban sin cesar, incluso si no lo desease; el miedo era algo más poderoso que su propia voluntad, es como si su ser estuviese enteramente entregado a las arcadas de pánico que lo hacían doblegarse, al parecer nació para ser víctima constante del miedo y de todos los demonios de la brumosa oscuridad de su mente.

Cuando las sombras oníricas por fin lo liberaban, su padre llegaba allí con los brazos abiertos, cálidos para derretir el temor frío que congelaba con témpanos glaciares la vida del pequeño. Su progenitor tenía sus manos y brazos llenos de aquello que los románticos irremediables llaman “Amor”, un sentimiento sencillo, sin intención más que calentar un alma fría, empapada por una lluvia ácida que corroe todo a su paso.

Pero, ahora, ¿dónde estaba su padre para acallar su llanto, para mitigar los latigazos de las pesadillas? ¿Dónde?

El niño no paraba de sollozar, gotas de lluvia caían sin parar, rebotaban incesantes sobre el tejado de metal de su habitación, cada gota retumbaba en sus oídos y lo hacían retorcerse, como si de un taladro se tratasen, penetraban en sus tímpanos, lo doblegaban, cada sonido para él era una muestra más de la fealdad del mundo donde fue arrojado, desechado al igual que se hace con la vida misma. El ave colorida que cantaba sin detenerse siquiera a respirar ya no estaba. ¿Se habrá marchado con la brisa suave de la primavera? En ese lugar del mundo sólo quedaba el crepitar de la lluvia y los gritos ahogados de un humano en decadencia, como todos.

Él nunca pensó que su vida fuese a cambiar tan drásticamente, él consideró su entorno como inmutable, no aceptaba el destino, ni el azar, simplemente creía que todo en cuanto a él concernía quedaría tal y como él deseaba. Él jamás sopesó el peso de la muerte, una carga que desploma hasta la mejor de las edificaciones. Él creía en una vida ilimitada, en una eternidad corpórea para su familia, pues, cómo iban a morir si eran tan felices juntos, tan unidos, al punto de constituir un solo ser.

Tal vez ellos regresen…

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Él comprendió un día que la muerte no devuelve lo que alguna vez tomó, todo lo que arrastra bajo su manto de humo, no lo regresa; ella es posesiva, desea, codicia, se apodera de todo cuanto puede. Eso se lo introdujeron en su cráneo, primero como un susurro y después como una verdad global e inapelable. Esta idea no fue enseñada por su padres, sino por el hombre que amenazante y aterrador lanzaba bufidos animales desde las pesadillas cavernosas.

Su pequeño cuerpo deseaba estremecerse en gritos agudos, asfixiantes, pero sabía que no ya tenía caso hacerlo ¿Quién podría escuchar sus lamentos?, ya nadie irrumpiría a su casi destruida habitación a calmar su tempestuoso dolor. Nadie llegaría allí con una aroma natural, con ese tufillo que liberan los cuerpos amorosos que guardan en sí luz. No, él estaba solo… aquellos paños de agua tibia ya no llegarían, se acabaron. Su fiebre sin fin aparente consumiría de una vez por toda su frágil existencia.

Él, después de mucho tiempo se puso en pie, abandonando el rincón donde llevaría horas, días o incluso meses. No podía saber cuánto tiempo llevaría allí calculando su oscuridad, el tiempo ya no existía, no veía los dibujos animados de las nueve o el serial policíaco de las diez, el único horario que le quedaba estaba estructurado sobre la finísima línea entre la vigilia y las pesadillas dantescas.

Estaba sumido en una profunda oscuridad, una negrura espesa que engullía los rayos de luna, las luces vespertinas y los reflejos indefinidos de los cristales que coleccionaba dentro de un cuenco de vidrio; era como si las sombras estirasen la mano y se enterasen que ya no existía dónde tocar, pues ellas, en su entereza, eran completamente el único objeto del lugar, no había nada más que un pozo profundo, sin eco y atiborrado de pesadillas inconclusas. Él no lograba ver sus huesudas manos a pesar de tenerlas a dos palmos de su rostro.

Encendió la luz de la sala de estar, la oscuridad apenas si se disipó, renegando por la brillantez del bombillo retiró un poco sus brumosos brazos, dejando así un oasis de luz en medio del desértico y austero frío de la soledad. El bombillo, haciendo las veces de reflector teatral, brillaba al frente del gran espejo de la sala… justo en su personal oasis de luz se sentó el infante.

Tenía su rostro entre las piernas, creía escuchar la canción inicial de su show televisivo favorito, pero de inmediato supo que era sólo  producto de su imaginación, pues él, en un acto de venganza, pateó el televisor donde mamá acostumbraba ver las  novelas y papá los programas de deportes, lo golpeó hasta hacerlo añicos.

De repente, sintió una intensa mirada proveniente de su costado derecho, justo del frío espejo sobre el cual estaba recostado. Sus ojos exaltados por el pánico observaron con estupor al mismo hombre de sus pesadillas, el cual con su penetrante mirada le escrutaba sin parpadear. Dentro del espejo estaba aquella bestia con faz de humano, con el cabello grasoso, el rostro demacrado, con sus ojos hundidos bordeados por ojeras púrpuras y la piel blanca como los pálidos rayos de la luna, estaba tal y como él lo recordaba, extraído directamente de sus pesadillas.

El hombre vestía un ridículo pantalón corto y una camisa naranja, era evidente que todo le quedaba chico. ¿Qué hacía aquel espectro usando su misma ropa?

El niño no lo soportó más, no deseaba ver ni un segundo más al amotinador de su tranquilidad. Corrió con sus pies descalzos hacia la venta de emergencia que contaba con una escalerilla para bajar, sin detenerse a pensarlo, saltó, con su propio cuerpo rompió el cristal.

Cayó al vacío con los brazos abiertos simulando alas, mientras la gravedad se apoderaba de su peso y su ser, juró que había visto a su madre recogiendo florecillas en el jardín como en los buenos tiempos; así que sonrió mientras caía y las gotas de sangre, mezclándose con sus lágrimas, quedaban suspendidas por unos instantes alrededor suyo.

Ahora el niño yace roto, resquebrajado, con sus ojos rojos y su rostro deshecho; con sangre rebordeando su silueta, su camiseta empapada por las gotas de rocío y su pantalón deshilachado por las ramas del suelo.

Una mosca se posa sobre una de sus cavidades nasales, él ya no respira, no puede oler aquel aroma fresco de la tierra húmeda sobre la cual está tendido.

Murió hace algunas horas. El alba despunta y sus ojos reflejan los primeros rayos del sol. De nuevo hay luz sobre los cabellos rubios del niño. Él sigue siendo un infante a pesar de contar con casi cincuenta años de edad.