El subteniente ordenó privarla de cualquier mirada ajena pues creía en la profecía de la reencarnación. Obligó a rezar a todas las marías de las seis de la mañana a las seis de la tarde los rosarios que alcanzaran; por cada uno se paraba un gato, así se iba la tarde hasta que todos estaban parados.

 

Texto: Ángela María Henao 

Ilustraciones: Britnny Morales y Mariana Castaño

 

CRUZ

 

Ayer llegó a la celda Tenorio. ¿Tenorio? Sí señora, el mismo que canta y baila. Le sentenciaron el número de años de su edad ¡Qué afortunada es la juventud!  Y uno aquí esperando que resucite el muerto que carga, haber si se lo llevan a uno, pero nada de eso pasa aquí.

Tenorio era un chico curioso. Al menos eso andaban diciendo por toda parte. Tan curioso que en vez de asustarle las cucarachas las cogía con la punta de los dedos y con un poco de pega las colgaba vivas en el techo. Nadie sabe cuando nació, sólo se sabe que un cuervo lo llevó a la casa de Doña Gertrudis un viernes santo cuando ella salía a la pasión de Cristo. No podía faltar ¡No se dejaba del pecado! Fue por eso que esa tarde Tenorio se quedó sólo con los seiscientos sesenta y seis gatos de Doña Gertrudis, esa tarde y las que habrían de seguirle. De ahí su curiosidad. 

Lo único que le faltó para vivir fue el miedo. No le tenía miedo ni a la pobreza. Se volvió coleccionador de lágrimas en el pueblo o barrendero como nosotros decimos. Se la pasaba día y noche barriendo eso que la gente tira a la calle para dejar la casa limpia, sí, de esas cosas que nadie ve pero que todo el mundo odia, esas mismas. Tenía un sexto sentido para desbordar la capacidad de los otros cinco. Había que verlo con cientos de probetas para allá y para acá atrapando el aire: el aire de los prostíbulos resultaba más enrarecido que todos. “¿Y el aire de la oficina del subteniente?”, le preguntaban y de un momento a otro ya estaba caminando por los cables de la luz, intentando atrapar las nubes con una olla.

Sí señora, se llama la gata Francisca. Mantenía sentado en el campanario hablando con ella quien sabe de qué, tal vez robándole las siete vidas a ella o contando los pelos de todo el pueblo, yo creo que lo último. Fue por esos días que a Doña Gertrudis le salió la herida en la muñeca derecha, parecía la crucifixión de Jesús. El subteniente ordenó privarla de cualquier mirada ajena pues creía en la profecía de la reencarnación. Obligó a rezar a todas las marías de las seis de la mañana a las seis de la tarde los rosarios que alcanzaran; por cada uno se paraba un gato, así se iba la tarde hasta que todos estaban parados.

GATO

 

 

Con su caminado de gato llegó Tenorio una noche y no aguantó más ¡La curiosidad lo mató! Se le ocurrió desvendar la herida y meter el dedo gordito como si fuera a saborear la leche de los gatos,  fue así como comenzó a salirse Doña Gertrudis por ahí enterita, con alma y todo. Apenas alcanzó a prender la luz cuando todos los gatos estaban bañados en sangre, buscando los últimos rincones de la casa, saltando esos abismos del miedo que los separaba de Tenorio. El pueblo se amontonó en la ventana, y claro, ahí quedó Tenorio como el Pilatos.

“¡Gato negro! ¡Miserable gato!”, se escuchaba decir al subteniente. Las casas se comenzaron a llenar de eso que tienen las calles. El aire comenzó a oler a miedo; ese olor que tropieza con los latidos del corazón. ¿Quién barrerá ahora nuestras lágrimas? ¡Qué va! A nadie le importó eso. Tenorio traía su mala suerte también; no fue suficiente la condena. Pasaron apenas unos días cuando resultó con una herida en el pecho, parecía hecha con una lanza. Días después se le ocurrió al subteniente tocarle la herida a Tenorio con el dedo meñique. Al pobre Tenorio ni le quedó la sombra. Pero señora, de algo esté segura y es que el subteniente no lo hizo por curiosidad: El no vivía con seiscientos sesenta y seis gatos.