Ni los personajes de su novela, ni los objetos que había en su habitación tenían la responsabilidad del mal que lo atormentaba. Ahora, con todo claro, agarró varias hojas en blanco y trató de escribir las posibles causas, convirtiéndolas próximamente en consecuencias.

al-reves

Por: Margarita Rojas Torres

Imaginó su principal miedo y dejó de escribir. Se levantó de la cómoda silla de cuero y cruzó la habitación hasta el baño. Encendió la luz y trató de no mirarse al espejo aquella tarde de marzo. Simplemente se mojó la cara. Continuó su trabajo ahora distraído y sin ánimos. Sus dedos tenían un despropósito fatal y sus piernas abundaban en nerviosismo. ¿Qué sucedía aquel día? Trató de despejar su mente con un poco de música clásica y pequeños relatos de Borges. Sus ojos ardían en fatiga y desespero. ¿Estaba enfermo? La tarde continuó normal y aquello lo irritaba. Lo normal no entraba en su vida y menos cuando había decidido ser lo menos normal posible. Hasta la noche concluyó que había tenido un simple síntoma de gripe. Ya comenzaba a dolerle la cabeza cuando se quitó los zapatos. Se recostó y aquella sensación seguía allí, convirtiéndose luego en vacío. Cerró los ojos y el calor aumentó. La oscuridad lo había convertido en un hazmerreír de la tristeza y el desconsuelo, albergándose en la horrorosa idea de huir de sí mismo. Se levantó y trató de seguir escribiendo. “Antónimos”, pensó. Escribió más tarde una lista con todas las cosas negativas que aquel día pudieron sucederle. No hubo más de dos cuando se dio cuenta que todo era su culpa. Ni los personajes de su novela, ni los objetos que había en su habitación tenían la responsabilidad del mal que lo atormentaba. Ahora, con todo claro, agarró varias hojas en blanco y trató de escribir las posibles causas, convirtiéndolas próximamente en consecuencias. “¿Qué?”, dijo cuando revisó aquellas tres páginas que había llenado. No entendía, las manos le sudaban y el frío se enredaba en sus pies. El cuerpo le picaba y sentía todo al revés. Al revés. Dejó todo y se puso de pie. Corrió hasta el baño y se miró en el espejo. Esas mejillas sonrosadas, aquellos verdes ojos y diminuta boca eran el causante perfecto de miedo y angustia. Se idealizó dentro del espejo y no entendió la realidad. Su reflejo era todo lo que sentía pero al revés. Por segunda vez aquella tarde de marzo sintió miedo de sí mismo.

Fin.