Sin sentido

Él era un hoyo, él barría mis miedos, los recogía, los trapeaba; era oscuridad, tanta, que todo parecía sin sentido a su lado, eso era lo más especial, la falta de sentido de todo cuando rozaba mi brazo, como si fuera pringamosa…

…recordarlo algo vencido, sentirlo rendido, quererlo ver como viento, quererlo ver creyendo lo que él en realidad es. Ilustración /pxhere

Por:  Laura Henao Arias*
Una noche Germán se hundió, se resbaló, él era un hoyo y ese día la vida cavó hasta lo más profundo.
Germán tenía 30 años, aun así parecía un niño, tenía una luz, pero también algo que daba la impresión de haber sido tratado como un trapo sucio. Bailaba ballet, también era ingeniero mecánico, en ocasiones parecía muerto o quería estarlo, a pesar de ello yo lograba ver su chispa, tenía algo que me atrapaba y que me dejó algunas huellas.

Una noche de esa semana él tuvo una crisis, llegó borracho, él vivía en un quinto piso por el parque de la 93, había unas fotos y unos cuadros, todo lo tiró, gritaba, se quejaba, maldecía, decía que se quería morir, preguntaba por algo, yo no entendía nada.
Ojos de tierra, vida de perro, pestañas de lluvia, sonrisa de droga, ese era él, Germán, inspirando como si fuera un laberinto, haciéndome perder en cada una de sus esquinas, poniéndole tendido a cada una de las partes que daban vida; a su ser, a su expresión, a esa sinceridad que manejaba.
Recuerdo verlo limpiar su saxofón, casi parecía levitar al hacerlo, limpiaba su boquilla, yo miraba sus labios, él parecía pequeñas letras, me imaginaba que él sabía a licor, a un blues, a un jazz o tal vez a una melancolía que mataba, podría saber a humo, a tierra, a agua; pero la mayoría del tiempo me lo imaginé con un sabor algo tambaleante, de esos que hacen temblar y también caer.
Él era un hoyo, él barría mis miedos, los recogía, los trapeaba; era oscuridad, tanta, que todo parecía sin sentido a su lado, eso era lo más especial, la falta de sentido de todo cuando rozaba mi brazo, como si fuera pringamosa, como si siempre tuviese que causar una reacción, parecía alguien completamente desconocido y entonces empezaba a buscar pequeñas partes de él, pero nunca pude encontrar algo completo o algo concreto. Pringamosa, tal vez eso era él, él era un sí o un no, él fue una semana y después sus manos quedaron enterradas en mí, me cobijó, me palpó y yo bajé la cabeza, y ahora, mis sentidos parecen no olvidar nada. Todo pasó en Bogotá, al día siguiente de apostar lentejas, de que me besara después de una semana de frío y de que la guitarra de mi mejor amiga llorara después de cantar una canción que decía “cha cha cha”.
Un asiento de madera, sentirse como madera, absorber el calor, despertar a su lado y sentirse oro y en la noche, sentirse mierda. Marcas, manchas, huellas, quemaduras, sol, viento, miedo, suspiros, comportamiento, alterarse, escuchar, escucharlo y quererlo escuchar otra vez, hechizar, magia, miradas, brillos, oscuridad, tragar saliva, rozar las manos, tomar café, pensar en él, recordarlo algo vencido, sentirlo rendido, quererlo ver como viento, quererlo ver creyendo lo que él en realidad es.

Él es viento, pero también calor, roza el alma, el ser, hasta la punta del pie y puede calentar hasta las manos más frías.

Eso pensaba yo, hasta esa noche, esa noche Germán no era Germán, esa noche una guitarra lloraba, el cielo lloraba y parecía como si todo lo anterior no hubiese tenido ninguna validez. El papá de Germán había muerto y, entonces, todo lo anterior se sentía como oscuridad.

*l.henao@utp.edu.co