En sueños me dijeron

No fue su amante, ni mucho menos su amigo. Era un ser sin explicación alguna y con diferentes facetas que lo convertían en alguien cínico y cómico. Unos años mayor que ella, lleno de ataduras tontas y prejuicios desconocidos.  
   
   

Por: Margarita Rojas Torres

Siempre estuvo engañada. Llena de textos y diferentes conceptos del hombre. Habitada por tramas y repugnantes obras, sola en una odisea de armas de madera. Cuando todo parecía estar regido por un hombre desquiciado con enorme dentadura y prosa profunda, se sometió a la oscura y absorta tarea de encontrar a alguien como ella. Aquella desfachatez (si es que se podía llamar así) la hacía sentir cada vez más viva y superior al resto.

Todos los días oía hablar sobre la significancia que el hombre había tomado para el mundo, sobre los derechos y deberes que los regían, la moral que los obligaba a comportarse de cierta manera y las ideologías tanto religiosas como políticas que los controlaban. Tal vez era un poco arriesgado contradecir alguno de estos temas o simplemente atreverse a opinar. La palabra, como la libertad del hombre, estaba sumamente condicionada a la de sus congéneres y por consiguiente a la de sí mismo; esa misma que no existía hasta que la del otro terminara.

Y en ese tiempo, donde el hombre y la mujer encontraban la felicidad en sí mismos y la pasión parecía apoderarse de sus palabras, conoció a ese alguien.

No fue su amante, ni mucho menos su amigo. Era un ser sin explicación alguna y con diferentes facetas que lo convertían en alguien cínico y cómico. Unos años mayor que ella, lleno de ataduras tontas y prejuicios desconocidos. Alto, medio aliñado y torpísimo, acompañado de una mente brillante y lucidez tremenda. Un joven casi tan apuesto como su incapacidad de no quedarse en silencio.

Se podría decir que no compartían las mismas capacidades. Tampoco los mismos ideales y el privilegio de discutir sobre ellos. Lo único que los conectaba era la fatal necesidad que ambos pedían: atención y experiencia.

Lo más lamentable de todo es que jamás supo definir lo que sentía por él. Aquello le auguró varios años de preguntas con absurdas respuestas sobre su posible paradero, sus actividades regulares y el color de su ropa interior. Perdió más de una década preguntándose si aún estaría con vida… “¡Qué ridiculez!”, decía.

Forzadamente su historia continuó combatiendo toda clase de monotonía y tedio con el triste resultado de un aburrimiento en conjunto. Discutían a despropósito y sin un ganador. Con hirientes palabras y gestos arrebatados se iban a dormir, siempre en silencio, con un hálito de poesía en medio.

Y aquello los separó abruptamente.

Ella lloró a cántaros su distanciamiento, y el exilio no le proporcionó ningún tipo de paz. Sentía que ya no podía inmortalizar la soledad en la literatura y el amor en la música. Escribía en vano y sus textos eran comunes y mal criticados. No sentía nada más que tristeza y el mismo vacío al cual siempre le tuvo miedo.

Jamás logró escribir un libro o terminar con las obras de un solo autor. Dedicó lo que quedaba de su juventud a desaprender cada lección que alguna vez la vida le dio. Olvidó hechos, fechas, grandes guerras e importantes teorías tanto científicas como políticas para encaminarse a una nueva ruta.

Finalmente no huía de nada más sino de ella misma.

Y él jamás pudo entender eso.

Pensaba con los ojos y se dejaba engañar fácilmente. Se fue al bosque porque quería vivir deliberadamente como alguna vez Thoreau lo hizo. Reflexionó sus más profundos sentimientos y le suplicó a la soberana democracia un poco de justicia y valor.

La buscó en sus lágrimas, sus viejas películas y grandes armarios. Corrió por las laderas de algún lugar viejo y olvidado. Pintó absurdos cuadros con la esperanza de recibir un poco de mérito…Y finalmente murió en la repetición. Su orgulloso espíritu se estancó en el intento de engendrar nuevos mundos, esperanzado de que ella fuese a parar en uno de ellos.

Y era un adiós a un camarada, a un soldado, a un enemigo,

En secreto anhelaron tomar juntos aquel camino,

Surgir de la arrogancia, beber de la lluvia,

Trepar la historia y reinar en la sabiduría.

¡Oh vida tan ingrata! Un gusto no habernos conocido.