Desde entonces, los hombres de barro fueron orfebres arañando socavones, recolectando la sangre del sol.  Moldearon sus manos lo que parían sus mentes y a semejanza de dioses dibujaron rostros ataviándolos de fulgurantes caricuríes y orejeras que caían alegres. Cuento mitológico.   

 

Por John James Galvis Patiño*

Y llegó Tacurumbí a pretender el metal dorado emanado del sol para darlo a sus artesanos de barro; con poderoso brazo extendido blandió la lanza asaeteando el ombligo del astro rey y éste empezó a polvorear sus finas dunas sobre montañas y ríos; pero observó el aguerrido Yamba, que no era bueno que el sol palideciera y ordenó a Consota y Pindaná, hacerle un pan de sal para restañar su herida.

Desde entonces, los hombres de barro fueron orfebres arañando socavones, recolectando la sangre del sol. Moldearon sus manos lo que parían sus mentes y a semejanza de dioses dibujaron rostros ataviándolos de fulgurantes caricuríes y orejeras que caían alegres.

Todo cuanto su mano deseó no restringieron de hacer y hubo gran regocijo y jolgorio entre el pueblo Quimbaya, porque ahora la negra noche no les era esquiva y un pedacito de cielo resplandecía en sus pectorales. La huella de arcilla cincelaba su paso indeleble en la orfebrería cósmica.

El pueblo encandilado florecía, el comercio se hizo poderoso, danzaban soles y lunas enteras, no existía plaga alguna entre ellos. Sus mujeres daban a luz fuertes guerreros que advertían la sabiduría indómita de la espesura y ostentaban el poder de la transformación en animales fieros.

Todo cuanto su mano deseó no restringieron de hacer y hubo gran regocijo y jolgorio entre el pueblo Quimbaya.

Sus cosechas aventadas de a ciento por uno reventaban laderas y sembradíos. De alegres guaduales horadados al través del viento, silbaban melodiosos ajenos a la muerte sus bohíos. Mariposas doradas exhalaban sus jardines, por paredes de piedra trepaban áureas lagartijas remendadas en talleres y de exquisitas filigranas brotaban peces en los manantiales.

Los Quimbaya siguieron ufanándose de conocimientos y técnicas aleatorias secretas aplicadas al preciado metal como la tumbaga y la eutéctica. Sus objetos de lujosa orfebrería, increíble belleza y técnica perfecta, siguieron atesorándose desbordados hasta los mismísimos cielos. Y en toda montaña, abajo en los valles y más allá de las aguas mismas, su fama pululaba como la luz.

Por aquellos días, la muerte aplazada se hizo de fardo al hombro, pantalones remangados a las canillas; saltando y cayendo de piedra en charco dio vuelta sin rumbo a perderse quebrada abajo en lontananza, porque también a ella el polvo del sol había eclipsado. Y se sintió morir… mas no estaba en su poder desfallecer. Volveré en un tiempo conveniente, dijo, y entonces se consoló.

Al final de la jornada, presentaron sus sabios artesanos al cacique, menudos y resplandecientes pájaros de Otún. Fotografía / Museo del Oro

Vio el Cacique que aquello no era bueno, ensimismado en profundas reflexiones, solitario deambulaba a orillas del río; su corazón de carne daba tumbos aciagos como aciagos eran sus pasos por entre las ocres ramas abatidas de los verdes árboles. Resuelto en su espíritu entró en consejo con sabios y chamanes. Y, de esta manera y de aquella otra acordaron…

De repente, las sombras rodaron más largas que de costumbre hilvanando impenetrables tinieblas, confundiendo a hombres y animales, helando maizales.  De día, el sol abrasador cuarteaba sementeras y abría zanjas fieras en sus pieles, secaba fuentes, evaporaba peces en torbellinos.

Entonces, comenzó un tiempo malo y el oro lo pregonaba al hacerse quebradizo en medio de las falanges creadoras. El astro rey continuó por largos días mostrando su faz canicular, castigando la osadía de sus corazones, augurando que el hombre perdería su inocencia.

La noche caminaba por entre las espigadas palmas de cera, que ingenuas contaban estrellas y adormecían cocuyos. Abajo, minúsculos y lejanos, casi inexistentes, el cacique y su séquito auscultaban azarosos los perniciosos designios enredados por entre los hirsutos cabellos de fuego del fugaz cometa, que raudo daba su beso de muerte a la tierra.

Monumento a Tacurumbí en el parque principal de Montenegro.

De lejanos mares y extrañas tierras, arribaban hombres ataviados como dioses; que no lo eran. De rubios y ensortijados cabellos como el sol y mirada clara como la mar e ininteligible habla, de fatuo corazón y de extrañas costumbres como extraños eran sus dioses, que tampoco lo eran.

En monstruosos galeones e impresionantes carabelas, navegaban día y noche impelidos por la sangre del sol y los vientos de la codicia. Tocaron tierra, exclamaron: “gracias, dios”, y la tierra se gangrenó de extremo a extremo bajo sus pies.

Jubilosa la muerte exiliada desembarcó, pero no estaba sola, traía pestes e infortunios, cadenas y grilletes. La acompañaban la plaga de las cosechas y sembradíos, enfermedades y diviesos de los animales. Y hubo un día primero, otros sucesivos igualmente; con intercambio de afectos y saqueos, canto y pavura, destierro y expoliación, ingenuidad y avaricia.

En aquel momento, muy animada entró en confianza la parca, recordando su ascendencia de diosa mitológica abrió el baúl de Pandora y comenzó a repartir entre los nativos: sífilis y gonorrea, viruela y sarampión, tifus y fiebre amarilla, peste bubónica e influenza… Y por alegre descuido, mientras acordaba con las demás calamidades recorrer el territorio conquistado, del fondo del cofre escapó Elpis o espíritu de la esperanza, y este llegó a adherirse al espíritu de los aborígenes: “porque la esperanza es lo último que se pierde”, después del oro y su desnudez.

Hincado en tierra lloró profusamente Tacurumbí, no cesó hasta que su llanto vertido se transformó en la laguna del Otún, con sus sollozos lastimeros la desbordó creando el río y en sus orillas el pueblo mudó su piel por escamas.

…de voluptuosas formas e inefable belleza llamó al terreno por su nombre: valle del Cocora. Fotografía / Cortesía

De las entrañas del Ruiz extrajo cenizas vivas e incandescentes piedras con las cuales preñó el vientre puro de su amada Cacica; de voluptuosas formas e inefable belleza llamó al terreno por su nombre: valle del Cocora, de donde ascienden empinadas palmas de cera, coronadas de bulliciosa algarabía las acompañan por siempre loros orejiamarillos.

Pindaná se mostró rebelde y quiso oponer resistencia a la infamia extranjera, desde entonces se transformó en serranía para cortar la avanzada enemiga y en sus márgenes serpenteando entre remolinos lo acompaña el río Consota.

En un poporo dorado, entre desmenuzadas hojas de coca, cenizas de yarumo y cal, mambeó Tacurumbí el espíritu emprendedor del joven Yamba, para insuflarlo en las gentes que quedasen de la región.

Al final de la jornada, presentaron sus sabios artesanos al cacique, menudos y resplandecientes pájaros de Otún. Que no son pájaros, tampoco peces y mucho menos insectos.

*Mención de honor, primer concurso de cuento corto UNAB, Ulibro, Bucaramanga 2017. jgalvis569@unab.edu.co                 

 

Glosario             

Un precolombino de un Cacique Quimbaya en posición sedente; del Museo de América, Madrid.

Tacurrumbí: Cacique principal precolombino, que vivió durante el tiempo de la conquista española (1541), tenía sus dominios entre Santa. Rosa de Cabal (R/da) y Chinchiná (Caldas). Dominaba 80 tribus Quimbaya, constituidas por unos 80.000 indígenas que abarcaban el territorio antiguo de Caldas, Risaralda, Quindío, Norte del Valle del Cauca y Sur de Antioquia.

De Tacurrumbí a Cuturrumbí, entre historia y sonoridad. Una estatua singular se levanta en el parque principal del municipio de Montenegro, Quindío (del artista boyacense César Gustavo García). No es el busto de un prócer; no es la imagen del libertador; no es el monumento del héroe local o regional. Es una figura que se convirtió en monumento, como pocas veces se ve en el ambiente de plazas municipales, donde siempre lo erigido se refiere a oficialidad de un personaje o al arte. (cronicadelquindio.com. Martes, 30 mayo de 2017).

Yamba: Joven militar, emprendedor y segundo al mando en la cultura Quimbaya, actuaba de capitán y amenazaba de muerte a los indios rebeldes.

Consota y Pindaná: Caciques secundarios que habitaron la región meridional.

Restañar: Detener el curso de un líquido, en especial la salida de sangre de una herida.

Pan de sal: la forma como los aborígenes precolombinos empacaban la sal en rollos, envueltos en hojas o segmentos de guadua para su posterior transporte y comercialización.

Caricuríes: Narigueras de oro en forma de alambre retorcido, usadas por los indígenas.

Tumbaga y Eutéctica: Técnicas secretas avanzadas de aleación para fundir el oro con el cobre, bronce y otros metales. La llamada composición eutéctica, también conocida como la aleación perfecta consistente en un 81,5% de oro y un 18,5% cobre. Esta aleación proporciona a las piezas una dureza extrema, para lograrla requería el empleo de poderosos hornos a temperaturas de más de 1000 grados centígrados.

Caja de Pandora: (Baúl). Mítico recipiente de la mitología griega que contenía todos los males del mundo. Tomado de la historia de pandora, la primera mujer creada por Hefesto por orden de Zeus.

Elpis o espíritu de la esperanza: Deidad griega que personifica la esperanza. Espíritu manifiesto en forma de ave que permaneció hasta el final dentro de la caja de Pandora, cuando todos los males del mundo escaparon. Tradicionalmente se le ha definido como la última diosa (en latín: Spes Ultima Dea), de allí que solemos decir: “la esperanza es lo último que se pierde”.

Lontananza: Parte más alejada de un lugar. Lejanía, distancia, alejamiento.

Mambeo: polvo obtenido después de triturar y cernir las hojas de coca tostadas y mezcladas con cenizas de hojas de yarumo o cal. Práctica indígena relacionada con propósitos religiosos y medicinales.

Poporo: (perteneciente al periodo Quimbaya Clásico, 0—600 a.c/ Técnica a la cera perdida). Recipiente de uso cotidiano entre nuestros indígenas precolombinos que habitaron la región. Hecho con el fruto del totumo y representado en figuras humanas de animales o frutas. Tomó cerca de 100 años a los arqueólogos, historiadores, anticuarios y demás interesados en identificar el uso que le daban los indígenas a esta pieza, entonces se determinó que se trataba de un recipiente en que los indios echaban cal, mezclándola junto con cenizas de hojas del árbol de yarumo o coca y que luego extraían con un palillo mojándolo con saliva. Se cree que les ayudaba a paliar el hambre en sus largas jornadas de trabajo o caza. Esta pieza artesanal representa lo mejor del trabajo orfebre de nuestra cultura Quimbaya.

El poporo se convirtió en 1939 en la pieza fundacional del museo del oro, y en la actualidad junto con el dorado, en las piezas más representativas de la colección precolombina; pero no fue sino hasta años después, en 1959, que el museo del oro de Bogotá vino abrir sus puertas al público.

Pájaros de Otún: Conocidos también como aviones precolombinos por su forma funcional aerodinámica. Son pequeñas figuras de oro y bronce (aprox 1cm) propios de la cultura Quimbaya que datan del año 1000 D. C. clasificados como ooparts (out of place artifact). Halladas a orillas del río Otún (Pereira) y se presentan actualmente exhibidas al público en las vitrinas del Museo del Oro en Bogotá.