The impossible astronaut

Fue entonces cuando lo vi; ante mis ojos la majestuosidad de aquel lugar se vio opacada por la maravillosa imagen que tenía enfrente, tanto que por un instante olvidé la razón de mi entonces tardío cansancio; olvidé el variopinto de la multitud a mi alrededor, mi pequeño maletín transparente al que con tanto cariño protegía de mí, para ese tiempo, monstruoso hermano mayor, lo olvidé a él y a mi familia que me llamaba desde la cercanía con cierta impaciencia.

nasa

Por: Sebastián Aguilar

Era 27 de mayo de 1999 y acababa de llegar exitosamente a mi destino, hacía poco menos de cinco minutos mi vuelo había aterrizado en las amplias y al parecer seguras pistas del aeropuerto internacional John F. Kennedy. Para mi sorpresa me encontré con los escandalosos aplausos de más de un centenar de personas que con los minutos cesaron y se vieron reemplazados por una muchedumbre apresurada que ávidamente se levantaba de sus asientos en busca de su equipaje.

Mi madre me tomó de la mano mientras yo cerraba ansioso el pequeño maletín transparente que me había obsequiado días antes de viajar y al que me aferré con emoción durante todo el trayecto. Mientras que mi padre y mi hermano se apresuraron a salir de aquel “confinamiento aéreo” que tanto pavor les causaba, les temblaban las piernas y se quejaban del pobre efecto de los calmantes que el doctor les había recetado para ese tipo de crisis nerviosas. El pasillo corredizo que conducía del avión al aeropuerto se desplegó para nuestra salida; el transporte aéreo no paraba de maravillarme, aunque no fuese la primera vez que viajaba en él.

Son vagos los recuerdos que tengo de ese efímero momento en que me vi envuelto por una cantidad impresionante de personas tan, a primera vista, extrañas. Recuerdo la voz preocupada de mi madre cuando por un momento solté su mano y corrí a burlarme de mi hermano mayor por sus náuseas y su cobardía. Fue entonces cuando lo vi; ante mis ojos la majestuosidad de aquel lugar se vio opacada por la maravillosa imagen que tenía enfrente, tanto que por un instante olvidé la razón de mi entonces tardío cansancio; olvidé el variopinto de la multitud a mi alrededor, mi pequeño maletín transparente al que con tanto cariño protegía de mí, para ese tiempo, monstruoso hermano mayor, lo olvidé a él y a mi familia que me llamaba desde la cercanía con cierta impaciencia. Quizá fue mi estupefacta mirada la que causó que se devolvieran hasta ese lugar, o tal vez mi estado de inmersión por el que no atendía a su llamado; de cualquier manera terminaron por acompañarme en mi admiración a tan sublime objeto. Temeroso y conmocionado me preparé para acomodarme junto aquella figura que tanto agrado me proporcionaba, sonreí mientras pensaba en las cuatro letras blancas en mayúscula sostenida y sobre un fondo azul oscuro que estaban allí, grabadas a centímetros de mi cuerpo. Las había visto antes pero no podía recordar el lugar, ni su significado. Cuando llegó el momento de partir miré fijamente la parte más alta de la figura como quien se despide de un nuevo amigo, giré mi cabeza segundos después y seguí mi camino con una triunfal sonrisa que me duraría todo el camino a Manhattan. Ese breve momento me acompaña hasta ahora y quizá lo haga hasta mis días más seniles.

No fue sino hasta el otro día cuando descubrí lo que esas cuatros letras significaban, eran las siglas de una de las agencias espaciales más importantes del mundo. Y desde entonces se convertiría en una de mis palabras favoritas, de las que usaba en el colegio para escribir historias en clase de español y fantasear sobre aventuras en otros planetas en mis momentos más tristes.

Fue un caluroso y maravilloso verano el de Nueva York en 1999. No para un traje espacial de la NASA en medio de uno de los aeropuertos más recorridos e importantes del mundo, pero sí para un niño de cuatro años que se abría paso a un mundo nuevo; uno en el que su único sueño era volverse a encontrar con su astronauta, aquel que para entonces parecía imposible.