Oyó la macabra melodía de las campanas, retumbando entre las paredes, y pensó que había cumplido con parte de sus designios. Ahora, como hacía tres semanas, el vino y sus ojos negros volvían a ser cómplices de sus actos. Solo quedaba disfrutar de la soledad.

 

Por: Alejandro Salazar Vargas

Faltando cinco minutos para las ocho, Martha intentó no dejar ningún rastro en la cocina. Se lavó las manos, secó varias gotas que había a la vista y puso minuciosamente la botella de vino sobre la pequeña mesa que tenía en la esquina del comedor.

No había duda de que en poco tiempo iban a golpear la puerta. Don Luis y doña Agatha, las personas a las que había invitado a cenar, eran muy puntuales y ésa no iba a ser la excepción. Tenía que estar lista a las ocho… o antes.

 

Tomada de: http://bloogymery.com/

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Echó un último vistazo a la cocina y caminó con rapidez hacia el único espejo de la sala. Se acomodó el cuello de la blusa y se pasó innecesariamente las manos por el cabello, percibiendo, sin quererlo, cómo sus ojos negros la observaban con atención, aprobando secretamente todas sus pretensiones.

—   Listo. Todo está listo–, pensó.

De inmediato, tres golpes retumbaron en la vivienda. La mujer avanzó sigilosamente entre los enseres de la casa y, luego de verificar que todo estuviera en perfectas condiciones, se dirigió a la entrada principal, dejando a sus espaldas un misterio incomprensible.

Como había esperado, doña Agatha fue quien primero apareció tras la puerta. Su rostro parecía más que demacrado por los vestigios de la muerte, y su pelo entrecano combinaba perfectamente con el saco negro que la cubría hasta las rodillas.

—   Buenas noches, doña Agatha –saludó Martha con delicadeza–. ¿Cómo ha estado?

—   Bien, Marthica. Tratando de llevar las penas–, contestó la anciana con un suspiro, dándole a su nuera un beso en la mejilla.

—   ¿Y tú?, ¿cómo vas, Martha?–, preguntó don Luis, siguiendo a su esposa–. ¿Mejor?

—   Bien–, dijo Martha con lentitud, dando un paso hacia atrás para dejar pasar a su suegra. Luego se aclaró la garganta; se irguió tanto como pudo; y, tras una breve pausa, agregó–: Eso creo.

La mujer esperó a que don Luis entrara y cerró la puerta. Se desplazó con cautela por un estrecho corredor y fijó los ojos en sus invitados, que iban frente a ella. Sí. No había duda: ambos habían envejecido los últimos días; ambos cargaban con el dolor del mundo. Don Luis movía las piernas como si llevara sobre el cuerpo el peso de un sufrimiento insoportable, mientras que con una mano frotaba una y otra vez el sweater negro que portaba sagradamente hacía tres semanas. Doña Agatha, que entre cinco dedos atrofiados por los años apretaba el bastón al que llamaba “el sostén de la existencia”, avanzaba temblorosa por el recinto, observando detenidamente que todo estuviera en su lugar. Martha la miró, extrañada, sin detener el paso.

Cuando los tres hubieron llegado al comedor, Martha indicó a sus suegros qué puesto les correspondía en la mesa. Don Luis y doña Agatha se sentaron uno frente al otro, sin hacer ruido, ocultando sus miserias en la complicidad del silencio.

A las ocho y diez, Martha regresó de la cocina. Ordenó calculadamente tres refractarias, y sirvió con parsimonia el vino que hacía un cuarto de hora había puesto sobre una mesita.

—   ¿Ése fue el vino que Carlos compró?–, preguntó la anciana.

—   Sí, sí. Fue éste –dijo la mujer frunciendo el entrecejo–. Él alcanzó a probarlo–, añadió.

Después de poner la botella en la mesa, Martha tomó asiento. Cruzó una mirada con sus suegros, y secó con lentitud las gotitas de sudor que le escurrían por las palmas de las manos.

—   Definitivamente tienes una mano prodigiosa–. dijo don Luis–. ¡Cocinas como los dioses!–, agregó, fascinado, sosteniendo en el aire su tenedor vacío.

Martha sonrió.

A las ocho y treinta las campanas del reloj estrangularon el silencio. Martha colocó delicadamente sus cubiertos sobre el plato y tomó sin compasión su copa aún llena de vino; pero antes de tener que levantarla para hacer el amague de llevársela a los labios, observó cómo sus suegros comenzaban a estremecerse en la silla: el hombre soltó un grito, haciendo lo posible por respirar, al tiempo que la anciana caía de bruces al piso, inmovilizada por la sombra de la muerte.

Martha, sin dejar de mirar a sus suegros, se enderezó tanto como pudo, y rozó con suavidad su lengua por los labios. Oyó la macabra melodía de las campanas, retumbando entre las paredes, y pensó que había cumplido con parte de sus designios. Ahora, como hacía tres semanas, el vino y sus ojos negros volvían a ser cómplices de sus actos. Solo quedaba disfrutar de la soledad.