Pero sin duda alguna ningún lugar del casino se compara con el teatro. Todavía no me explico por qué el teatro queda justo antes de pasar al pasillo donde están ubicados los casilleros donde debemos guardar nuestras cosas antes de bajar a la parte de las máquinas, que es donde realmente laboro yo.

 

Por: Karol Dayana Puentes García

¡Uy, no! Otro día que me levanto tarde para ir a trabajar. Cómo se nota lo mucho que me gusta tener que ir a poner cara de pastel para los clientes y ser lo más cordial posible cuando mi vida por dentro está hecha un caos. A veces me pregunto qué sentido tiene la vida cuando se termina cayendo en ese círculo vicioso al que todos llaman monotonía porque ahí todo es desgastante, aburrido y absurdo. Cómo harán las personas para durar tanto tiempo dedicándose a hacer lo que no les gusta, en fin, más vale que me ponga a correr si quiero llegar a tiempo.

Hoy Bogotá amaneció más fría de lo normal, pero igual de congestionada que siempre, lo digo porque ya han pasado dos rutas de transmilenio que me sirven, pero no he logrado embutirme en ninguna. Más vale que lo haga en esta si es que no quiero perder los cien mil de bonificación que nos dan por puntualidad.

Bueno, por lo menos hoy no todo es gris, después de estar una hora de pie en el articulado aguantándome la chucha del señor que venía a mi derecha y el pisón de una señora que al parecer iba con más afán que el mío he logrado llegar a tiempo y los cien mil siguen en mi bolsillo.

Al llegar me recibe la mirada amable de don Carlos, él es uno de los pocos de seguridad que se toma la molestia de sonreír al tiempo que da los buenos días, enseguida cruzo el pasillo y me estrello con ese aroma a café que tanto me gusta y que me recuerda que yo soy yo la que lo reparte, ¡mierda! Yo debería ser la que lo disfruta sentada en ese camerino que por alguna extraña razón está ubicado en seguida de la cocineta. Pero sin duda alguna ningún lugar del casino se compara con el teatro. Todavía no me explico por qué el teatro queda justo antes de pasar al pasillo donde están ubicados los casilleros donde debemos guardar nuestras cosas antes de bajar a la parte de las máquinas, que es donde realmente laboro yo.

¡Ay Dios! Cómo me encantaría que mi lugar de trabajo fuera justo encima de esa tarima de madera finamente encerada mientras un público expectante se emociona al ver como esas cortinas rojas y gruesas que evocan majestuosidad se abren lentamente al halar la tira que cuelga del lado izquierdo. Las sillas están forradas con fina cojinería gris para que los espectadores disfruten cómodamente de las puestas en escena. Hay una que otra mesa redonda estratégicamente ubicada para que los clientes puedan descansar sus bebidas en ellas, el piso esta forrado con un tapete café oscuro para que al mover las sillas no se genere ningún tipo de ruido, las luces se gradúan y cuentan con efectos de colores que pueden ser empleadas dependiendo de la necesidad del show, detrás de las sillas donde se acomodan a los espectadores hay una especie de cabina que cuenta con equipos de lujo desde los cuales se manejan el sonido, los efectos especiales y por supuesto las luces.

El lugar se encuentra en desorden, las sillas están desubicadas y sobre las pocas mesas que hay están las botellas vacías de diferentes bebidas que sin duda alguna fueron consumidas el día anterior. Cerca de la tarima hay una grieta en la pared que no estaba ayer, lo sé porque este es mi ritual. Antes de ir a dejar mis cosas yo me quedo embelesada observando e imaginando lo feliz que sería si me dedicara a la actuación, pero en este momento no estoy conforme, hoy estoy pensando que ayer hubo una obra aquí y una vez más yo no hice parte de ella. Estuve en el área de máquinas actuando el papel de ser cordial y amable, fingiendo estar feliz, cuando lo que en realidad me invade es la tristeza.

Todavía recuerdo cuando buscaba una oferta laboral que cumpliera con mis expectativas económicas, que para ser sincera no eran tan altas teniendo en cuenta que el único cartón que me respaldaba era el de bachiller académico. Debe ser por esa razón que me puse tan feliz al ver que después de  considerar como diez posibilidades de trabajo esta era la única que garantizaba todo lo de ley y un poquito más por aquello de las horas nocturnas, días festivos y propinas; fue por eso que sin pensarlo dos veces envié mi hoja de vida y me dispuse a pasar todos los filtros para que me dieran el puesto.

Necesitaba este trabajo para que aparte de cubrir mis gastos me alcanzara para una que otra ida a teatro, a cine o a cualquier lugar en el que pudiera distraerme y sentirme parte de algo. Pero hoy ya llevo seis meses trabajando aquí y ya me quiero ir, me duele ver cómo la gente se gasta tanto dinero en una máquina mientras yo les brindo el café que seguramente no les ofrecen en su casa; pero más que eso me duele pasar todos los días por un lugar al que siento que pertenezco y del cual no hago parte.

kdpuentes@utp.edu.co