Verónica (parte 1)

 “Como un mundo de dibujos animados, con personajes planos de contornos negros, dando tumbos en una especie de historieta que podría ser francamente divertida si los personajes no fuesen hombres de verdad…”

Alguien voló sobre el nido del cuco. Ken Kesey.

Por: Elbert Coes

Ilustración: Conrado Barrera Henao 

 

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Flop

A propósito de mujeres…

En esta romería las rubias visten de negro y las morenas de blanco; las blancas son pequeñas y las mestizas altas; las medianas dulces y alegres. No todas las rudas usan Gucci, ni  todas las tiernas Channel. Por cuestión divina, las gorditas son las más hermosas: llevan peinados atractivos. Las flacas, pulcros y modestos; las frías flequillo y capul; las cálidas trenza, juego de trenzas, pelo suelto y bollo en la coronilla. Hay una princesa con un moño atravesado por palillos. Las esquivas son conocidas. A las de sonrisa franca nunca las había visto antes. Las esquivas ya saben quién soy, saludan y se apartan, le temen al verbo. Esta noche podría haber víctimas. Esas de sonrisa franca hacen fila esperando ansiosas descubrir el encanto del misticismo. Una a una iría saliendo despedida.

Si mis amigos se caracterizan por buenos cortesanos, yo me destaco por lo estrictamente opuesto.

—¡Qué hermosa está su hermana hoy, Calvin! —dijo Andrés alzando la voz por encima de la música. Trago de whisky en mano. Un tipo tan atractivo que a su lado yo tenía que decir algo inteligente para no quedar de feo.

Calvin volvió a ver por encima de su hombro que Verónica había tomado asiento, y cruzaba palabras oído a oído con una mujer adulta sentada a su lado. Ambas reían, observaban el entorno, lanzaban carcajadas que se ahogaban contra el ruido de la música. Señalaban con sutileza a alguien y volvían a susurrarse y a reír. Pronto Verónica se sorprendió observada por su hermano y le sonrió amablemente.

Calvin era hermoso. Tenía la cara rojiza y limpia, unos ojos verduzcos de galán de telenovela que gustaban a todas las damitas y despertaba envidia en los amigos. Era, contrario a mí, un completo filántropo. Ninguno conocí como él, que amara a todo el mundo y que todo el mundo le amara.

—Tienes razón, es una lástima que esté tan buena —dijo con frustración. La había dejado al frente para venir a hablarnos de otra chica, alguien con quien había salido un par de veces y ahora le estaba exigiendo atención.

—Debe ser difícil ser hermano de una mujer tan bella —dije.

—Más de lo que se imagina, Tim —dijo sirviéndose un trago del mismo whisky—. Y no me refiero estrictamente a su belleza.

—Tengo entendido que Samuel está intentando volver con ella —dijo Andrés.

Una hazaña.

Dicen que dicho noviazgo no pasó de dos semanas.

Samuel era popular. Las chicas lo amaban por farándula, por ser el líder de un equipo de fútbol semi profesional. Una chica lo relacionaba con otra y ésta a su vez con otra. Sin mencionar que su hermana la quinceañera, Natalie, una hermosa rubia de ojos cafés, también conocía a muchas otras que tarde que temprano acababan saliendo con él. Así que era una fiesta de muchas, muchísimas mujeres hermosas. Seguro fue este cálculo inconsciente de posibilidades lo que me empujó a asistir.

—Maricas, yo estoy que le echo los perros… —dijo Andrés meditativo—. Pero me detiene pensar que de pronto él aun la quiera. No es bueno meterse con la ex de un amigo. Me mataría la culpa.

Eso tiene sentido, pero a decir verdad, culpa es un concepto que no existe en mi consciencia. Soy sombrío y apático; hay mujeres a las que les gusta esto. Pero yo me mantengo al margen.

Como escritor —que serlo te da una obstinación natural—, me incliné más a lo intelectual que a lo mundano, considerando erróneamente el flirteo como algo superficial e inadecuado.

Calvin también atraía a los chicos, ya no por su propia belleza sino por la de su hermana:

Verónica.

¡Oh, salvia divinorum!, Luzbel de fino lino, demonio lúmino. Imponente, garbosa y esbelta. Fresca y gallarda, pura y altiva, emperatriz, grosera, feroz, felina. Ragga afinada en la lira de Yahv. Pardanieves, ojos luminiscentes, labios rellenos para ser besados en una condena Sísifo.

Verónica.

Helena Maga Eva Yerma las rodillas tiemblan de llegar antes a esta noche que estremecía el estómago y carajéame la filología que sepultados mis principios aplasta como deseo un insecto sex flor a jardinera inicua vergonzosa y cierta.

Verónica.

No era dulce como la miel ni tierna como paloma. Al contrario, agria como vinagre y maliciosa como reptil. Carecía de todo lo que un buen hombre busca en una mujer. Sí, divina como el sol y fulgurante como la sabana africana.

Verónica.

Usaba un vestido blanco de Guttiere, escotado en uno de sus hombros, un moño rojo que hacía juego con dos pendientes en forma de corazón, un dije suspendido de una cadenilla dorada en su cuello desnudo y sus guantecitos rojos de seda.

Verónica.

Donaire de mirar duquesa de la punta su nariz por encima de los ojos y la impresión entrecierra a su blanco juzgar se halla por encima de él,

—Verónica.

Panacea cósmica.

Verónica,

maldita salvia divinorum.

—Yo preferiría que fuera usted, Andrés, quien la conquistara —dijo Calvin—. Le explico. Que yo sepa, entre mi hermana y nuestro amigo no hay nada. Tal vez ella lo ame, pero entre ellos por ahora no hay nada. Vero dice que como puede tener buenos sentimientos hacia él, los tiene hacia otro man que le anda charlando. Un negro. Se llama Jeison Castro. Pintosito, viste ropa de marca y se expresa bien. A mamá la tiene fascinada. Además, he oído que ya casi se gradúa de abogacía. Imagino que ninguno de ustedes lo conoce y, de buenas, porque si alguno lo conociera estaría en esta fiesta. Suerte que necesito siempre. El man es un encanto. Es chistoso y la mantiene haciendo reír con cosas que a uno nunca se le ocurrirían. ¿Por qué pone, Andrés, cara de sorpresa? A las mujeres les gustan los manes así. Sí, loco, lo más preocupante es que, así como la ve ahí, calladita calladita, ella le da el lado. Por eso es que estoy confundido para apostar hoy.

—Apuesta a los amores de su hermana —dije.

Esto es extraño. A pesar de tener buena relación con mi hermana menor, en lo absoluto me interesan sus asuntos. En realidad, nuestra generación creció apostándolo todo y por todo.

—Cuando se trata de novios y del colegio —dijo Calvin sin vergüenza—. Tal como ella le apuesta a lo mío, loco. A lo bien, a veces ponemos dinero en la mesa. Ahora mismo estoy arreglando una nueva partida.

La noche dos días atrás fue de póker para el círculo de los tres y otros tres sujetos de barrio. Estuvimos jugando holdem sin límites, a cien fichas, cada ficha tenía un valor único. Cada jugador entraba con cincuenta mil. El ganador se llevaba sus cincuenta, y doscientos cincuenta más.

Calvin se había distraído con la presencia de Natalie, la anfitriona, que pasaba por nuestra mesa.

—Serán doscientos mil por persona —dijo—. Doscientos mil a que no se queda con Jeison. Pero debo atinarle a alguien concreto.

—¿Doscientos mil? —preguntó Andrés sorprendido—. Doscientos mil es demasiado para una apuesta tan estúpida.

—Creo conocer a mi hermana —dijo Calvin, ignorando el comentario de Andrés—, pero cuando parece que todo está dicho… ¡zas! Es como si se enterara de a qué posición estoy apostando.

—Quizá también sea buena jugadora —dijo Andrés abriendo los ojos.

—En ese caso, Comodoro, puede dividir esos doscientos mil con mi amigo aquí presente en 60/40: él le saca de la encrucijada haciendo que Lucille[1] se case con usted y le dé herederos.

—¿Qué es lo que está diciendo?

—Que Andrés puede seducir a su hermana. Logrará confundirla en el peor de los casos. Usted le apuesta a él y seguro ganará. He visto como este tipo se ha levantado a la más difícil en una sola charlada. Usted mismo lo ha visto.

Me miró dubitativo y con el ceño fruncido. Se fijó en Andrés que se recogió de hombros.

—Yo puedo hacer eso —dijo Andrés seguro de sí—. Marica, he lidiado batallas con chicas diez y he salido orgullosamente vencedor. Soy el mejor.

—Es el mejor —dije.

—¿En serio? —preguntó Calvin.

—Por supuesto que sí —dijo Andrés.

—O le apuesta a Jeison —dije—. Igual gana.

—Huevón, ella puede quererlo —dijo Calvin dudoso—, ¿pero qué tal que él no la quiera a ella? ¡55/45! —propuso.

No creo que exista en el mundo alguien que no desee a Verónica.

—¡45/55 o no hay trato! —dijo Andrés—. Soy buenísimo en esto. El mejor.

—Me consta.

—50/50 y trato hecho —dijo Calvin y le extendió la mano.

—Trato hecho —dijo Andrés y le estrechó la mano.

Se acerca el turn

 

[1]En la película Gladiador de Ridley Scott, el Emperador Marco Aurelio es asesinado por su propio hijo, Comodoro, parricida quien a su vez, y en secreto, ama a su hermana Lucille. (N d A)