Es que cuando una mujer ya no olfatea en un hombre una molécula de testosterona, le pierde todo el respeto y le cierra todas las puertas.

VeronicaFlop01

Texto por: Elbert Coes

Ilustraciones por: Conrado Barrera

 

Turn

 Esta romería lleva brindis, vals, elogios públicos del padre, de la madre, del tío tempranamente ebrio y, por supuesto, de la quinceañera. La comida luce deliciosa y el vino y el whisky bullen alegres en cada mesa. La música y la risa le dan calidez esta gélida noche; la alegría es el mejor entretenimiento.

La noche de póker dos días atrás fue intensa. El juego era sin límites, ya lo saben, a cien fichas, cada ficha tenía un valor único. Cuatro jugadores estaban fuera. Me hallaba frente al mejor jugador de los cuatro. Era all in o retirarme. El flop había salido con as de corazones, 10 de espadas y 3 de corazones. En mi mano un par de as, trébol y diamante. Esperaba el póker, la jugada por excelencia. Andrés tenía dos veces más fichas que yo, y subió. Era un gran blofeador.

Se acerca el turn…

Afortunadamente no tuve que moverme del asiento para vigilarla y tampoco hacer algo que llamara su atención para que entonces se fijase en mí. (Es sorprendente la forma en que a cierta edad uno tiende a caracterizar una persona como si se tratase de un objeto). Bastó con un primer cruce accidental de miradas justo en el momento de comer. Para entonces su hermano Calvin estaba dándole una vueltica a su dueña, la cual, muy astuta, lo tenía comiendo a su lado, suficientemente alejado del campo de batalla.

Andrés ya había sacado a bailar a Verónica un par de veces; parecían estar afinados. Me pregunté si ella no intuía la conspiración en torno suyo.

El juego que desde su mesa Verónica comenzara a fijarse en mis movidas comenzó a figurárseme una estrategia que me dio mala espina. Yo puedo ser un señuelo en esta guerra. Pero esto solo es una sugestión que se crea por la revoltura de sensaciones que al mirarla me produce.

Muchos chicos se le acercaban con intenciones de llevarla a bailar; en ocasiones ella se negó, pero era instada a levantarse por la mujer de al lado. No obstante, cuando Andrés la llevaba a la pista, se reía infantil y graciosa.

Sin embargo, empezó a suceder que cuando volvía a ser llevada a la pista, guiada por la mano de uno u otro parejo triunfante, me evaluaba delatoramente, contemplativa, de un modo tan descarado que tanto su acompañante, Robbin, como la mujer adulta, también se fijaban en mí.

Ahora baila desconcentrada. Tras un leve tropezón, las sonrisas entre ella y yo van aflorando. Al terminar la pieza volvió rápidamente a su asiento, con la boca entreabierta.

El círculo de los tres estaba disperso. Terminada una faena de baile de esas que nadie quiere perderse, las alegres, las divertidas, las enérgicas —de esas que yo siempre prefiero perderme—, Samuel fue directito hacia el blanco. Me pregunté si estaría enterado de la intromisión de Andrés en sus asuntos. Esperaba que no, pues conociéndole, jugaría sucio si el caso lo requería. Se sentó a su lado y se hablaron al oído. Andrés se sentó junto a mí, preocupado, con los ojos hacia el enemigo y la doncella. Acobardado a pesar del rubor causado por el baile.

—¿Cómo va con ella?— le pregunté.

—Mal— dijo.

—Le está quedando grande.

—Más que eso —dijo—. Me gusta y no es que lo crea, marica. Me gusta en verdad.

—Bueno —dije—, en ese caso le resultará más sencillo ayudarle a nuestro amigo Calvin a ganar su apuesta. Ganará usted ciento diez mil. No está mal para que pueda sacarla a una primera cita; la lleva a cine, la invita a un buen helado, y hasta podría comprarle un regalo…

Andrés no lo ha notado, pero mi interrupción se debe a que los ojos de ella están clavados en los míos, envían un mensaje codificado.

—Ese es el problema— dijo él.

—¿Cuál?

Esta chica no es como las otras. Es apática, se burla de uno, y no porque le cause gracia lo que uno le esté diciendo. Responde con cosas que uno no entiende. —Hizo una pausa y me miró—. Creo que hay un dilema. Mire, pareciera que le gustara este otro chico. Mírelo.

Robbin llegó junto a Samuel y Verónica.

¿Robbin?

—¿Robbin?

—No sé qué le ve. Pero yo de Calvin apostaría por ese flacuchento.

El flacuchento no me pareció amenazante. Aun así no es feo. Esta fiesta sí que tiene tipos bonitos, debí quedarme en casa. Hay mucha competencia.

—Usted no tiene nada que perder, mucho que ganar, dinero que ganar. Debe intentarlo otra vez. Ninguna chica le quedará grande, no a usted.

—Samuel está encima de ella todo el tiempo.

—¿Quiere que lo quite?

Me miró con unos ojos enormes.

Pero no fue necesario que yo moviera un dedo. Calvin llegó junto a ellos para llevarse a Samuel a otro lado de la galería. Trataría de convocarlo a su causa. Verónica se quedó conversando con Robbin.

—Despejado —dije.

—¿Marica, usted no ha pensado que tal vez no debiera meterme en esto?— dijo Andrés. Estaba asustado. La chica lo palidecía. Lo redujo completamente al nivel de escarabajo.

¿Qué tenía ella? ¿Acaso era aún más hermosa de cerca que hipnotizaba a todos convirtiéndolos en idiotas?

Mi amigo me produjo cierta compasión.

—¿Quiere que le pregunte eso a Calvin? —dije— ¡Vamos, Gladiador, Comodoro no va a matarlo!

Palideció enojado.

—Lo sé. No es así como acaba la película.

Mi burla lo motivó a lanzar nuevamente su ataque. Yo solo exageraba, mi amigo ya estaba derrotado, y por el reflejo de su semblante, no había forma de recuperarse. Es que cuando una mujer ya no olfatea en un hombre una molécula de testosterona, le pierde todo el respeto y le cierra todas las puertas.

Por un momento me distraje en una conversación con varias chicas que discutían el tema de los celos de sus parejas. Se quejaban, pero todas preferían ser celadas. ¿Quién las entiende? Incluso suelen fabricar la ocasión para irritar a sus novios, todo con el fin de sentirse queridas.

Regresé mi atención a Verónica porque, luego de acabar de bailar con Andrés, pasó muy cerca de mí, acompasadamente.

¿Qué llevaba entre manos? Vamos, pequeña dama, no sabes la clase de imbécil que puedo llegar a ser. No me tientes. Nos miramos hasta que tomó asiento. Sonreía burlona. No de mí. Alguien detrás de mí. Alguien presto a salir de la galería a buscar aire en el balcón ya que se estaba asfixiando. Ella lo ahogaba, ella, con toda su vileza.

Me volví para ver a Andrés más derrotado que nunca. Los ojos vidriosos, temblando. Fue a reunirse con otros chicos, todos ellos acribillados por el tempestuoso poder de Verónica. Los había replegado una a uno. Todos allá fuera tomaban aire y whisky y fumaban cigarrillos, pasando el desdén. Y por cómo iban las cosas, yo debía hacer algo para rescatar el ego de los monos alfa. Quitaría a Verónica su corona de emperatriz y la llevaría a mis amigos como si se tratase de la cabeza de medusa.

Yo Perseo, impediré que diseques a otro guerrero.

De pronto tuve miedo. Tal vez ella fuera un monstruo mucho más poderoso de lo que yo pudiera prever. Un kraken.

Nada leve será.

El minotauro había quedado a solas en la celda de nuestro laberinto. Los ojos se encontraron. Avancé hacia él un paso. No parpadeó. En ese instante llegó un tipo y le tendió su mano para sacarlo del entramado. Verónica ignoró su presencia, quizá pensando que sería un soldado fácil de embestir. Me mira. Ha llegado el momento de matar a Teseo.

—Me han dicho que tú eres la mejor bailarina de toda la región— dije, ofreciéndole mi mano—. Me gustaría ver eso.

Sonrió y se levantó con la delicadeza de una doncella. La llevé hasta la pista, no sin antes advertir que el evento atrajo la atención de los presentes. Verónica olía a jazmín y clavos. Era más pequeña de lo que su donaire la hacía ver, y de tal forma delgada que con mi brazo podía rodear su cintura sin tener que ajustarla contra mí cuerpo. De cerca era mucho más hermosa. Aunque la luz era tenue, su cara se me figuraba bañada en brillantinas y escarchas, limpia y sonrosada en las mejillas, de forma natural coloreada por un sutil maquillaje en la piel de los parpados. También ahora pude ver el color de sus ojos con claridad; azules como el Pacífico. Y su expresión no era de chica mala, lo cual creía yo espantaba a sus pretendientes. Al contrario, era dulce y leve.

Con una mano tomé la suya, y con la otra su cintura, y Verónica, desafiante, bajó suavemente los párpados.

—¿Qué más has oído decir de mí?— preguntó con agradable melodía, sin abrir los ojos. Su cálido aliento delataba que había estado tomando un tipo chileno de vino.

—Algo que parece ser muy cierto.

—¿Qué es?

Comenzamos a movernos al ritmo del merengue.

—Que eres vil— dije.

Entreabrió los ojos y me vio de soslayo.

—Que eres la chica más hermosa de la ciudad —continué—. También eso parece obvio.

Dejó escapar una risa infantil, femenina.

—¿Quién lo dice? ¿Los chicos? Todos dicen lo mismo a todas. Solo tienen que cambiar unos cuantos detalles; el color de los ojos, del cabello, el vestido; y del tamaño de los senos, que son cosas que sí quisiéramos saber, no dicen nada, pero los miran como si los quisieran para ellos… Es perverso. En fin, si lo que acabas de decir viniera de una mujer que no se sintiera atraída por el mismo sexo, sería creíble porque su juicio viene a ser sensato.

—Entiendo, te gustan las mujeres— dije.

—No es idiota lo que parecías en la distancia.

—La apariencia miente.

Volvió a reír.

—¿Tienes algo en contra de la homosexualidad?

—No si tú no lo eres.

Ten cuidado, Robbin es gay.

—¿Robbin es gay?— dije sorprendido. No parece. Pensé que le gustabas.

—Es muy tierno —dijo riendo—. Si una se enamora de un gay pierde.

La observé un instante, contemplando su belleza. Verónica vislumbra mi admiración silenciosa y sonríe por ello.

—Sé a lo que te refieres —dije—. Es como cuando uno hombre reconoce que otro, tal o cual, es apuesto, sin necesidad de ser homosexual.

—Mira, la cuestión es que ustedes los varones siempre están hurgando en las chicas como los gatos lo hacen en los cestos de basura. Una no necesita ser la chica más linda y la más voluptuosa para que cualquiera intente pasarse de listo y trate de hacer cama.

—He oído que algunas chicas quieren lo mismo. No sé cuán cierto sea eso.

—Eso no es verdad. Es mala interpretación del lenguaje corporal.

—Yo podría decir lo mismo en pro de mi género: solo nos interesa el amor. Y todas creen que vamos por hacer cama: mala interpretación del lenguaje corporal.

—Sí, claro —dijo con sorna.

Nos separamos sin soltar las manos para darle paso al cambio de ritmo, luego, guiados por compás del baile, volvimos a juntarnos.

—Un día invité a bailar a una chica que me gustaba mucho. Me gustaba tanto, que para no meter la pata decidí quedarme en silencio; me limité a bailar. Bailamos tres piezas seguidas y aun así no le dije nada. Tiempo después me dijeron que yo le gustaba. Es de las pocas cosas que me he arrepentido. De haberla cortejado habríamos tenido un buen noviazgo. ¿Por qué no sacarte a bailar, entonces, y decirte que eres la chica más bella que he visto en la ciudad?

—Debió ser algo muy difícil para ti.

—Pienso que las cosas suceden por algo —dije—. De haberle hablado a esa chica que, por cierto, era más bella que tú, no estaría intentando hablarte. Aprendí mi lección.

Mentí respecto a su belleza. Sus ojos afilados se posaron sobre mí. Debió ser el hecho de que la comparara con una fulana.

—Cientos de veces me han dicho que soy la más hermosa —dijo en tono rudo—, cosas como: “un angelito caído del cielo”, “más bella que una rosa”; esas cosas que se inventan los chicos para llamarle a uno la atención. He caído. ¡Oh sí, todas hemos caído! Por muy hermosas y apáticas que seamos, todas hemos caído. Un día un chico me dirá que nos casemos; con el paso del tiempo, ya no seré tan bonita para él y se fijará inevitablemente en otras, y… ni hablar cuando le dé un hijo. No pegará un grito al cielo, pero mi cuerpo ya no será su templo. Entonces, yo seré cualquier cosa excepto lo que soñé.

—Creo que exageras. ¿Eso es lo que le has dicho a todos los que esta noche te han invitado a bailar?

—No.

Te besaré antes que nos hayamos sentado.

—¿Qué les dijiste que parecen aplastados?

Volvió a reír. También se reía con ellos. ¿En qué momento ocurrirá la tortura?

—¿Francamente?

—Por favor.

—Que tengo planes y en ellos no está incluido ninguno.

Pude haberle dicho que dejáramos de bailar, que fuera a su asiento y yo al mío, la guerra habría terminado, pero ella… cobraba vigor.

—Entonces… ¿Alguna…?

Volvió a reír.

—¡No! —dijo con entusiasmo y en derroche de alegría producto del vino—. Tengo sueños e ideales. Sueños que no tienen que ver con chicos de cara bonita y cuerpo atlético.

—Bien, dime, ¿con qué sueñas?

—Quiero ser bailarina, la mejor de todas.

Escondí mi sorpresa. Definitivamente besaré esa sonrisa.

—Sí, sé que no te interesa, porque a los chicos como tú poco o nada le interesan las vidas de otros. Pero para mí es un gran sueño, y por eso me iré a Milán dentro de un mes, a estudiar en una prestigiosa academia de danzas —bajó la voz al punto de convertirla en un susurro—. Es un secreto, no se lo digas a nadie.

—¿Tu hermano lo sabe?

—No —dijo—. Solo mi padre y yo.

—Bien, me parece perfecto que entiendas que nada más me interesaba tu belleza física.

Sonrió. Se quedó en silencio un momento y luego me miró como si esperara oír algo más.

—Eso es mentira —atenuó—. ¿Crees que no sé quién eres? Yo sé quién eres. Y te aseguro, por lo que me han contado, o mejor dicho, a lo que he prestado mis oídos, si fuera como dices, que te interesa solamente mi belleza física, ya te hubieras marchado de la pista dejándome sola. Seguramente lo pensaste antes de invitarme a bailar.

—¿Quién te ha hablado de mí?

—No puedo decírtelo.

Nos apartamos otra vez sin dejar de vernos a los ojos. Aquí podría ser, beso. Manteniendo atadas nuestras manos solté su cintura un instante y tomé su otra mano. Pasó un momento y la atraje otra vez hacia mí. Abrió los ojos al sentir un nuevo apretón de cintura.

—Bueno —dije—, ya que tocamos el tema, ¿Qué clase de misántropo desea ser famoso?

—Yo no dije famosa, dije “la mejor” —aclaró—. ¿Qué clase de misántropo no quiere ser el mejor en lo que hace?

Ninguno.

—¿Así que piensas que me gusta tu personalidad? —dije deteniendo el compás de mis piernas. Mierda, perdí el ritmo.

Alzamos las manos unidas por encima de su cabeza. Verónica giró sobre su eje cual muñequita de caja musical. Volvió a poner su mano izquierda sobre mi hombro y yo mi derecha sobre su cintura.

—Hay pocos como nosotros —dijo—. Admito que tú también me gustas —confesó—, pero no por eso vas a besarme esta noche. Eso me haría igual a una de las tantas lolitas de esta fiesta.

Torció una sonrisa, besable.

—Yo no dije que me gustaras.

—Te equivocas; me lo has estado diciendo desde la otra mesa, durante el baile, y cuando callas. —Echó la cabeza hacia atrás y nos miramos fijamente.

Comenzaba a ofuscarme. No de la manera que lo hiciera con los otros, sino de la forma en que ninguna otra antes lo había intentado conmigo. Abrió la boca como si fuera a decir algo más. Se arrepintió. Fulminó con ojos entornados, como un escáner de almas. Mientras giramos vi, por encima de su hombro, a todos los chicos, los del cuarteto, los que no lo eran, los pop, los del futuro y los vencidos, muchos de ellos antiguos postores a Verónica, para llevarla a cine, invitarle un helado y para caminar con ella por el parque, tomándole la mano bajo una esplendorosa tarde de agosto. Para hacerle el amor el amor.

—Está bien —dije—, podré esperar otro día para besarte.

—Se supone que no debías decir algo así.

Levanté el entrecejo admitiendo mi derrota.

—Tenías que decir que te apartarás de mí para que los dos, como nobles proscritos, cumplamos nuestros ideales —dijo.

—Tú no sabes con qué sueño yo, si tengo o no un ideal.

—Me basta con oírte para saber que estás buscando algo más grande que tú mismo, y por la forma como te mueves en la pista… —sonrió—, no creo que sea ser bailarín.

Reí. Si fuera otra, yo habría zapateado de risa hasta el punto de convertir mi alegría en una burla.

—¿Crees que pueda ganarte una esta noche?

—Se está acabando la canción, caballerito— advirtió.

—Eso no me preocupa, me concederás la siguiente pieza.

—¿Por qué estás tan seguro de eso, señorito París?

Qué bien, sabe mi nombre. Nos soltamos las manos y abrimos sin que ella soltara mi hombro y yo su cintura. Repetimos el movimiento del otro lado y volvimos a juntarnos.

—¿Sabías que tu hermano le apuesta a tu condición sentimental?

Aunque mi intención era molestarla, no se inmutó.

—De mi hermano una puede esperarse cualquier cosa, y más cuando de apostar se trata. Está enfermo el pobre. —Masculló y añadió—: en cuanto a que apueste por mis sentimientos, creo que no es más que una forma de demostrar que se preocupa por mí.

Fingí dolor.

—¿Qué? —preguntó sabiendo que yo fingía.

—Acabas de derrumbar mi teoría del amor entre hermanos. Era más interesante.

Ahora ella fingió tristeza haciendo pucheros como si fuera una bebita sin biberón.

—A Marco Aurelio le habría molestado, pero no por eso se hubiera opuesto a la relación de sus hijos.

—Tal vez te quisiera a ti, Maximo—. ¿Qué le dirías?

Lo dije antes; no hay modo de reponerse. Ella ganaría esta y el resto. Vacilé un instante. Maximo nunca besó a Lucille.

—Se acaba la canción, pequeña damita.

—Dime a qué le apuestas.

—A tu nuevo amigo —mentí—: Jeison. Dicen que es todo un hidalgo; bien parecido,  de buen sentido del humor y… Calvin cree que te gusta, aunque él no le apuesta.

Volvió a reír apagando el compás de su baile. Deslizó cuidadosamente su mano por mi brazo derecho y yo deje caer su mano con mesura. Dejamos de bailar ya que la música se había acabado, sin embargo, ninguno tuvo la intención de apartarse.

—Tiene razón, no lo niego, me conoce lo bastante para saber que Jeison me encanta. Tiene una personalidad increíble… ¿No te molesta que hable de él?

Negué con la cabeza.

—Es divertido, excéntrico, muy gracioso… compartimos el mismo gusto por el helado de fresa. Le encanta el cine. Nos gustan las comedias románticas.

—Me gustan las comedias.

Fruncí el ceño. Necesito saber qué se trae en mente.

—Hay una larga fila de hombrecitos esperando bailar conmigo, caballerito —agregó grosera.

—También yo tengo mi club de fanáticas, lo sabes ¿no? No es oficial, pero tal parece me veré obligado a abrir una página web.

Debo besarla o me arrepentiré toda la vida. Prefiero que me pegue por atrevido. Me ofreció su mano derecha al levantarla. Comenzaba a sonar una cumbia.

—Me encanta esta canción— dijo.

La tomé y comenzamos a movernos al ritmo de las congas. Noté que en la pista, ahora un poco mejor iluminada, quedaron apenas tres parejas.

—¿Y bien? —dijo recostando su voz a mi oído— ¿Con qué sueñas tú, misántropo? No me has dicho.

Tardé un momento en responder, entonces le dije suavemente al oído.

—Te haré el favor, solo bailemos.

Seria, se dedicó a cantar la canción.

Después de meditarlo largo rato, me le acerqué dejando de bailar. Puse un beso sobre la base de su oreja y calló. Detuvo sus movimientos, se quedó frente a mí silenciosa, esperando a que la besara.

Maximo nunca besó a Lucille.

—¿Y ahora? —preguntó.

—Aquí acaba nuestro baile —dije recogiéndome de hombros—. Esta fue nuestra noche, y quizá, seguramente, te veré un día en el mejor teatro de América, danzando, con lo cual te juro se deleitarán mis ojos. Me sentaré en primera fila y tú sabrás que yo fui a verte. Me encantas —reí—, eso ya lo sabes, pero te amaré más cuando te vea bailando cual diva única en un palacio real.

La música continuó y los dos estuvimos quietos un rato más, uno frente al otro. Se suponía que tenía que besar sus labios, y en cambio, puse mis labios sobre el dorso de su manita derecha. Luego, sin decir una palabra, di dos pasos hacia atrás y poco a poco me alejé.

Lo mejor es el river…