Verónica (Parte final)

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Como yo le debía un favorcito que me hizo con quien ahora es mi pareja, me pidió que motivara a la gente en las apuestas, pero que al final de cuentas apostara y lo hiciera por ti. ¡Porque quién mejor que ella para conocer el resultado!

 

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Texto: Elbert Coes

Ilustraciones: Conrado Barrera

 

River

 

 

Después de esa no común sino tonta despedida, salí de la galería al balcón a reunirme con el grupo, que fumaba cigarrillo previo al póker.

La noche de holdem dos días atrás fue intensa. El juego era sin límites. Andrés y yo frente a frente en el duelo final. Él me supera por dos veces el número de fichas, y aumenta para que yo pague all in. Espero el as que me dé la victoria. Pero el turn fue otro maldito corazón, un cinco.

La última carta es el river, otro 3. Dos pares y un trío de as para mí. Tengo Full House y voy todo. All in, dije excitado. Blof o no blof, el pote era mío.

El tío me salió con una pequeña escalera de corazones. Se lo llama straight flush o escalera de color. Supera con creces mi trio de as y par de 3.

—¡Muy bien! —dijo Calvin entusiasmado, rodeando el hombro de Andrés con un largo brazo.

Calvin y la hermana compartían los mismos gestos, el color de los ojos y la textura de la piel. Incluso se expresaban de forma similar.

—He aquí mi ídolo —dijo.

No entendí por qué pensaría que Andrés le había solucionado el problema.

—Con Andrés en el ring, las cosas tienen buen semblante —dijo.

Yo había quedado en un trance. A veces me volvía sobre mi hombro para buscar a Verónica. Ya no estaba. ¿A dónde habría ido? ¿Se marcharía? ¿Sería yo el culpable de su desaparición?

—Loco —siguió diciéndole Calvin—, usted tiene que darme de eso que se unta; aunque no sea para conquistar a mi propia hermana. Al menos no saldrá con Jeison.

Hablaron de las apuestas y rieron. Ahí supe que cada uno tenía su postor, pero ninguno apostó a que quedaba sola. Debería entrar. En todo caso, la mayoría iba por Samuel López que apostó por sí mismo, Andrés que apostó por Jeison que estaba ausente. Robbin también estaba en el juego.

Después de oírles y simultáneamente meditarlo, dije:

—Entro. Apuesto a que se queda sola.

Algunos rieron.

—¡Qué tonto es, Timoteo París! —dijo Calvin.

—Entro. Se queda con ninguno.

Ocho jugadores entregando doscientos mil cada uno en manos de la quinceañera, la anfitriona, la casa. Un millón seiscientos mil en juego. Buen pote.

—¡Muy bien! —dijo Calvin— ¡Brindemos por la más bella de la noche!

Y del día.

Hicimos tanta bulla que la gente al interior de la galería comenzó a salir al balcón.

Verónica reapareció solitaria de pie junto a su mesa, con la expresión de un lago cenagoso en el rostro.

Sí, lo sé, los hombres (el género masculino) muchas veces tratamos a las mujeres como si fueran una fábrica de, un dispensador de… No me lavo las manos, soy igual a todos, pero apuesto por la libertad.

—¡Bien amigos —dijo uno—, aumento a cuatrocientos! ¿Quién se le mide? ¡Vamos, vamos!

—¡Uuuuu, marica! —coreó Andrés— ¡El nuevo jugador es un locote! ¡Esto se puso emocionante! ¿Quién paga? ¡Vamos, vamos…! ¡Agresivo! ¿Quién paga doscientos más?… ¿Se retiran?… ¡No lo creo!

—Está bien —dijo Calvin—. ¡Yo voy! Toma nota, Natalie, y recibe el dinero, ¡el que no va, pierde la inversión! ¡El último en pagar cierra o aumenta!

—¡Mierda! —exclamó otro— ¿A tres meses el resultado? Si es así, ¡estoy adentro!

—¡Wow, Excelente!

—¡Pasará antes de tres meses! ¡Seguro que sí! ¡Voy!

Nadie se echó para atrás. El pote aumentó a tres millones doscientos mil, y como no se podía recuperar lo apostado, era mejor entrar del todo. También yo pagué los doscientos más.

—¡Tratas a tu hermana como a una zorra! —exclamó Robbin riendo.

—No, idiota —replicó Calvin—, la trato como alguien que me hace ganar buen dinero.

Volví a mirarla desde el balcón. Samuel López se había ido a su lado y ella le trataba de modo cordial. ¿A qué le iba ella? ¿Sería éste un complot entre hermanos?…

 

Así se fue la noche, de juego en juego. Yo no volví a hablarle, pero nuestras miradas se encontraron una que otra vez, diciéndonos en silencio las mismas cosas que nos dijimos bailando.

***

 

Como imaginarás, amigo mío, no habría contado mi historia si ella no hubiese sido la ganadora. Desde entonces no la volví a ver. Ciertamente se fue a Milán. Un día, cerca de cumplirse estos tres meses, a principios de noviembre —que como sabrás, querido lector, aún no había ganador en nuestro póker—,  me hallaba yo en mis quehaceres literarios cuando escuché que alguien llamaba a la puerta. Desde la ventana del estudio vi que se trataba de… No, amigo, no era Verónica. Sí una noticia concerniente a ella. Bajé las escaleras corriendo para atender. Le hice pasar a la sala de estar, donde se sentó cruzado de piernas. Allí me dio la noticia:

Verónica dijo que tú eras su novio y que te vas a casar con ella—dijo—. Lo dice en una carta que me mandó hace dos días para que todos lo sepan, la cual me pidió se la mostrara a Calvin, su hermano. Después que habláramos ayer, me dijo que te diera esta otra carta. Toma.

Me entregó dos sobres sellados. Sus movimientos fueron delatores; definitivamente Robbin era gay.

—Uno es la carta y el otro es el dinero que por ella se apostó.

—No entiendo —dije pensativo.

—¿Qué no entiendes, Timoteo París? —dijo amaneradamente—. Mira, esa noche en la fiesta de Natalie, Vero me llamó a un saloncito de la galería donde hablamos en privado; me dijo que eras el tipo charro con el que le hubiera gustado tener muchas conversaciones. Como yo le debía un favorcito que me hizo con quien ahora es mi pareja, me pidió que motivara a la gente en las apuestas, pero que al final de cuentas apostara y lo hiciera por ti. ¡Porque quién mejor que ella para conocer el resultado!

—Usted se infiltró en el juego.

—Correcto. Todos son tan ridículos. Incluso unos votaron por mí. —Soltó una carcajada muy femenina—. Somos muy buenos amigos, eso jamás podría ser, ¡Mírame!

—Pensé que yo ganaría —dije—. Faltaban seis días para que se venciera el término.

Como ves, ella ganó.

—Sí pero… ¿Entonces, por qué me entregas el dinero?

—Lee la carta. —Se descruzó de piernas, apoyó las palmas de sus manos sobre sus muslos y me miró como si estuviera a punto de echarse a reír—. He cumplido ya mi tarea. Éxitos. Créeme que lo disfrute mucho.

Se levantó. Y a punto de salir de la casa le pregunté:

—Robbin… —se volvió a verme—, ¿usted era el que le hablaba de mí, no es cierto?

Se encogió de hombros.

Ella me pedía que averiguara cosas. Es mi amiga.

Asentí meditativo. Robbin bajó las escalinatas al jardín.

—Robbin… —pregunté antes que entrara en su automóvil— ¿Quién es su pareja? Digo… si se puede saber.

Sonrió divertido.

¿Conoces a Jeison Castro?

—…

… … póker.